Magic: Children of the Nameless – Capítulo 5, Tacenda

Tacenda puso sus ataduras a prueba. Estaban sueltas, y creía que incluso podría liberarse de las que sujetaban sus pies. ¿Pero, se atrevería a correr? ¿Qué conseguiría con ello?

En cuanto la Srta. Highwater volvió de impartir órdenes fuera de la habitación, el Señor le preguntó si la aldea de Verlasen era “laque tenía el hombre ese que olía como agua del fregadero”. ¿Se referiría al alcalde Gurtlen de Puente de Hremeg? Sea como fuere, este Davriel quería hacer ver que no sabía nada de lo que le había pasado a su gente, a su familia, a su mundo entero.

¿Cuál era el propósito de aquel subterfugio? ¿Quién sabe las extrañas maquinaciones que albergaba el cerebro de tal criatura?, pensó ella. Tal vez simplemente quiera torturarme con la incertidumbre.

Movió un pie, liberándolo de las cuerdas. ¿Debería intentar atacarle de nuevo? Sería una tontería. Obviamente no pudo dañar a Davriel con algo tan simple como un pica hielo. ¿Tal vez debería intentar la Canción de Protección?

Decidió esperar. Al cabo de poco, otro demonio entró en la habitación. Era de su altura, retorcido y encorvado, y poseía unas facciones que le recordaban ligeramente al hocico pelado de un perro. A diferencia de los otros dos, tenía alas negras sobresaliendo por su espalda, aunque estaban deformadas y debilitadas.

El demonio se escabulló hacia Davriel, cargando una bolsa en una mano, y un objeto envuelto en tela en la otra.

“Al fin,” dijo Davriel, levantándose y acercando una pequeña rinconera. “Déjalo aquí, Brerig.”

El encorvado demonio depositó el objeto en la mesa, y la tela se resbaló, revelando un rechoncho frasco con una luz brillante pulsando en su interior.

“Excelente,” dijo Davriel.

“¿Acertijo, amo?”, el demonio (Brerig) preguntó, sonriendo con una boca amplia llena de demasiados dientes.

“Bien.”

“¿Fue un granjero?”

“Nop. Me temo que no.”

“Ah. Oh, bueno.” Brerig suspiró y extrajo algo del saco. La cabeza de un varón humano. Tacenda sintió nauseas de inmediato. La cabeza estaba conservada con una especie de bandeja de metal en la base. La piel estaba pálida y sin presencia de sangre, pero no estaba podrida.”

Ella notó el sabor de la bilis, pero se obligó a sí misma a tragar y respirar hondo. Tan solo un cadáver más. Ella había visto… ya había visto demasiados de esos en el día de hoy.

Davriel tomó la cabeza y la enroscó en la brillante jarra de cristal, fijándolas juntas. Brerig se acercó a la pared arrastrando los pies, donde ahuyentó algunos demonios de piel rojiza. La Srta. Highwater inspeccionó la jarra, con su libro bajo el brazo, mientras Crunchgnar permanecía de pie cerca de la puerta y sacaba un cuchillo de su cinturón, mirando a Tacenda.

Davriel toqueteaba la jarra, colocando alguna cosa sobre ella mientras murmuraba algo que sonaba como un encantamiento. Luego, al colocarlo en la mesa, la luz de la jarra se desvaneció y la cabeza sobre ella se agitó. Los labios empezaron a moverse, los ojos abriéndose letárgicamente mirando primero hacia un lado, luego hacia el otro.

“¿Eres un suturador?” preguntó Tacenda.

“No me insultes, jovencita,” dijo Davriel.

“¿Un llamamuertos, entonces? Un… ¿un nigromante?”

Davriel se colocó derecho y se giró, señalándola con un dedo. “He sido muy paciente contigo hasta ahora. No me pongas a prueba.”

Tacenda reculó de vuelta a la silla. Apuñalarle parecía tan solo haberle molestado, pero esto… esto le había resultado verdaderamente insultante.

