Avance: El Ritmo de la Guerra – Capítulos 2 y 3

Continuamos con la lectura de los avances del Ritmo de la Guerra gracias Nova y con la traducción de Manu Viciano.

Esta semana leeremos los capítulos 2 y 3, y en unos días os dejaremos una nueva entrega del CosmereCast comentando nuestras impresiones de la lectura. ¡Esperamos que compartáis las vuestras en nuestro foro, las redes sociales o Discord!

Por si acaso lo no habéis visto aún, os dejamos el link al episodio del podcast en YouTube (también disponible en Spotify) donde hablamos de prólogo y del primer capítulo que leímos la semana pasada

Venli, por Nastya Lehn. Ilustración para el juego Call to Adventure: Stormlight, de Brotherwise Games

 

avance: el ritmo de la guerra – capítulos 2 y 3

avance de la traducción del ritmo de la guerra, traducida por manu viciano y cedida por nova

 

2. Hasta la médula

 

A continuación, hay que permitir que el spren inspeccione la trampa. La gema no puede estar infusa del todo, pero tampoco debe ser opaca del todo. Los experimentos nos llevan a la conclusión de que un setenta por ciento de la capacidad de luz tormentosa máxima es la que mejor funciona.

Si el trabajo se ha realizado correctamente, el spren se quedará fascinado por su futura prisión. Danzará en torno a la gema, la escrutará, flotará a su alrededor.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.

 

—Ya te he dicho que nos habían descubierto —dijo Syl mientras Kaladin se encendía de refulgente luz tormentosa.

Kaladin respondió con un gruñido. Extendió la mano y Syl adoptó la forma de una majestuosa lanza plateada, cuya apariencia hizo retroceder a los cantores que lo habían estado buscando. Kaladin se preocupó de no mirar a su padre, para no revelar que existía una relación entre ellos. Además, sabía lo que vería en su cara. Decepción.

Es decir, nada nuevo.

Los refugiados salieron corriendo en desbandada, presas del pánico, pero al Fusionado ya no le preocupaban. La gigantesca figura se volvió hacia Kaladin con los brazos cruzados y sonrió.

Te lo he dicho, repitió Syl en la mente de Kaladin. Y te lo seguiré recordando hasta que reconozcas lo inteligente que soy.

—Este es de una variedad nueva —dijo Kaladin, manteniendo su lanza nivelada hacia el Fusionado—. ¿Tú habías visto antes a uno de estos?

No. Parece más feo que casi todos los demás, eso sí.

Durante el año anterior había ido apareciendo un goteo de nuevos tipos de Fusionados en los campos de batalla. Kaladin estaba familiarizado sobre todo con los que volaban como los Corredores del Viento. Habían descubierto que a esos los llamaban los shanay-im, que venía a significar «Aquellos de los Cielos».

Otros Fusionados no podían volar: al igual que sucedía con los Radiantes, cada clase tenía su propio conjunto de poderes. Jasnah postulaba que existirían diez tipos de Fusionados, pero Dalinar, sin dar ninguna explicación de por qué lo sabía, había afirmado que serían solo nueve.

La variedad del que Kaladin tenía delante iba a ser la séptima contra la que combatiera. Y, si los vientos le eran propicios, la séptima a la que mataría. Kaladin alzó su lanza para desafiar al Fusionado a un combate singular, un acto que siempre funcionaba con los Celestiales. Sin embargo, ese Fusionado hizo un gesto a sus compañeros para que atacaran a Kaladin desde todos los lados.

Kaladin reaccionó enlazándose hacia arriba. Mientras ascendía al cielo como una flecha, Syl elongó su forma sin que él tuviera que pedírselo hasta convertirse en una lanza larga, perfecta para atacar desde el aire a objetivos en el suelo. La luz tormentosa se revolvió dentro de Kaladin, retándolo a moverse, a actuar, a luchar. Pero debía tener cuidado. En la zona había civiles, entre ellos varios que le eran muy queridos.

—A ver si podemos alejarlos de aquí —dijo Kaladin.

Se enlazó hacia abajo en ángulo para retroceder descendiendo en picado. Por desgracia, la niebla impedía a Kaladin alejarse o elevarse demasiado si no quería perder de vista a sus enemigos.

Ten cuidado, dijo Syl. No sabemos qué clase de poderes puede tener este nuevo Fus…

En la distancia cercana, la neblinosa silueta cayó de repente y algo salió despedido de su cuerpo, una fina línea de luz violeta rojiza, como un spren. Esa línea llegó hasta Kaladin en un abrir y cerrar de ojos y entonces se expandió hasta adquirir de nuevo la forma del Fusionado con un sonido a medio camino entre el cuero al estirarse y las piedras raspando.

El Fusionado se materializó en el aire justo delante de Kaladin. Antes de que este pudiera reaccionar, el Fusionado lo había aferrado por el cuello con una mano y por la pechera del uniforme con la otra.

Syl dio un gañido y se desvaneció en la niebla, ya que su forma de lanza era demasiado aparatosa para un combate tan próximo. El peso del enorme Fusionado, con su pétreo caparazón y sus gruesos músculos, tiró de Kaladin hacia abajo y lo estampó de espaldas contra el suelo.

La presa del Fusionado estaba dejando sin aliento a Kaladin, pero, con la luz tormentosa bullendo en su interior, no necesitaba respirar. De todos modos, asió las manos del Fusionado para quitárselas del cuello. ¡Por el Padre Tormenta, qué fuerza tenía aquella criatura! Mover sus dedos era como intentar doblar barrotes de acero. Kaladin pudo imponerse al pánico inicial de que lo derribaran del aire, se desembotó e invocó a Syl con forma de daga. Dio un tajo a la mano derecha del Fusionado y luego otro a la izquierda que dejaron muertos sus dedos.

Las heridas sanarían, ya que los Fusionados, al igual que los Radiantes, usaban su luz para curarse. Pero como la criatura tenía los dedos insensibles, Kaladin la apartó de una patada con un gruñido. Se enlazó de nuevo hacia arriba para ascender por los aires. Pero antes de que pudiera recobrar el aliento, una luz violeta rojiza atravesó la niebla de abajo, trazó un bucle y se elevó por detrás de Kaladin.

Un brazo atenazó a Kaladin en otra presa desde su espalda. Un segundo después, Kaladin sintió un dolor punzante entre los hombros cuando el Fusionado lo apuñaló en el cuello.

