Magic: Children of the Nameless – Capítulo 4, Davriel

Davriel Cane, el Señor de la Mansión, estaba empezando a hartarse de que la gente intentara asesinarle.

¿Dónde estaba la gracia de mudarse a un lugar recóndito si la gente va a molestarte de todas maneras? Davriel había conseguido que acercarse a él fuera en extremo complicado, pero estos tipos pretenciosos, amantes de las aventuras, parecían considerarlo un reto adicional.

No tendrás que preocuparte por este tipo de cosas una vez me hayas utilizado, dijo la Entidad desde las profundidades de la mente de Davriel. Tenía una voz sedosa, seductora. Una vez te sientas seguro de nuestro poder, a ningún aventurero simplón se le pasará por la cabeza retarnos.

Davriel ignoró la voz. Rara vez hablar con la Entidad resultaba de provecho. Mientras continuara sanando sus heridas, a Davriel no le importaba lo más mínimo las promesas que susurrara.

Se reclinó en su asiento confirme Crunchgnar llegó. La alta y enorme criatura habría pasado como un “simple” demonio para cualquier persona normal. Pero, por supuesto, ese era un término demasiado vulgar. Los entendidos en demonología sabían que los demonios podían tomar cientos de formas, y nadie utilizaría jamás los términos raza o estirpe hablando de ellos, ya que por lo general era creados completamente gracias a la magia, en vez de nacer.

Crunchgnar, por ejemplo, era un demonio de Hartmurt: una clase de demonio alto, musculoso, sin pelo, de facciones inhumanas y cuernos que bajaban por ambos lados de su cabeza como si fueran prácticamente una melena. Una extraña clase sin alas, los Harmurts eran duros, sanaban rápidamente y solían ser habilidosos contrincantes. Crunchgnar vestía pieles de guerrero y portaba un par de retorcidas espadas ceñidas a su cintura.

El demonio era un cabeza de alcornoque. Afortunadamente, también era robusto como uno de ellos. Siguiendo instrucciones de la Srta. Highwater, Crunchgnar se encogió para entrar en el baño y coger a la menuda joven asesina, para luego sacarla de allí, llevándola al dormitorio. Le quitó la viola de la espalda, y después la depositó en una silla colocada en un sitio opuesto al de Davriel. El demonio frunció el ceño ya que debido a la rigidez, la muchacha inmovilizada, como estaba, no encajaba en el asiento.

La Srta. Highwater estaba en lo cierto. Esta chica era diferente de los otros aspirantes a héroe que habían venido a matar a Davriel. Era demasiado joven. Catorce, quince años a lo sumo. ¿Acaso se había quedado la iglesia sin adultos en buena forma que mandar a la muerte?

En vez del equipamiento habitual de armas puntiagudas y demasiadas hebillas, la niña vestía ropas de campesina, rasgadas, cubiertas de sangre y ceniza. Parecía medio muerta de hambre, con unas profundas ojeras bajo sus ojos.

La Srta. Highwater se colocó a su lado, alzando una ceja mientras Crunchgnar intentaba que la chica se sentara a la fuerza, algo que la sujeción de Davriel todavía impedía. El demonio refunfuñó por lo bajo, mientras hacía todo lo que podía para atarla al asiento.

Davriel dio una palmada, llamando a un pequeño demonio de piel rojiza de la habitación del servicio. Llegó trotando, cargando con una bandeja que era demasiado grande para él, precariamente preparada con una botella de Glurzer de buena calidad, un vino de cosecha local. El dulce vino aromático deleitó el olfato de Davriel conforme se servía una copa.

La criatura le balbuceó algo en la entrecortada lengua local del demonio.

“No,” dijo Davriel en respuesta, dando un sorbo de vino. “Aún no.”

La criatura gruñó molesta, y luego cogió una copa mucho más pequeña, que Davriel llenó de vino. El demonio se marchó con pasos titubeantes, llevándose consigo la bandeja mientras intentaba beber su vino. Haría bien en no verter ese Glutzer. Los demonios eran unos sirvientes horribles, pero uno utilizaba lo que tenía a mano. Por lo menos eran baratos y fáciles de engatusar.

Tendrás mucho más, susurró la Entidad en el fondo de su mente. Una vez te apoderes de ello.

Crunchgnar se apartó finalmente, cruzando unos brazos demasiado grandes. “Ya está. Hecho.” Había atado a la chica por la cintura, pies y cuello a la silla, aunque todavía estaba rígida como una piedra, por lo que estaba reclinada en ángulo contra el asiento.

“Servirá,” dijo Davriel. “Aunque probablemente deberías quedarte mientras deshago en hechizo, por si acaso.”

“¿Te da miedo una cosa tan pequeña?”, gruñó Crunchgnar.

“Las cosas pequeñas pueden ser muy peligrosas, Crunchgnar,” dijo Davriel. “Un cuchillo, por ejemplo.”

“O tu cerebro, Crunchgnar,” añadió la Srta. Highwater.

Crunchgnar se cruzó de brazos, mirándola. “Piensas que me estás insultando. Pero sé que, en el fondo, me tienes miedo de verdad.”