“Soy un demonólatra”, dijo Davriel. “Un demonólatra, un erudito. Mi estudio requiere habilidad, esfuerzo y perspicacia. La nigromancia es un arte para necios, practicada por carniceros fracasados que se creen inteligentes tan solo porque se han dado cuenta (brillantemente) de que a veces los cadáveres no permanecen muertos.” Chasqueó los dedos ante los ojos de la cabeza, llamando su atención. Movió su dedo hacia adelante y hacia atrás, y los ojos lo siguieron.

“¿Alguna vez te has dado cuenta del tipo de personas que acaban practicando la nigromancia?” continuó Davriel. “El arte atrae a los inestables, a los tontos y a los atolondrados. Demasiados de ellos tienen opiniones sobrevaloradas sobre sus propios ‘planes malvados’ creyéndose rebeldes y autodeterminados por el mero hecho de haberse entrenado a sí mismos para contemplar un cuerpo muerto sin tener ganas de vomitar. Nunca se preocupan de que los cadáveres son unos sirvientes terribles. El trabajo inicial es una pesadilla, ¡y luego está el mantenimiento! ¡El hedor! ¡Y todo para un sirviente que es incluso más tonto que Crunchgnar!

Crunchgnar gruñó por lo bajo al oírlo. Tacenda soltó su otro pie. Davriel no estaba mirando, estaba utilizando una jeringuilla de la bolsa para inyectar algún tipo de líquido verde en la cabeza.

“Pero…” Tacenda no puedo evitar decir, “ahora mismo estás trabajando con un cadáver.”

“¿Esto?” dijo Davriel. “Esto apenas puede considerarse magia. Esto es tan solo un medio para un fin.” Terminó la inyección, y la cabeza se concentró en él con mayor deliberación, separando sus labios.

“¿Recuerdas tu nombre?” preguntó Davriel a la cabeza.

“Jagreth,” dijo la cabeza moviendo sus labios, a pesar de que el sonido parecía provenir de la bandeja metálica que la conectaba al recipiente.

“Jagreth de Thraben,” dijo la Srta. Highwater, leyendo de su libro. “Cátaro, guerrero oficial de la iglesia, ‘cazador del mal’ de estilo propio. Era considerablemente conocido por su honor, según mis fuentes.”

Le conocí, se dio cuenta Tacenda. No era su cabeza, pero este hombre (su alma) había venido a Verlasen unos días atrás, tras oír sobre la muerte de sus padres. Su voz había sido profunda y confiada, ella se lo imaginaba como un hombre alto, de pecho amplio. Willia había quedado bastante impresionada por él. Eso fue antes de… antes de que ella…

“Vine a matarte,” dijo la cabeza, fijando su mirada en Davriel. “Señor de la Mansión. ¿Qué me has hecho?”

“Tan solo algunas mejoras,” dijo Davriel. “¿Qué se siente?”

“Frío,” susurró el cadáver, “como si mi alma hubiera sido congelada en el hielo de la más alta montaña, para luego ser encerrada en una oscuridad tan profunda, que incluso el sol sería engullido allí.”

“Perfecto,” dijo Davriel. “Eso es el líquido de conservación haciendo su trabajo.” Golpeó a la cabeza ligeramente en la mejilla. “Gracias por el hechizo de sujeción que me dejaste robarte del cerebro. Ha demostrado ser eficaz no hace ni media hora.”

“Monstruo,” susurró la cabeza. “Lo que me has hecho es una abominación. Una injusticia moral.”

“Técnicamente,” dijo Davriel, “soy la autoridad legal de esta región, e intentaste asesinarme en mi suelo. Así que diría que lo que te he hecho es tan moral como justo. Pero hagamos un trato. Responde unas cuantas preguntas para mí, y prometo dejar libre tu espíritu.”

“No pienso ayudarte a traer el terror y el dolor sobre otros, demonio.”