Kaladin chilló y notó que se le insensibilizaban las extremidades al cercenarse la médula espinal. Su luz tormentosa llegó en avalancha para sanar la herida, pero estaba claro que aquel Fusionado tenía experiencia en combate contra potenciadores, porque siguió clavando el puñal una y otra vez en el cuello de Kaladin, impidiendo que se recuperara.

—¡Kaladin! —exclamó Syl, revoloteando a su alrededor—. ¡Kaladin! ¿Qué hago?

Se transformó en un escudo en su mano, pero los dedos inertes de Kaladin lo dejaron caer y Syl recobró su forma de spren.

Los movimientos del Fusionado eran expertos, precisos mientras pendía de la espalda de Kaladin. No parecía capaz de volar cuando estaba en forma humanoide, solo como cinta de luz. Kaladin sintió su cálido aliento en la mejilla mientras la criatura le propinaba una puñalada tras otra. La parte de Kaladin que había recibido formación de su padre consideró la herida con mente analítica. Columna vertebral partida. Parálisis total infligida repetidas veces. Una forma inteligente de ocuparse de un enemigo capaz de sanar. A ese ritmo, la luz tormentosa de Kaladin no tardaría en agotarse.

El soldado que había en Kaladin funcionaba más por instinto que por pensamiento deliberado, y se dio cuenta, a pesar de estar dando vueltas en el aire y aferrado por un rival temible, de que recuperaba un breve instante de movilidad justo antes de cada nueva puñalada.

Así que, cuando ese cosquilleo le recorrió el cuerpo, Kaladin se dobló y lanzó un cabezazo hacia atrás contra la cara del Fusionado.

Un fogonazo de dolor y luz blanca le desdibujó la visión. Se retorció al notar que el Fusionado aflojaba su presa y se liberó, dejándolo caer. La criatura agarró a Kaladin por la casaca y se quedó colgando de ella, una mera sombra en la visión borrosa de Kaladin. Pero fue suficiente. Kaladin descargó el brazo hacia el cuello de aquel ser mientras Syl adoptaba la forma de una espada ropera. Si le atravesaba la gema corazón, la cabeza o el cuello con una hoja esquirlada, el Fusionado moriría por muchos poderes que tuviera.

La visión de Kaladin se recobró lo suficiente para dejarle entrever una luz violeta rojiza que emergía del pecho del Fusionado. La criatura dejaba atrás un cuerpo cada vez que su alma, o lo que fuera, se transformaba en una cinta de luz roja. La hoja esquirlada de Kaladin decapitó limpiamente el cuerpo, pero la luz ya había huido.

Vientos tormentosos. Aquel ser parecía más un spren que un cantor. El cuerpo descartado cayó entre la niebla y Kaladin lo siguió hacia abajo mientras sus heridas sanaban del todo. Inhaló un segundo saquito de esferas mientras aterrizaba al lado del cadáver caído. ¿Era posible matar a aquel ser? Una hoja esquirlada podía cortar a los spren, pero eso no los mataba. Terminaban recuperando su forma en algún momento.

El sudor caía a chorro por la cara de Kaladin y el corazón le atronaba en el pecho. Aunque la luz tormentosa lo impulsaba a moverse, optó por tranquilizarse y escrutó la niebla en busca de rastros del Fusionado. Se habían alejado lo suficiente del pueblo como para que no hubiera nadie más a la vista. Solo colinas sombrías. Desiertas.

«Tormentas, qué poco ha faltado.» Era lo más cerca de morir que había llegado a estar en mucho, mucho tiempo. Y lo más alarmante de todo era lo deprisa e inesperadamente que lo había vencido aquel Fusionado. Sentir que era dueño de los vientos y el cielo y saber que podía sanar rápido conllevaba sus peligros.

Kaladin giró despacio, sintiendo el suave viento en la piel. Con mucha cautela, regresó hacia los restos que había dejado el Fusionado. El cadáver, o lo que quiera que fuese, parecía seco y frágil, sus colores deslucidos, como la concha de un caracol muerto mucho tiempo atrás. La carne de debajo se había transformado en una especie de piedra, porosa y ligera. Kaladin recogió la cabeza cercenada y apretó el pulgar contra la cara, que se deshizo como ceniza. El resto del cuerpo la imitó por sí mismo al poco tiempo, y luego hasta el caparazón se desintegró.

Una línea de luz violeta rojiza llegó como una exhalación desde un lado. Kaladin se lanzó hacia arriba de inmediato, evitando por los pelos la presa del Fusionado que había cobrado forma a partir de la luz por debajo de él. Al instante, sin embargo, el ser dejó caer su nuevo cuerpo y salió disparado hacia arriba, persiguiendo a Kaladin como una luz. En esa ocasión Kaladin tardó un poco demasiado en esquivar y la criatura se materializó de la luz y le aferró una pierna.

El Fusionado se izó, usando su enorme fuerza para trepar por el uniforme de Kaladin. Para cuando la hoja-Syl se hubo formado en la mano de Kaladin, el Fusionado ya lo tenía atenazado en una poderosa presa, con las piernas envolviéndole el torso y la mano izquierda reteniendo a un lado la mano de la espada de Kaladin mientras alzaba el antebrazo derecho y lo apretaba contra el cuello de Kaladin. Eso le echó hacia arriba la cabeza y le dificultó mucho ver al Fusionado, no digamos ya obtener alguna ventaja sobre él.

Pero en realidad no necesitaba ninguna ventaja. Forcejear contra un Corredor del Viento era una empresa arriesgada, porque cualquier cosa que Kaladin alcanzara a tocar, podía enlazarla. Derramó luz tormentosa hacia el interior de su enemigo para enlazar a la criatura y apartarla de él. La luz se resistió, como siempre cuando la aplicaba a Fusionados, pero Kaladin tenía la suficiente para superar esa resistencia.

Kaladin se enlazó a sí mismo en la dirección opuesta y al cabo de un momento fue como si dos manos gigantescas estuvieran separándolos. El Fusionado gruñó y dijo algo en su propio idioma. Kaladin soltó la hoja-Syl y se concentró en intentar apartar a su enemigo. El Fusionado brillaba con luz tormentosa, que se elevaba de su cuerpo como un vaho luminiscente.

Por fin, la mano de su adversario resbaló y el Fusionado salió despedido lejos de Kaladin como una flecha disparada por un arco esquirlado. Una fracción de segundo más tarde, aquella incansable luz violeta rojiza salió despedida del pecho y y voló de nuevo directa hacia él.