“Oh, créeme, Crunchgnar,” dijo ella. “Ya te darás cuenta de que no hay nada que me dé más miedo que la estupidez.”

Él caminó hacia adelante, con sus pisadas resonando en el suelo. Se acercó a la Srta. Highwater, alzándose imponente sobre ella. “Te destruiré una vez haya reclamado su alma. Te volverás débil y perezosa, como él. ¿Libros de cuentas y números? ¡Bah ¿Cuándo fue la última vez que reclamaste el alma de un hombre?”

“Intenté reclamar la tuya la otra noche,” replicó ella, “pero solo encontré el alma de un ratón, cosa que debería haber esperado, teniendo en cuenta…”

“Basta,” dijo Davriel. “Los dos.”

Ellos intercambiaron sus miradas, pero se quedaron quietos. Davriel colocó sus manos delante suyo, entrelazando los dedos, mientras estudiaba a la campesina. Había dejado de cantar, pero esa melodía… Contenía una fuerza extraña, un poder que no había imaginado. ¿Acaso poseía la marca de la ciénaga en ella? Ella era de las Cercanías, era innegable, quizás de Verlasen.

Anuló la sujeción. La joven se relajó de inmediato en su asiento, respirando con dificultad. Luego se abrazó a sí misma con sus brazos y tembló, como si tuviera frío, las guardas de sujeción solían tener ese efecto a menudo. Su largo pelo castaño cubría la mayor parte de su cara conforme ella le miraba. Las cuerdas de Crunchgnar, ahora sueltas, no servían de mucho. Sujetaban sus pies a la silla, pero ello no impedía que pudiera mover los brazos o la cabeza.

“Acaba con ello, monstruo,” le siseó la muchacha. “No juegues conmigo. Mátame.”

“¿Tienes alguna preferencia?” dijo Davriel. “¿Hachazo en el cuello? ¿Cocinada en lor hornos? Los demonios han estado haciendo sugerencias, pero me preocupa que estés demasiado flacucha como para proporcionar una alimentación adecuada.”

“Te ríes de mi.”

“Simplemente estoy frustrado,” dijo él, levantándose de su silla para empezar a andar en círculos. “¿Qué es lo que os pasa, campesinos? ¿Acaso no es ya lo suficientemente horrible vuestra vida, con todos esos espíritus y bestias y demás seres del estilo que habitan los bosques? ¿Tenéis que venir aquí y despertar mi ira también?”

La chica se acurrucó en su silla.

“Todo lo que deseo,” dijo Davriel, “es que me dejen en paz. ¡Lo único que tenéis que hacer, es vuestro trabajo! ¡Asegurarse de que tengo té!”

“Y camisas,” dijo la Srta. Highwater, mientras recorría su libro de cuentas, “y comida. E impuestos, de forma ocasional. Y muebles. Y alfombras.”

“Sí, bueno.” dijo Davriel. “Y algunas ofrendas, apropiadas para mi estatus. Pero no es tan horrible. Es una relación beneficiosa para todas las partes. Yo consigo un lugar tranquilo y seguro donde vivir. Vosotros conseguís un señor que no se bebe vuestra sangre ni se da festines con la carne de vuestras vírgenes cada luna llena. ¡Yo pensaría que en Innistrad, tener un señor que mayormente os ignora es toda una novedad!”

“Y entonces, ¿qué hizo la aldea de Verlasen para ofenderte?” susurró la muchacha. “¿Acaso tus calcetines apretaban demasiado? ¿Alguna de las manzanas tenía un gusano? ¿Qué insignificante ofensa hizo que finalmente te fijaras en nosotros?”

“Bah,” dijo Davriel, mientras seguía dando vueltas. “No me importáis. Y aún así, ¡seguís enviando esos cazadores a atacarme! ¿Cuántos fueron durante las últimas dos semanas, Srta. Highwater? ¿Cuatro?”

“Cuatro grupos,” respondió ella, pasando una página del libro. “Con una media de tres cátaros o cazadores cada uno.”

“Apareciendo de la nada en mi sótano,” dijo Davriel, gesticulando molesto, “o rompiendo la puerta de mi entrada. Aquellos gemelos con los tridentes destrozaron la ventana de mi comedor, la que estaba hecha con antiguas vidrieras. Alguien no deja de hablarles de mí, así que siguen viniendo para acabar conmigo. Se está convirtiendo en un serio inconveniente. ¿Qué puedo hacer para que vosotros, aldeanos, mantengáis la boca cerrada?”

“Eso no debería ser un problema,” susurró la muchacha, “ahora que nos has asesinado a todos.”

“Si, bueno, eso no…” él dejó de caminar poco a poco, y se quedó quieto. “Espera. ¿Mataros a todos?”

“¿Por qué fingir ignorancia?” dijo la muchacha. “Todos sabemos lo que has hecho. Te vieron cuando arrastraste a mis padres de su carro hace diez días. Después, tus espíritus tomaron aquellos mercaderes, y a otros que permanecían demasiado cerca del límite de la aldea. Mi hermana hace dos días. Y entonces, hoy…”

Ella cerró los ojos.