“Oh, pero mira a la pobre muchacha en esa silla,” dijo Davriel, haciendo gestos hacia Tacenda. “¡Su aldea completa ha sido asesinada! Sus almas arrebatadas de sus cuerpos durante la noche, por algún terror misterioso.”

“Fue durante el día,” susurró Tacenda. “Y no es misterioso, sabes lo que pasó. Tú lo hiciste.”

La cabeza fijó su atención en ella, y las facciones se suavizaron volviéndose compasivas. “Ah, niña,” le dijo la cabeza con la voz de Jagreth, el Cátaro. “Lo intenté, y fracasé. ¿Es como había temido, pues? Un monstruo como este rara vez se siente satisfecho con unas pocas muertes. Cuando se despierta su sed de sangre, vuelve una y otra vez…”

Tacenda tembló.

“En ocasiones tengo sed,” dijo Davriel. “Normalmente, opto por un buen vino tinto, pero después de un día particularmente duro, nada me sienta mejor que una copa llena de la cálida sangre de un inocente.”

Los ojos de la cabeza se giraron, mirándole.

“Me he bañado en ella, sabes,” dijo Davriel. “Tal y como cuentan las historias. No importa lo poco práctico que parece, las ropas, las manchas, en serio, tan solo hazlo. Maldita sea, todo el mundo parece estar al tanto de mis malvados homicidios nocturnos. Lo que necesito saber es cómo. ¿Cómo me habéis encontrado?”

“Los habitantes de la abadía me explicaron lo que has estado haciendo,” dijo Jagreth. “Me hablaron de las almas que has tomado.”

“¿Quién en la abadía?”, dijo Davriel.

“La abadesa en persona.”

Oír esto provocó que, por algún motivo, Davriel quedara petrificado sus labios transformándose en una línea.

“Todo el mundo sabe a lo que te has estado dedicando,” dijo Jagreth. “Dejas atrás los cadáveres, arrancando las almas.”

“¿Pero cómo sabías que fui yo?” Preguntó Davriel. “No estoy familiarizado con las costumbres locales, pero incluso mis pocos años por aquí me han enseñado que no andáis escasos de amenazas para la vida humana. ¿Por qué habéis asumido que yo estaba detrás de todo?”

“Ya te lo he dicho…”

“Mi hermana te vio,” dijo Tacenda, acaparando la atención de ambos. “Ella te vio conforme te llevaste a mis padres hace diez días. Después de eso, cuando tomaste las almas de aquellos mercaderes que viajaban entre aldeas, un clérigo te vio. Luego reclamaste a Willia en los campos, probablemente molesto porque se te hubiera escapado antes.”

“No puedes pretender hacerte el inocente, monstruo,” dijo Jagreth. “Resultas inconfundible con tu capa y tu máscara.”

“Mi… capa y mi máscara,” dijo Davriel.

“Las que llevas cuando visitas la aldea,” dijo Tacenda. “Mi hermana te vio claramente.”

“Ella vio a alguien con mi capa y mi máscara,” dijo Davriel. “La capa y la máscara que llevo con el propósito específico de ocultar mis facciones a fin de que mi identidad real sea irreconocible. Nadie vio mi cara. ¿Cierto?”

Bueno, técnicamente, la máscara y la capa fueron lo que Willia dijo que vio. Pero todo el mundo sabía que el Señor de la Mansión era una figura maléfica que tenía tratos con demonios. Todo el mundo sabía eso…

Ella miró nuevamente a Davriel, con su camisa pomposa, su delgado bigote, y el pañuelo de cuello color violeta… Con su extraña combinación de conocimiento arcano y extraordinaria impasividad.

“Infiernos,” masculló. “Alguien me ha estado imitando.”

“Una tarea complicada,” dijo la Srta. Highwater. “Piensa en la enorme cantidad de siestas que debería echarse.”

Davriel la miró.

“Admítelo, Dav,” dijo ella. “Suplantarte requeriría de un verdadero maestro de la imitación. La mayoría de gente llevaría a cabo algo relevante o útil por error, y eso destruiría la ilusión por completo.”