Kaladin logró esquivarla por poco enlazándose hacia abajo al mismo tiempo que el Fusionado cobraba forma e intentaba agarrarlo. Después de fracasar, el Fusionado se dejó caer entre la niebla y se perdió de vista. Kaladin se encontró de nuevo escaso de luz tormentosa y con el corazón atronando. Absorbió su tercer saquito de esferas de los cuatro que tenía. Se habían acostumbrado a llevarlos cosidos al interior de sus uniformes, porque los Fusionados sabían que debían intentar robar la reserva de esferas de un Radiante.

—Caramba —dijo Syl, ascendiendo para flotar al lado de Kaladin y adoptando la acostumbrada posición en la que podía vigilar a su espalda—. Es bueno, ¿verdad?

—Es más que eso —respondió Kaladin, buscando entre la monótona niebla—. Ataca siguiendo una táctica distinta a la de casi todos los demás. No he entrenado mucho los agarres.

No se veían muchos forcejeos en el campo de batalla. O al menos, no muchos ejecutados con disciplina. Kaladin tenía práctica con las formaciones y cada vez estaba más confiado en la esgrima, pero habían pasado años desde la última vez que practicara cómo escapar de una presa en el cuello.

—¿Dónde está? —preguntó Syl.

—No lo sé —dijo Kaladin—. Pero no nos hace falta derrotarlo. Solo tenemos que seguir impidiendo que nos atrape hasta que lleguen los demás.

Pasaron unos minutos escrutando la niebla antes de que Syl diera el aviso.

—¡Ahí! —exclamó, formando una cinta de luz que apuntaba hacia lo que había visto.

Kaladin no esperó a recibir más explicaciones. Se enlazó y voló a través de la niebla. El Fusionado apareció, pero solo pudo agarrar el aire vacío mientras Kaladin esquivaba. El cuerpo de la criatura cayó cuando la línea de luz volvió a salir expulsada, pero Kaladin adoptó un errático rumbo en zigzag que le permitió evitar al Fusionado otras dos veces.

Aquel ser utilizaba luz del vacío para, de algún modo, crear nuevos cuerpos. Eran todos idénticos, con pelo que formaba una especie de ropa. No era que renaciese cada vez: se teleportaba, pero utilizando la cinta de luz para trasladarse de una posición a otra. Se habían enfrentado a Fusionados capaces de volar y a otros que tenían poderes similares a los de los Tejedores de Luz. Quizá aquella fuese la variedad cuyos poderes reflejaban, en cierto modo, las capacidades de desplazamiento de los Nominadores de lo Otro.

Después de materializarse por tercera vez, la criatura de nuevo renunció a perseguir a Kaladin. «Solo puede teleportarse tres veces antes de tener que descansar —supuso Kaladin—. Cada vez me ha atacado en una ráfaga de tres intentos. ¿Será que después de eso tiene que esperar a que sus poderes se regeneren? O quizá… No, lo más probable es que tenga que ir a algún sitio para recoger más luz del vacío.»

En efecto, al cabo de unos minutos la luz violeta rojiza regresó. Kaladin se enlazó en dirección contraria a la luz y fue ganando velocidad. El aire rugió a su alrededor y, con el quinto enlace, Kaladin volaba lo bastante rápido como para que la luz roja no pudiera seguirle el ritmo y se atenuara tras él.

«No eres tan peligroso si no logras alcanzarme, ¿verdad?», pensó Kaladin. Fue evidente que el Fusionado llegaba a la misma conclusión, porque la cinta de luz viró hacia abajo en la niebla.

Por desgracia, lo más probable era que el Fusionado supiera que Kaladin regresaría a Piedralar. Así que, en vez de seguir hacia delante, Kaladin descendió también. Se posó en la cima de una colina cubierta de abultados rocabrotes cuyas enredaderas se extendían libres en la humedad.

El Fusionado estaba de pie ante la colina, mirando hacia arriba. Sí, aquella franja como de tela negra era pelo que salía de su coronilla, estirado y tenso en torno a su cuerpo. El Fusionado arrancó de su brazo un espolón, un arma de caparazón afilada y en sierra, y apuntó con ella hacia Kaladin. Debía de haber usado una como esa a modo de daga cuando lo apuñaló en la espalda.

Aquella espuela y el pelo con que se cubría el cuerpo parecían sugerir que el Fusionado no podía llevar objetos consigo al teleportarse, así que nunca tendría esferas de luz del vacío a mano y se vería obligado a retirarse para recargar.

Syl adoptó su forma de lanza.

—Estoy preparado —vociferó Kaladin—. Atácame.

—¿Para que huyas otra vez? —respondió el Fusionado en alezi, con voz rasposa, como piedras rechinando entre ellas—. Búscame con el rabillo del ojo, Corredor del Viento. Volveremos a encontrarnos pronto.

Se convirtió en una cinta de luz roja, dejando otro cadáver que se desmigajaba, y desapareció entre la niebla.

Kaladin se sentó y dejó escapar una larga bocanada de aire y luz tormentosa que se disolvió entre la bruma. La niebla se disiparía cuando el sol ascendiera más en el cielo, pero de momento seguía cubriendo el terreno y confiriéndole una atmósfera inquietante y desolada. Como si Kaladin se hubiera internado sin darse cuenta en un sueño.

Lo golpeó una repentina oleada de agotamiento. Se notó como amortiguado por la luz tormentosa al extinguirse y desinflado como siempre después de la batalla. Y también había otra cosa. Algo que le ocurría cada vez con más frecuencia en los últimos tiempos.

La lanza se esfumó y Syl cobró forma en el aire, de pie delante de él. Se había acostumbrado a llevar un vestido elegante que bajaba hasta el tobillo con líneas marcadas, en vez del vaporoso e infantil de antes. Al preguntar Kaladin, ella había explicado que Adolin había estado dándole consejos. Su cabello largo y azul claro se disipaba en una neblina y no llevaba una manga que le cubriera la mano segura. ¿Por qué iba a llevarla? Ni siquiera era humana, y mucho menos vorin.

—Bueno —dijo Syl con los brazos en jarras—, le hemos dado una lección.

—Ha estado a punto de matarme dos veces.

—No he dicho qué lección era. —Se volvió para montar guardia por si acaso aquello era una trampa—. ¿Estás bien?

—Sí —dijo Kaladin.

—Pareces cansado.

—Siempre me lo dices.

—Porque siempre pareces cansado, tonto.

Kaladin se levantó.

—Estaré bien cuando empiece a moverme.

—Pero…

—No vamos a discutir esto otra vez. Estoy bien.