“Están todos muertos,” susurró. “Todos menos yo. Muertos y fríos, con ojos de piedra. Sostuve a mi hermana después de que la encontraran, y estaba… flácida. Como un saco de grano de la despensa. Se estaba preparando para ser una clériga, pero murió, al igual que los demás. La ciénaga tendrá los cuerpos de mi gente, pero no podrá darse un festín, porque sus almas se han marchado. Arrancadas, como el calor que se extrae directamente del fuego, dejando tan solo cenizas detrás.”

Davriel miró hacia donde estaba la Srta. Highwater, quién levantó la cabeza.

“Todos,” dijo la Srta. Highwater. “Quieres decir, ¿todos los habitantes de la aldea?”

La muchacha asintió.

“¿Verlasen?” preguntó Davriel. “¿Es esa de donde…”

“¿De dónde obtienes tu té de dustwillow?” preguntó la Srta. Highwater. “Sí.”

Maldita sea. El té, ligeramente sedante, era su favorito. Lo necesitaba para dormir los días en que los recuerdos se convertían en una carga demasiado pesada para él.

“También es donde vive en sastre que confecciona las camisas,” dijo la Srta. Highwater. “Vivía. Supongo que nos anticipamos al problema.”

“¿Todos los aldeanos?” dijo Davriel, caminando alrededor de la joven. “¿Todos y cada uno de ellos?”

Ella asintió.

“¡Infiernos!” dijo él. “¿Te haces una idea del tiempo que lleva reemplazar esas cosas? ¡Como mínimo dieciséis años antes de que sean productivos!”

“Te quedan dos aldeas,” indicó la Srta. Highwater. “Supongo que podría ser peor.”

“Verlasen era mi favorita.”

“Serías incapaz de notar las diferencias ni aunque tu vida dependiera de ello. Pero va a suponer una enorme repercusión en tus ingresos, en las pérdidas y ganancias de la próxima estación.” Ella anotó algo. “Además, nos hemos quedado sin té.”

“Desastre,” dijo Davriel, dejándose en su silla. “Muchacha. ¿Han pasado diez días desde la primera de las muertes?”

Ella asintió lentamente. “Mis padres. Tú les conocías, hacían tus camisas. Pero… Ya sabes que murieron. Tú les mataste.”

“Pero por supuesto que no,” dijo él. “¿asesinar aldeanos? ¿Con mis propias manos? Eso parece un terrible montón de trabajo. Tengo gente, bueno, seres que se asemejan ligeramente a personas, para hacer ese tipo de cosas por mí.”

Davriel se masajeó la frente. No era de extrañar que los cazadores hubieran estado molestándole tanto últimamente. Nada atraería más aspirantes a héroe que las noticias de un misterioso señor que abusa de sus campesinos.”

¡Infiernos! Se supone que (aquí) debería haber sido capaz de desvanecerse en la oscuridad. Se había movido (aquí) hacía años, y se había instalado finalmente en las Cercanías como la ubicación más remota en el ya de por sí más remoto de los planos. (Aquí), relacionarse con demonios tan solo se consideraba una excentricidad menor.

O eso creía él. Y si… ¿y si las noticias al respecto hubieran llegado hasta los oídos equivocados? Los que estuvieran pendientes de historias sobre un hombre con su descripción, ¿un hombre que pudiera robar hechizos de las mentes de otros?

El tiempo se está agotando, dijo la Entidad al fondo de su mente. Te encontrarán. Y te destruirán. Tenemos que reunir nuestro poder y prepararnos.

No me pasará nada, replicó Davriel, dirigiendo sus pensamientos directamente a la Entidad. No te necesito.

Mentira, replicó ella. Puedo leer tus pensamientos. Sabes que, algún día, me necesitarás de nuevo.

Por un instante, Davriel olió humo. Escuchó gritos. Por un instante, se encontró delante de acobardadas masas de gente, y era adorado.

De alguna manera, esos recuerdos parecían mucho más reales de lo que deberían. La Entidad podía jugar con sus sentidos, pero él mantuvo firme su voluntad y apartó el toque de la Entidad, haciendo que las sensaciones desaparecieran.

“Srta. Highwater,” dijo él.

“¿Sí?”

“¿Todavía contamos con el alma de aquel caballero que me atacó hace unos días? ¿Esa de la que robé la sujeción que utilicé contra la muchacha?”

“Prometiste entregar el alma del caballero a los demonios,” dijo ella, pasando algunas páginas de su libro. “Si se portaban bien.”

“¿Se han portado bien?”

“Son demonios. Por supuesto que no se han portado bien.”

“Bien, pues. Tráigame el alma. Oh, y una cabeza, si es que tenemos alguna por ahí.

 

 

Publicada originalmente por Wizards of the Coast en su web.

Traducción de Tamara Tonetti (a.k.a. Ysondra)

CHILDREN OF THE NAMELESS
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www.MagicTheGathering.com
Written by Brandon Sanderson
Cover art by Chris Rahn

About Author

Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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