“Ve y revisa mi capa y mi máscara,” dijo él.

“Libérame,” dijo la cabeza. “He respondido a tus preguntas.”

“No he especificado ninguna fecha ni momento,” dijo Davriel. “Tan solo dije que te liberaría. Y lo haré. Eventualmente.”

“¡Tecnicismos!”

“Hasta donde yo sé, los tecnicismos son lo único que importa.”

“Pero…”

Davriel giró algo en la parte superior del recipiente, y la cabeza quedó inerte, con la mandíbula colgando, y los ojos mirando hacia el lado. El recipiente bajo ella volvió a llenarse con una luz brillante.

La Srta. Highwater recorrió un armario que se encontraba a un lado de la habitación. Sacó una capa de un color negro intenso, con un bajo inconfundible hecho jirones de estilo fantasmal, como el andrajoso espíritu de un geist acosador. La máscara dorada seguía una demoníaca forma de grandes ojos oscuros, líneas sinuosas y una horripilante boca que recordaba a una mandíbula que hubiera perdido la piel. Era lo que el Señor llevaba cuando aparecía en público.

“Bueno,” dijo ella, “tu traje aún está aquí. Así que el imitador ha fabricado su propia réplica.”

“Pero, ¿por qué?” preguntó Tacenda. “¿Qué razón podría tener nadie para imitarte?”

“Srta. Highwater,” dijo Davriel. “¿cuántas veces ha dicho que he sido asaltado en las últimas semanas?”

“Cuatro,” respondió ella. “Cinco si cuentas a la muchacha, supongo.”

Davriel se dejó caer en la silla, masajeándose la frente. “Qué incordio. Alguien se lo está pasando bien ahí fuera, y luego me echa las culpas. ¿Cómo se supone que voy a terminar ningún trabajo?”

“¿Trabajo?” preguntó la Srta. Highwater. “¿Qué trabajo?”

“Mayormente, recordarle que haga cosas,” dijo él. “No quiero que holgazanee. Me escribí una nota a mí mismo al respecto el otro día…” palpó su bolsillo, y luego la chaqueta de su traje, extrayendo una pieza de papel, que estaba ensangrentada debido a la herida provocada por el apuñalamiento. Miró a Tacenda fijamente.

“¿No… realmente no lo hiciste, verdad?” preguntó Tacenda. “No mataste a mi aldea.”

“Infiernos, no. ¿Por qué motivo arruinaría la aldea que me provee de té? Aún cuando vuestra cosecha haya ido con retraso este año.” Miró a Tacenda.

“Hemos estado ocupados,” respondió ella. “Siendo asesinados.”

“Qué desastre,” dijo Davriel. “No puedo tener un imitador. Srta. Highwater, envíe a Crunchgnar y, pongamos también a Verminal para descubrir quién puede haber estado haciendo esto. Y mire si podemos hacernos con más campesinos. Quizás pueda prometer que no habrá azotes los primeros dos años, ¿tal vez eso atraiga algún colono?”

“¿Vas a mandar a los demonios?” preguntó Tacenda. “¿Ni siquiera vas a ir tú?”

“Demasiado ocupado,” respondió él.

“Tiene que echarse la siesta de la tarde,” dijo la Srta. Highwater. “Y después la copa de antes de ir a dormir. Y después dormir. Y luego está su siesta matutina.”

Tacenda miró a Davriel atónita, quien estaba recostado contra el respaldo de su silla. Tal vez él no hubiera matado a la gente de su aldea, pero alguien había estado dirigiendo a los Susurradores cuando atacaron. Ella escuchó sus pisadas, y alguien había sido visto llevando la capa y la máscara de Davriel.

El asesino, y los geists que le servían, todavía andaban sueltos. Verlasen no era la única aldea de la región, había dos más, sin contar los habitantes de la abadía. Cientos de almas más se hallaban en peligro. ¿Y Davriel ni siquiera iba a dejar su mansión?