En efecto, se sintió mejor al levantarse y absorber un poco más de luz tormentosa. ¿Qué más daba si habían vuelto sus noches de insomnio? Había sobrevivido en otras ocasiones con menos horas de sueño. El esclavo que había sido una vez se habría desternillado de risa si oyera que aquel nuevo Kaladin, el portador de esquirlada ojos claros, un hombre que gozaba de un alojamiento lujoso y comida caliente, se preocupaba por un poco de sueño perdido.

—Vámonos —dijo—. Si nos han visto llegando hacia aquí…

—¿«Si»?

Como nos han visto llegar, enviarán a más que un solo Fusionado. Vendrán Celestiales a por mí, y eso significa que la misión está en peligro. Volvamos al pueblo.

Ella esperó expectante, con los brazos cruzados.

—Muy bien —dijo Kaladin—. Tenías razón.

—Y deberías hacerme más caso.

—Y debería hacerte más caso.

—Y, por tanto, deberías dormir más.

—Ojalá fuese tan fácil —dijo Kaladin mientras se elevaba en el aire—. Vamos.

 

 

Velo estaba cada vez más disgustada de que nadie la hubiera secuestrado.

Paseaba por el mercado del campamento de guerra, disfrazada por completo, entreteniéndose en los tenderetes. Llevaba más de un mes poniéndose una cara falsa allí fuera, haciendo justo los comentarios adecuados a justo las personas adecuadas. Y seguía sin haber secuestro. Ni siquiera la habían atracado. Menudo desastre de mundo.

Puedo atizarnos un puñetazo en la cara, si así te sientes mejor, comentó Radiante.

¿Radiante acababa de hacer un chiste? Velo sonrió mientras fingía interesarse en la mercancía de un puesto de fruta. Si Radiante estaba bromeando, era que estaban desesperadas de verdad. Lo normal era que Radiante fuera tan graciosa como… como…

Lo normal es que Radiante sea tan dicharachera como un abismoide, aportó Shallan, calando hasta el frente de la personalidad que compartían. Uno que se haya comido a su propia madre.

Eso, exacto. Velo agradeció la calidez que emanaba de Shallan, e incluso de Radiante, que empezaba a disfrutar del humor. Durante el último año, las tres habían adoptado un cómodo equilibrio. No estaban tan reñidas como antes y cambiaban con facilidad entre personalidades.

Las cosas parecían ir muy bien. Eso preocupaba a Velo, por supuesto. ¿Estarían yendo demasiado bien?

No importaba, por el momento. Velo se apartó del puesto de fruta. Había pasado un mes en los campamentos de guerra llevando la cara de una mujer llamada Chanasha, una mercader ojos claros de baja cuna que gozaba de un modesto éxito alquilando sus tiros de chulls a las caravanas que cruzaban las Llanuras Quebradas. Habían sobornado a la verdadera Chanasha para que prestara su rostro a Velo y la tenían escondida en un lugar seguro.

Velo dobló una esquina y caminó a ritmo de paseo por la siguiente calle. El campamento de Sadeas estaba casi igual que lo recordaba del tiempo que había pasado viviendo por allí, aunque quizá se hubiera vuelto incluso un poco más duro. Al camino le hacía falta un buen raspado: los pólipos de rocabrote hacían que los carros se sacudieran y saltaran al pasar. Casi todos los puestos del mercado tenían a un guardia bien visible cerca del género. Aquel no era un lugar donde confiar en que los soldados hicieran cumplir la ley.

Pasó por delante de muchos puestos de mercaderes de fortuna, que vendían glifoguardas y otros amuletos en tiempos peligrosos. Los predicetormentas ofrecían listas con las tormentas venideras y sus fechas. Velo no hizo caso a ninguno de ellos y llegó a una tienda en concreto que vendía botas recias y calzado para caminatas. Era lo que más éxito tenía en los campamentos de guerra en los últimos tiempos, ya que muchos clientes eran viajeros que estaban de paso. Un vistazo rápido a los puestos de otros mercaderes le contaría la misma historia. Raciones que podían aguantar trayectos largos largos. Talleres de reparación para carros o carretas. Y por supuesto, cualquier cosa que no fuese lo bastante respetable para tener cabida en Urithiru.

También había numerosos rediles de esclavos. Casi tantos como burdeles. Cuando el grueso de la población civil se desplazó a Urithiru, los diez campamentos de guerra se habían transformado a marchas forzadas en un sórdido apeadero para caravanas

A instancias de Radiante, Velo echó un vistazo disimulado hacia atrás en busca de algún soldado de Adolin. No estaban a la vista. Bien. Sí que distinguió a Patrón vigilando desde una pared cercana, preparado para informar a Adolin si era necesario.

Todo estaba en su sitio, y la información que habían recibido indicaba que el secuestro de Velo debería tener lugar ese mismo día. Tal vez tuviera que apretar un poquito más.

Por fin se acercó a ella el zapatero, un tipo corpulento con franjas canosas en la barba. A Shallan le dieron ganas de dibujar ese contraste, así que Velo se retrajo y permitió que Shallan emergiera y tomara una Memoria del hombre para su colección.

—¿Te interesa alguna cosa, brillante? —preguntó él.

Velo recuperó el control.

—¿Cuánto tardarías en conseguirme cien pares como este? —preguntó, dando un golpecito a un zapato con el trozo de caña que Chanasha siempre llevaba en el bolsillo.

—¿Cien pares? —El hombre se animó—. No mucho tiempo, brillante. Cuatro días, si me llega a tiempo el próximo envío.

—Excelente —dijo ella—. Tengo un contrato especial con el viejo Kholin en esa torre ridícula que tiene y puedo moverlos en buenas cantidades si me los proporcionas. Tendrás que hacerme un descuento por comprar al por mayor, por supuesto.

—¿Un descuento?

Velo movió su caña en el aire.

—Claro, cómo no. Si quieres valerte de mis contactos para vender a Urithiru, tendrás que ofrecerme el mejor trato posible.

El mercader se atusó la barba.

—Eres… Chanasha Hasareh, ¿verdad? He oído hablar de ti.

—Bien. Entonces sabes que no me ando con tonterías. —Se inclinó hacia él y le dio un golpecito con la caña en el pecho—. Sé cómo saltarme los aranceles del viejo Kholin, si actuamos deprisa. Cuatro días. ¿Sería posible que estuvieran en tres?

—Podría ser —repuso él—. Pero yo respeto las leyes, brillante. Evitar los aranceles sería ilegal, vaya.

—Solo sería ilegal si aceptamos que Kholin tiene alguna autoridad para exigir esos aranceles. Que yo sepa, no es nuestro rey. Puede afirmar lo que le dé la gana, pero, ahora que las tormentas han cambiado, aparecerán los Heraldos y lo pondrán en su sitio. Lo que yo te diga.

Así me gusta, pensó Radiante. Estás llevándolo bien.

Velo tocó las botas con la caña.

—Cien pares. Tres días. Enviaré a una escriba para negociar los detalles hoy mismo. ¿Trato hecho?

—Trato hecho.

Chanasha no era de las que sonreían, así que Velo no dedicó ninguna expresión amistosa al mercader. Se guardó la caña en la manga e hizo un breve asentimiento antes de retomar su paseo por el mercado.

¿No creéis que me he pasado?, preguntó Velo. Eso último de que Dalinar no es rey me ha parecido un poco descarado.

           Radiante no estaba segura, pero a fin de cuentas la sutileza no era su especialidad, y Shallan lo aprobaba. Tenían que apretar más o nunca la secuestrarían. Ni siquiera merodear cerca de un callejón oscuro que sabía que frecuentaban sus objetivos había atraído la menor atención.

Velo contuvo un suspiro y se dirigió a una cantina que había cerca del mercado. Llevaba semanas siendo cliente y los propietarios la conocían bien. Según la información de que disponía Velo, tanto ellos como el comerciante de calzado pertenecían a los Hijos de Honor, el grupo al que estaba dando caza.

La camarera acompañó a Velo desde el aire fresco de fuera a la mesa de un pequeño rincón apartado. Allí podría beber a solas y repasar su libro de cuentas.

Un libro de cuentas. Puaj. Lo sacó de su cartera y lo dejó en la mesa. ¡Cuántas molestias se tomaban para no salirse del personaje! Tenían que mantener la ilusión sin el menor fallo, ya que la verdadera Chanasha no dejaba pasar un solo día sin cuadrar sus cifras. Al parecer, lo encontraba relajante, nada menos.

Por suerte, tenían a Shallan para ocuparse de esa tarea, ya que tenía algo de práctica con las cuentas de Sebarial. Velo se relajó y dejó que Shallan tomara el control. En realidad aquello tampoco estaba tan, tan mal. Hizo unos garabatos en los márgenes del libro mientras trabajaba, aunque no encajase del todo con el personaje. Velo se comportaba como si fuese crucial imitar a la mercader absolutamente a todas horas, pero Shallan sabía que les convenía relajarse un poco de vez en cuando.

Podríamos relajarnos visitando las timbas, pensó Velo.

Un motivo de que debieran ser tan diligentes era que aquellos campamentos de guerra eran un patio de juegos muy tentador para Velo. ¿Apostar sin preocuparse del decoro vorin? ¿Tabernas que servían lo que quisieras sin hacer preguntas? Los campamentos de guerra estaban a una maravillosa tormenta de distancia de la sede del perfecto recato de Dalinar Kholin.

Urithiru estaba demasiado llena de Corredores del Viento, hombres y mujeres que se desvivirían para impedir que alguien se magullara el codo contra una mesa mal colocada. Aquel lugar, en cambio… podría acabar gustando a Velo. Así que al fin y al cabo, quizá sí que fuese mejor ceñirse del todo al personaje.

Shallan intentó concentrarse en las cuentas. Era capaz de hacerlas. Había aprendido contabilidad llevando los libros de su padre. Eso había sido antes de que ella…

Antes de que ella…

Podría ser buen momento, susurró Velo. Para recordar de una vez por todas. Para recordarlo todo.

No, no lo era.

Pero…

Shallan se retiró inmediatamente.

No, en eso no podemos pensar. Toma el control.

Velo se reclinó en su asiento mientras llegaba el vino. Pues muy bien. Dio un largo sorbo y trató de fingir que estudiaba los libros de cuentas. En realidad no debería enfadarse con Shallan. Así que canalizó esa emoción hacia Ialai Sadeas. Esa mujer no podía contentarse con dirigir allí su pequeño feudo y sacar provecho de las caravanas sin molestar a nadie. No, claro que no. Tenía que planear una tormentosa traición.

Velo siguió intentando hacer las cuentas y fingir que le gustaba. Dio otro largo sorbo. Al poco tiempo empezó a notarse confusa y estuvo a punto de absorber luz tormentosa para anular el efecto, pero se detuvo. No había pedido nada demasiado embriagante. Por tanto, si se estaba mareando…

Alzó unos ojos que cada vez se desenfocaban más. ¡Habían drogado el vino! «Ya era hora», pensó antes de desmayarse en su asiento.

 

 

—Es que no entiendo cómo puede ser tan difícil —estaba diciendo Syl mientras Kaladin y ella se aproximaban a Piedralar—. Los humanos dormís literalmente a diario. Lleváis toda la vida practicando.

—Cualquiera pensaría que sí, ¿verdad? —respondió Kaladin mientras aterrizaba con pies ligeros cerca del pueblo.

—Es evidente que lo pensaría, ya que acabo de decirlo —replicó ella, sentada en el hombro de Kaladin mirando hacia atrás. Hablaba con ligereza, pero Kaladin percibió en ella la misma tensión que sentía él, como si el propio aire estuviera tirante.

«Búscame con el rabillo del ojo, Corredor del Viento.» Notó un eco de dolor en la nuca, donde el Fusionado le había clavado la daga en la columna vertebral una y otra vez.

—Hasta los bebés se duermen —insistió Syl—. Solo tú podrías convertir algo tan sencillo en casi imposible.

—¿Ah, sí? —dijo Kaladin—. ¿Y tú puedes hacerlo?

—Te tumbas. Finges que estás muerta un rato. Te levantas. Fácil. Bueno, y tratándose de ti, añadiré un último paso obligatorio: protestar.

Kaladin echó a caminar a zancadas hacia el pueblo. Syl esperaría que respondiera, pero no le apetecía hacerlo. No era porque estuviera molesto, sino por… bueno, por una especie de fatiga generalizada.

—¿Kaladin? —dijo ella.

Sentía una desconexión esos últimos meses. Esos últimos años. Era como si la vida siguiera adelante para todo el mundo pero Kaladin estuviera apartado de ellos, incapaz de relacionarse. Como si fuese un cuadro colgado en un pasillo, viendo pasar la vida.