Tacenda sintió cómo su rabia se encendía de nuevo. Tal vez este hombre no hubiera asesinado en persona a su familia y amigos, pero su egoísta e incompetente forma de gobernar era igual de culpable por las muertes. Tacenda se levantó, liberándose de sus ataduras.

Crunchgnar, quien había estado esperando a que esto sucediera, se plantó delante de la puerta para cortarle la vía de escape. Pero Tacenda no intentó escapar. Saltó hacia adelante y cogió el brillante recipiente de la mesa junto a Davriel, para luego (sin pensarlo más) estrellarlo contra el suelo, rompiéndolo y provocando así que la cabeza saliera rodando.

La brillante luz del alma contenida en el interior se escapó liberada, y mientras el cátaro aprisionado escapaba a su tormento pudo escuchar un perceptible suspiro. La luz flotó hacia arriba, formando vagamente la forma del hombre, tal y como se lo había imaginado, con la mandíbula cuadrada y ese aire noble, envuelto en la resistente capa de un cazador.

Siendo sinceros, el cuello era un poco demasiado.

Gra… Gracias… Una voz, como si llegara en un soplo de aire, se movió por la habitación.

Davriel miraba con una expresión que ella no sabía interpretar. ¿Sorpresa? ¿Horror ante lo que ella había hecho con su premio?

“Tecnicismos o no,” dijo ella. “Deberías haber mantenido tu palabra. Estoy segura de que un verdadero nigromante sabría…”

Gra… Gracgagnsk Graaaaaaccccc…

Tacenda dudó, y luego se volvió hacia el espíritu, quien en vez de desvanecerse en el aire como ella había supuesto, estaba volviéndose más brillante. Sus ojos crecieron mientras se volvían cada vez más oscuros hasta transformarse en pozos, distorsionando la cara. Sus dedos se hicieron más delgados y alargados, y adoptó una mueca malvada, retorcida.

“¿Cátaro Jagreth?”, preguntó ella.

La cosa la golpeó, cortando su antebrazo con dedos afilados como cuchillas, sin hacerla sangrar, pero haciéndole sentir en cambio un intenso dolor congelado. La cosa, enloquecida, se lanzó en pos de Davriel.

Crunchgnar llegó primero. El enorme demonio bloqueó al espíritu, tocándolo como si tuviera un cuerpo físico, y lo empujó con fuerza hacia atrás. El espíritu dejó escapar un enfurecido alarido que provocó que a Tacenda le dolieran los oídos, y tapándoselos con las manos mientras gritaba.

Parecía que el espíritu podía decidir ser o no corpóreo, ya que aunque Crunchgnar fue capaz de tocarlo la primera vez, el espíritu se desvaneció alejándose, flotando como una cortina que se agitara en el aire. Seguía repitiendo una versión corrupta de “gracias” una y otra vez, cada una de ellas de algún modo más ininteligible que la anterior.

El espíritu flotó hacia Davriel, oscureciéndose y perdiendo transparencia. Crunchgnar desenfundó una espada de su vaina, y el tenue brillo de poder del arma hizo que el espíritu dudara.

Entonces Davriel, con un humo rojizo que invadía sus ojos transformándolos en un tono carmesí, se puso en pie y lanzó un chorro de fuego desde sus manos, con un calor tan intenso que Tacenda gritó. El espíritu chilló en algún lugar del centro de la inmolación, y luego salió disparado, marchitándose antes de quemarse por completo.

Dejó una marca ennegrecida y chamuscada en la alfombra y la librería que había detrás. Tacenda miró boquiabierta, sujetándose el brazo, que aún sentía helado allí donde la había arañado.

El humo rojo se esfumó de los ojos de Davriel. Él se retorció, como si utilizar la magia le hubiera provocado dolor. Se masajeó las sienes, y luego sacudió la cabeza. “Bien, eso ha sido emocionante. Gracias, Crunchgnar, por la oportuna intervención.”