—Muy bien, ya interpretaré yo tu parte —dijo Syl. Su imagen titiló y se transformó en una réplica perfecta de Kaladin, sentado en su propio hombro—. Vaya, vaya —gruñó en una voz más grave—. Refunfuño, refunfuño. Venga, alineaos. Esta tormentosa lluvia está arruinando un clima que por lo demás era horrible. Además, voy a prohibir los dedos de los pies.

—¿Los dedos de los pies?

—¡La gente no para de tropezarse! —prosiguió ella—. No consentiré que os hagáis daño todos, así que, de ahora en adelante, nada de dedos de los pies. La semana que viene probaremos a no tener pies. Y ahora, largaos de aquí a cenar algo. Mañana vamos a levantarnos antes de que amanezca para practicar a fruncirnos el ceño unos a otros.

—Venga, no soy tan horrible —dijo Kaladin, pero no pudo contener una sonrisa—. Además, tu voz de Kaladin suena más parecida a Teft.

Syl recobró su aspecto habitual y se sentó con delicadeza, a todas luces satisfecha consigo misma. Y él tuvo que reconocer que se notaba más animado. «Tormentas —pensó—, ¿dónde estaría yo si no la hubiera encontrado?».

La respuesta era evidente. Estaría muerto al fondo de un abismo, después de haberse arrojado a la oscuridad.

Al acercarse a Piedralar, encontraron una escena de relativo orden. Los refugiados volvían a estar en fila y los cantores con forma de guerra que habían llegado con el Fusionado esperaban cerca del padre de Kaladin y la nueva consistora con las armas enfundadas. Todos parecían comprender que sus próximos pasos dependerían en gran medida del resultado del duelo de Kaladin.

Kaladin llegó con paso firme, aferró el aire por delante de él y la lanza-Syl se materializó como una majestuosa arma de plata. Los cantores desenfundaron, sobre todo espadas.

—Podéis luchar contra un Radiante vosotros solos si queréis —dijo Kaladin—. Otra opción, si no tenéis ganas de morir hoy, sería reunir a todos los cantores de este pueblo y retiraros hasta media hora a pie en dirección este. Allí hay un refugio de tormentas para la gente de las granjas más apartadas, seguro que Abiajan puede llevaros. Quedaos dentro hasta el ocaso.

Los seis soldados se abalanzaron hacia él.

Kaladin suspiró y absorbió la luz tormentosa de unas pocas esferas más. La escaramuza duró unos treinta segundos, y dejó a una cantora muerta con los ojos calcinados mientras los otros se retiraban con las armas segadas por la mitad.

Algunas personas habrían visto valentía en aquel ataque. Durante gran parte de la historia alezi, se había animado a la tropa rasa a lanzarse contra portadores de esquirlada. Los generales enseñaban que incluso una mínima posibilidad de obtener una esquirla hacía que mereciera la pena el increíble riesgo.

Eso ya era suficiente estupidez, pero es que encima Kaladin no dejaría atrás una esquirla si lo mataban. Era Radiante, y esos soldados lo sabían. Por lo que había visto, la actitud de las tropas cantoras dependía mucho del Fusionado al que servían. Que aquellos estuvieran instruidos para sacrificar sus vidas sin el menor motivo decía muy poco en favor de su amo.

Por suerte, los cinco que quedaban hicieron caso a Abiajan y los demás cantores de Piedralar, quienes, con cierto esfuerzo, los convencieron de que por mucho valor que hubieran puesto en la lucha, estaban derrotados. Al poco tiempo, deambularon todos hacia fuera hasta perderse en la niebla que se desvanecía deprisa.

Kaladin volvió a comprobar el cielo. «Ya debería estar cerca», pensó mientras se acercaba a la garita de guardia donde esperaba su madre, con un pañuelo estampado sobre el pelo sin trenzar hasta los hombros. Rodeó con un brazo a Kaladin y el pequeño Oroden, que ocupaba el otro, extendió las manitas para que Kaladin lo cogiera.

—¡Cómo estás creciendo! —dijo al chico.

—¡Gagadin! —exclamó el niño, y movió los brazos en el aire para intentar atrapar a Syl, que siempre elegía mostrarse a la familia de Kaladin.

Syl hizo su truco de costumbre, adoptar para el pequeño las formas de distintos animales que hacían cabriolas en el aire.

—Bueno —dijo la madre de Kaladin—, ¿cómo está Lyn?

—¿Tiene que ser siempre lo primero que me preguntas?

—Privilegio de madre —dijo Hesina—. ¿Cómo está?

—Rompió con él —intervino Syl, con aspecto de diminuto y resplandeciente sabueso-hacha. Se hacía raro que salieran palabras de sus fauces—. Justo después de nuestra última visita.

—Ay, Kaladin —suspiró su madre, volviendo a rodearlo con un brazo—. ¿Y cómo se lo está tomando él?

—Estuvo enfurruñado más de dos semanas —respondió Syl—, pero creo que ya lo tiene casi superado.

—«Él» está aquí mismo —dijo Kaladin.

—Y él nunca responde a ninguna pregunta sobre su vida personal —replicó Hesina—, con lo que obliga a su pobre madre a informarse de otras fuentes más divinas.

—¿Lo ves? —dijo Syl, que estaba dando brincos con forma de cremlino—. Ella sí que sabe cómo tratarme. Con la dignidad y el respeto que merezco.

—¿Se ha dedicado a ofenderte otra vez, Syl?

—Lleva por lo menos un día sin mencionar lo impresionante que soy.

—Es indudablemente injusto que tenga que tratar con vosotras dos a la vez —dijo Kaladin—. ¿Ese general herdaziano consiguió llegar al pueblo?

Hesina señaló un edificio cercano, enclavado entre dos casas, un cobertizo de madera de los que se usaban para guardar los aperos. No parecía muy robusto: algunos tablones estaban combados y sueltos por alguna tormenta reciente.

—Los he escondido dentro cuando ha empezado la lucha —explicó Hesina.

Kaladin le devolvió a Oroden y echó a andar hacia el cobertizo.

—Trae a Laral y reúne a la gente del pueblo. Hoy va a llegar algo grande y no quiero que monten en pánico.

—¿A qué te refieres cuando dices «grande», hijo?

—Ya lo verás —respondió él.

—¿Vas a ir a hablar con tu padre?

Kaladin vaciló y luego echó una mirada por el campo neblinoso hacia los refugiados. Los lugareños habían empezado a salir de sus casas para ver a qué venía tanto jaleo. No distinguió a su padre.