“Tendré tu alma, demonólatra,” dijo Crunchgnar secamente. “No he olvidado nuestro acuerdo.”

Davriel dio unos pasos hacia adelante y pateó la alfombra quemada. “¿Vivían los tejedores de alfombras en tu aldea?”

“Maesa Gritich y su familia,” dijo Tacenda. “Sí.”

“Maldita sea,” dijo Davriel. “Tengo que decirte, muchacha, que robé ese hechizo de fuego de la mente de un piromántico particularmente peligroso. Lo había estado reservando para una emergencia.”

“El cátaro…” Tacenda parpadeó. “Él me atacó…”

“Los espíritus libres, geists como vosotros los llamáis, pueden ser peligrosos e impredecibles. Muchos se olvidan de sí mismos una vez separados de sus cuerpos, reteniendo apenas retazos de memoria. Lo que has hecho ha sido tan estúpido como imprudente.”

“Lo siento.” Ella apartó la mirada de la alfombra quemada, apretando el brazo contra su pecho.

“Estupendo. Me alegro de oirlo.” Davriel le asintió con la cabeza. “Srta. Highwater, averigüe lo que la chica pueda decirle sobre este impostor, y después suéltela en el bosque. Dígale a los demonios que pueden quedarse con ella si intenta colarse de nuevo.”

“¿No vas a revisar su mente por si tuviera talentos que puedas robar?” dijo la Srta. Highwater.

“El hedor de la ciénaga está en toda ella,” dijo Davriel. “No, gracias. Ya tengo suficientes dolores de cabeza por ahora.”

Uno de los demonios, el encorvado que llamaban Brerig, cogió a Tacenda del brazo y empezó a sacarla de la habitación. Su piel era sorprendentemente suave.

Tacenda se resistió, intentando zafarse del demonio que la sujetaba. “Espera,” dijo. “¡Mi viola!”

Tras ellos, un demonio estaba tironeando del instrumento. Davriel le hizo un gesto distraído, para que el demonio se le acercara y le entregara la viola.

“Yo…” dijo Tacenda. “Por favor, es todo cuanto me queda.”

“Es un buen instrumento,” dijo Davriel. “Puede que con su venta consiga lo bastante como para comprar una alfombra nueva. Pero coopera con la Srta. Highwater, dile todo lo que sabes de este impostor, y te dejaré quedártela. ¿Viste esta capa y esta máscara por ti misma?”

“No,” dijo Tacenda, viniéndose abajo. “Yo… Soy ciega durante el día. La bendición de la ciénaga también me ha dejado maldita, un pago por las canciones que da…”

Davriel suspiró, y luego hizo un gesto para ahuyentarles.

Brerig arrastró a Tacenda del brazo en dirección a la puerta. “Ven,” dijo el demonio. “Ven. Ven, y te contaré un acertijo. Son divertidos. Ven.”

Ella se resistió por un instante más, y después, conforme la Srta. Highwater se les unía, se rindió finalmente al acompañamiento sorprendentemente gentil de Brerig. Cuál… ¿cuál era ahora su destino? Esta noche había escapado a la muerte en tres ocasiones. Los Susurradores. La ciénaga. El Señor de la Mansión.

“No viste al impostor,” dijo la Srta. Highwater, dijo la Srta. con una pluma oscura suspendida sobre su libro contable mientras caminaba. “¿Qué es lo que viste?”

“Tan solo cuerpos,” dijo Tacenda. “Había tantos cadáveres. Yo debería estar entre ellos. Debería estar enterrada…”

“¿Habían perdido el color de su piel?” preguntó Davriel desde su asiento, jugueteando todavía con su viola. “Después de morir, quedaron pálidos, o se volvieron cenicientos?”

Tacenda se quedó parada junto a la puerta, y los demonios no la obligaron a continuar.

“Se veían tal y como lo hacían cuando estaban con vida”, le respondió Tacenda. “Solo que los labios tenían un contorno azulado. Sus extremidades estaban rígidas, y permanecieron agarrotados por varias horas, extrañamente agarrotados, antes de relajarse finalmente.”