—¿Adónde ha ido?

—A comprobar si ese parshmenio al que has cortado está muerto de verdad.

—Pues claro que ha ido a hacer eso —dijo Kaladin con un suspiro—. Hablaré con Lirin después.

Dentro del cobertizo, unos herdazianos muy quisquillosos desenvainaron dagas al verlo abrir la puerta. Kaladin respondió absorbiendo un poco de luz tormentosa, lo que hizo que emanaran volutas de humo luminiscente de la piel que tenía al aire.

—Por los Tres Dioses —susurró uno de ellos, un hombre alto con coleta—. Era verdad. Habéis regresado.

La reacción perturbó a Kaladin. Aquel hombre, como revolucionario en Herdaz, ya debería haber visto a Radiantes. En un mundo perfecto, los ejércitos de la coalición de Dalinar llevarían meses colaborando en la liberación herdaziana.

Solo que todo el mundo había renunciado a Herdaz. El pequeño país había parecido estar cerca del colapso, y los ejércitos de Dalinar estaban lamiéndose las heridas tras la Batalla de la Explanada Thayleña. Luego habían empezado a llegar muy poco a poco informes de una resistencia en Herdaz que contraatacaba.

Cada nuevo informe daba la impresión de que los herdazianos estaban casi acabados, por lo que los recursos se destinaban a otros frentes con más posibilidades de victoria. Pero cada vez, Herdaz seguía firme, hostigando sin cesar al enemigo. Los ejércitos de Odium habían perdido a decenas de miles de soldados combatiendo en aquel país pequeño y con poca relevancia estratégica.

Y aunque al final Herdaz había caído, el precio en sangre que había pagado el enemigo había sido notablemente alto.

—¿Quién de vosotros es el Visón? —preguntó Kaladin, y al hablar salió de su boca un vaho de brillante luz tormentosa.

El tipo alto señaló hacia el fondo del cobertizo, donde una figura sombría y embozada en su capa se había sentado contra la pared. Kaladin no alcanzó a verle la cara bajo la capucha.

—Es un honor conocer en persona a la leyenda —dijo Kaladin, acercándose—. Me han encargado extenderte una invitación oficial para unirte al ejército de la coalición. Haremos lo que podamos por tu país, pero de momento el brillante señor Dalinar Kholin y la reina Jasnah Kholin arden en deseos de conocer al hombre que resistió al enemigo durante tanto tiempo.

El Visón no se movió. Se quedó allí sentado, con la cabeza gacha. Al rato, uno de sus hombres fue hasta él y le sacudió el hombro.

La capa se movió y el cuerpo cayó inerte, dejando a la vista unos rollos de lona que alguien había colocado para imitar la forma de una persona vestida con la capa. ¿Un maniquí? Por el nombre desconocido del Padre Tormenta, ¿qué pasaba allí?

Los soldados parecían tan sorprendidos como Kaladin, todos salvo el alto, que se limitó a suspirar y dedicar a Kaladin una mirada de resignación.

—A veces hace estas cosas, brillante señor.

—¿Hace qué? ¿Convertirse en trapos?

—Escabullirse —explicó el hombre—. Le gusta ver si puede hacerlo sin que nos demos cuenta.

Uno de los otros hombres renegó en herdaziano mientras buscaba detrás de unos toneles, y acabó descubriendo uno de varios tablones sueltos. El hueco daba al ensombrecido callejón que separaba los edificios.

—Seguro que al final lo encontramos por el pueblo —dijo el hombre a Kaladin—. Déjanos unos minutos para buscarlo.

—Cualquiera pensaría que lo lógico es evitar los jueguecitos, teniendo en cuenta lo peligroso de la situación.

—Tú… no conoces a nuestro gancho, brillante señor —respondió el hombre—. Así es justo como reacciona a las situaciones peligrosas.

—Él no gusta que atrapen —dijo otro, negando con la cabeza—. Cuando peligro, él es desaparece.

—¿Y abandona a sus hombres? —preguntó Kaladin, horrorizado.

—No se sobrevive como lo ha hecho el Visón sin aprender a escurrir el bulto de situaciones de las que otros no podrían escapar —dijo el herdaziano alto—. Si estuviéramos en peligro, intentaría volver con nosotros. Si no pudiera… en fin, somos sus guardias. Cualquiera de nosotros entregaría su vida para que él pudiera huir.

—No es que necesita mucho nosotros —añadió otro—. ¡Ni la misma Ganlos Riera puedría atraparlo!

—Bueno, pues localizadlo si podéis y transmitidle mi mensaje —pidió Kaladin—. Tenemos que salir rápido de este pueblo. Tengo motivos para sospechar que se aproxima una fuerza más numerosa de Fusionados.

Los herdazianos le hicieron el saludo militar, aunque no fuese necesario ante un oficial del ejército de otro país. La gente hacía cosas raras cuando había Radiantes cerca.

—¡Así me gusta! —exclamó Syl mientras Kaladin salía del cobertizo—. Casi no has puesto mala cara cuando te han llamado brillante señor.

—Soy lo que soy —dijo Kaladin mientras pasaba junto a su madre, que estaba conversando con Laral y el brillante señor Roshone.

Vio a su padre organizando a algunos antiguos soldados de Roshone, que intentaban acorralar a los refugiados. A juzgar por el tamaño reducido de la cola, unos cuantos parecían haber huido.

Lirin vio que Kaladin se acercaba y apretó los labios. El cirujano era un hombre más bajo que Kaladin, que había heredado la altura de su madre. Lirin se apartó del grupo y se secó con un pañuelo el sudor de la frente y la cabeza, que iba perdiendo pelo, antes de quitarse los anteojos y limpiarlos en silencio mientras Kaladin llegaba.

—Padre —dijo Kaladin.

—Había confiado —dijo Lirin con suavidad— en que nuestro mensaje te animara a llegar con disimulo.

—Lo he intentado —respondió Kaladin—, pero los Fusionados han establecido puestos de vigilancia por toda la zona para escrutar el cielo. La niebla se ha dispersado de pronto cerca de uno de esos y ha revelado mi presencia. Esperaba que no me hubieran visto, pero… —Se encogió de hombros.

Lirin volvió a ponerse los anteojos; los dos hombres sabían lo que estaba pensando. Lirin ya había advertido a Kaladin de que, si seguía visitándolos, llevaría la muerte a Piedralar. Ese día había llegado al cantor que lo había atacado. Lirin había envuelto el cadáver con una mortaja.