“Animación suspendida tras una extracción de alma directa,” dijo Davriel con aire ausente. “Probablemente el resultado de algún aspirante a nigromante cosechando almas. Bueno, podría ser peor. Si la Srta. Highwater puede encontrar las almas, supongo que podríamos restaurarlas antes de que los cuerpos se pudran. Y así no tendría que pedir una aldea nueva por correo.”

Tacenda sintió cómo la recorría una sacudida. Acababa de decir…

“¿Restaurarlos?” preguntó Tacenda. “¿Devolverles la vida?”

“Es posible,” dijo él. “Tendría que ver los cuerpos para asegurarme. Pero por la descripción, puede que este estado sea reversible, y eso decididamente sería más sencillo que criar nuevos campesinos a la vieja usanza.”

“Aunque ciertamente no tan divertido,” observó la Srta. Highwater. “Vamos, dejemos de molestar a Lord Cane.”

El demonio Brerig tiró del brazo de Tacenda, pero algo en lo más profundo de su ser, algo que creía marchito y sin vida, se revolvió.

Traerlos de vuelta. ¿Acaso ellos podían traerlos de vuelta?

“¿Cuánto?”, dijo ella, “¿Cuánto tiempo tenemos?”

“¿Todavía estás aquí?”, preguntó Davriel.

“Cuánto nos queda?”

Crunchgnar dio un paso al frente empujando a la Srta. Highwater a un lado, con la espada desenvainada y apuntando a Tacenda.

Así que Tacenda empezó a cantar.

Aunque pretendía empezar poco a poco, esa esperanza, esa calidez, explotó a través de ella en una nota pura, solitaria, poderosa. Como el tañido de una campana matutina, así era la primera nota de la canción de protección.

Los demonios y los diablos en la habitación aullaron de dolor, en estridente y aguda harmonía. Brerig gimoteó, y la Srta. Highwater retrocedió llevándose las manos a los oídos. Incluso Crunchgnar, con sus más de dos metros de altura y temibles cuernos, dio un traspiés y vaciló. Los diablos se dispersaron emitiendo gritos colectivos de agonía.

Su viola, que aún estaba en manos de Davriel, tocó la misma nota: un tono exigente, implacable. Davriel soltó el instrumento, para luego levantar su cabeza mientras quedaba suspendido en el aire frente a él. Eso sucedía ocasionalmente. Sus tambores habían hecho lo mismo.

Ella continuó la canción, cada nota más alta que la anterior. Tres demonios se encogieron en el suelo, gimiendo agónicamente, sujetándose la cabeza. Por su parte, Davriel simplemente apartó el instrumento flotante a un lado con un dedo, y luego se puso en pie con un gesto determinado.

La canción no afectaba a Davriel. Él… él era a todas luces humano. Como sucedía con muchas protecciones mágicas, las personas eran inmunes.

Davriel se acercó a Tacenda, quien había dejado morir su canción, con resolución. Su viola se descendió flotando hacia el suelo ante la silla de Davriel, y los tres demonios se desplomaron en el suelo. Los gritos de los diablos todavía resonaban en las demás habitaciones.

“La guarda de la ciénaga,” dijo Davriel. “Una bonita demostración. Lo que fuera que se llevó a las gentes de tu aldea, estaba obviamente asustada de ti, motivo por el cual tú sigues viva.”

“¿Cuánto?” preguntó ella. “¿Cuánto aguantará mi gente? Si pudiera encontrar sus almas…”

“Depende”, dijo Davriel. “La mayoría de las recolecciones de almas violentas dejan al sujeto muerto al instante, frecuentemente con heridas físicas. Pechos que explotan y todo ese drama. Pero lo que tu describes suena más a la consecuencia de una proyección involuntaria, en la que el alma es obligada a abandonar el cuerpo. Algo que a menudo hace que el cuerpo entre en una breve hibernación catatónica.”

“Cuánto…”

“ Dos días, tal vez tres,” dijo Davriel. “Pasado ese tiempo, el alma no será capaz de reconocer al cuerpo como el suyo propio, y en cualquier caso, el cuerpo habrá empezado a descomponerse.”

Así que sus padres… Sus padres se habían marchado de verdad. Hacía diez días y reclamados por la ciénaga. Pero su hermana, Willia, descansaba sobre una mesa de la abadía. No había sido devuelta a la ciénaga, porque ella veneraba al Ángel. ¿Podría ser salvada? Y Joan, el leñador. El pequeño Ahren y Victre…

“Tienes que ayudarles,” dijo ella. “Eres su señor.”

Davriel se encogió de hombros.

“Si no lo haces,” dijo Tacenda. “Yo… yo…”

“No puedo esperar a oír esta amenaza.”

“Me encargaré de que no vuelvas a dormir otra siesta.”

“Comprobarás que yo…” su voz se fue apagando. “¿Qué?”

“Viajaré a Thraben,” dijo Tacenda. “Iré a todas y cada una de las iglesias y les cantaré ‘El nigromante de las Cercanías’. Puedo cantar más cosas además de la Canción de Protección. Tengo otras canciones, con otras emociones. Haré que te odien. El Horrible Lord Davriel Cane, el hombre que arrancó las almas de una aldea entera.”

“No te atreverías.”

“Me echaré a llorar,” amenazó ella, “delante todo héroe en potencia, de todo héroe que se encuentre embarcado en una cruzada, y todo cazador que quiera granjearse un nombre. Mandaré una riada inagotable de campeones engreídos a las Cercanías, hasta que colapsen los puentes en su afán por venir a molestarte.”

“Podría simplemente matarte, sabes.”

“¡Y mi alma perduraría!” dijo Tacenda. “Como un alma en pena. ¡La chica del bosque, cuya familia fue arrebatada por Davriel de las Cercanías! ¡Cantaría baladas! Viva o muerta, ¡les enviaré a molestarte! Y… y les dibujaría mapas. E imágenes de tu cara. Y…”

“Basta, muchacha,” dijo Davriel. “Dudo mucho que tuvieras la fuerza de voluntad para continuar con este estúpido empeño como geist.”

Tacenda se mordió el labio. Al contrario de lo que dejaban entrever sus palabras, Davriel parecía preocupado. Molesto, más bien, pero con este hombre eso parecía, básicamente, lo mejor que ella podía esperar.

“Sabes que vendrán a por ti,” dijo Tacenda. “Aún si me matas. ¿Una aldea entera? Correrán los rumores. Incluso dentro de unas décadas, la gente todavía estará intentando asesinarte. Tal vez estés en lo cierto con que no podré hacer demasiado para resultar más inspiradora, pero dudo que sea necesario. Piensa en los inconvenientes que esto causará. Y en que una noche de trabajo ligero podría evitar todo eso. Sin demasiado esfuerzo. Tan solo ven a ver los cuerpos de quienes han perecido, e intenta averiguar qué podría haberse hecho con las almas.”

“Planteas un argumento extrañamente persuasivo, muchacha.” Suspiró. “¿Srta. Highwater? ¿Se encuentra bien?”

La mujer demonio se había incorporado del suelo y estaba sacudiendo su cabeza, aparentemente atontada todavía por los efectos de la maldición de protección.

“Lo suficiente, supongo.” dijo ella.

“Entonces… prepare mi carruaje. Vayamos a visitar esta aldea. Tal vez podamos encontrar algo de té que hayan olvidado entregar.”

“Bien, pues. Tráigame el alma. Oh, y una cabeza, si es que tenemos alguna por ahí.

 

 

Publicada originalmente por Wizards of the Coast en su web.

Traducción de Tamara Tonetti (a.k.a. Ysondra)

CHILDREN OF THE NAMELESS
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Written by Brandon Sanderson
Cover art by Chris Rahn

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Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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