—Soy soldado, padre —dijo Kaladin—. Lucho por esta gente.

—Cualquier idiota con dos manos puede sostener una lanza. Las tuyas las entrené para que hicieran algo mejor.

—Yo…

Kaladin se mordió la lengua e inhaló una larga y profunda bocanada de aire. Oyó un característico golpeteo en la lejanía. «Por fin.»

—Luego hablaremos de esto —dijo Kaladin—. Empaqueta todo el material que quieras llevarte. Y deprisa. Tenemos que marcharnos.

—¿Marcharnos? —preguntó Lirin—. Ya te lo he dicho. La gente del pueblo me necesita. No voy a abandonarlos.

—Lo sé —dijo Kaladin, señalando hacia el cielo.

—¿De qué estás…?

Lirin dejó la pregunta en el aire mientras de la niebla emergía una gigantesca sombra oscura, un vehículo de un tamaño increíble que volaba despacio por el cielo. Dos docenas de Corredores del Viento, refulgentes de luz tormentosa, surcaban el aire en formación a sus dos lados.

No era tanto un barco como una inmensa plataforma flotante. Pero aun así, alrededor de Lirin se formaron asombrospren, como anillos de humo azul. Bueno, la primera vez que Kaladin había visto a Navani hacer flotar la plataforma, también se había quedado boquiabierto.

El vehículo pasó por delante del sol, sumiendo a Kaladin y su padre en la sombra.

—Me dejaste muy claro —dijo Kaladin— que mi madre y tú no ibais a abandonar a los habitantes de Piedralar. Así que lo he organizado para que nos los llevemos con nosotros.

 

3. El Cuarto Puente

 

El último paso para capturar a un spren es el más delicado, ya que debe retirarse la luz tormentosa de la gema. Las técnicas específicas que emplea cada gremio de artifabrianos son secretos guardados con gran celo, confiados solo a sus miembros de mayor rango.

El método más sencillo consiste en emplear un larkin, un tipo de cremlino que devora luz tormentosa. Sería un proceso maravilloso y conveniente, de no ser porque esas criaturas se encuentran al borde de la extinción absoluta. Las guerras de Aimia estuvieron provocadas en parte por la obtención de esas pequeñas criaturas en apariencia inocentes.

 Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.

 

Navani Kholin se asomó por la borda de la plataforma voladora y miró decenas de metros hacia abajo, a las piedras del suelo. Decía mucho del lugar donde había estado residiendo que no dejara de impresionarla lo fértil que era Alezkar. Había acumulaciones de rocabrotes en todas las superficies, excepto allí donde los habían despejado para las viviendas o los cultivos. Había campos enteros de hierbas silvestres que se mecían verdes al viento, vibrantes de vidaspren. Había árboles formando baluartes contra las tormentas, con las ramas entrelazadas tan ceñidas como falanges.

Allí, al contrario que en las Llanuras Quebradas o en Urithiru, las cosas crecían. Era su hogar de la infancia, pero en esos momentos le resultaba casi ajeno del todo.

—Me quedaría mucho más tranquila si no te asomaras tanto, brillante —dijo Velat.

La erudita de mediana edad llevaba el pelo recogido en apretadas trenzas para que no se lo revolviera el viento. Siempre intentaba hacer de madre a todo el mundo.

Navani, por supuesto, se inclinó más hacia fuera. Lo normal sería que, durante sus más de cinco décadas de vida, hubiera encontrado la forma de imponerse a la vena impetuosa que le salía por naturaleza. Pero en vez de eso, lo más alarmante era que había llegado a obtener el poder suficiente para limitarse a hacer lo que le venía en gana.

Por debajo, su plataforma voladora dejaba una satisfactoria sombra geométrica en las piedras. Los lugareños se habían apiñado y miraban embobados hacia arriba mientras Kaladin y los demás Corredores del Viento empezaban a apartarlos de la zona de aterrizaje.

—Brillante señor Dalinar —dijo Velat—, ¿puedes convencerla tú, por favor? Juraría que va a caerse sin remedio.

—Es el barco de Navani, Velat —repuso Dalinar desde detrás, con una voz firme como el acero, inmutable como las matemáticas. Navani adoraba su voz—. Creo que ordenaría que me arrojaran a mí al vacío si intentase impedirle disfrutar de este momento.

—¿No puede disfrutarlo desde el centro de la plataforma? ¿O quizá amarrada a la cubierta? ¿Con dos cuerdas?

Navani sonrió de oreja a oreja mientras el viento le tiraba del cabello suelto. Estaba agarrada a la borda con la mano libre.

—La zona ya está despejada de gente. Escribid la orden: descenso constante hasta el suelo.

Navani había basado el diseño en los puentes que utilizaban para superar los abismos. A fin de cuentas, aquello no era un barco de guerra, sino un transporte cuyo objetivo era desplazar a grandes grupos de personas. La construcción final era poco más que un gran rectángulo de madera de más de treinta metros de largo, veinte de ancho y unos doce metros de grosor para dar cabida a tres cubiertas.

Habían levantado unas paredes altas y techado la parte trasera de la cubierta superior. El tercio frontal estaba descubierto, aunque lo rodeaba un parapeto. Durante casi todo el trayecto, los ingenieros de Navani habían mantenido su puesto de mando en la parte resguardada. Pero ese día iban a llevar a cabo maniobras delicadas, por lo que habían sacado las mesas y las habían clavado al suelo en la esquina frontal derecha de la plataforma.

«Frontal derecha —pensó—. ¿Deberíamos referirnos a estas cosas con términos náuticos? Pero es que esto no es el océano. Estamos volando.»

Volaban. Había funcionado. No solo en las maniobras y las pruebas de las Llanuras Quebradas, sino también en una misión real, recorriendo centenares de kilómetros.

Detrás de ella, más de una docena de ingenieros fervorosos ocupaban el puesto de mando abierto al cielo. Ka, la escriba de un pelotón de Corredores del Viento, envió la orden por vinculacaña a Urithiru. No podían escribir instrucciones detalladas estando en movimiento, porque las vinculacañas daban problemas. Pero sí podían enviar destellos de luz, que a su vez podían interpretarse.

En Urithiru otro grupo de ingenieros manipulaba los complejos mecanismos que mantenían aquella nave en el aire. De hecho, empleaba la misma tecnología en la que se basaban las vinculacañas. Cuando se movía una mitad, la otra se desplazaba en sintonía. Y el caso era que las dos mitades de una gema también podían emparejarse para que cuando se hiciera descender una, la otra mitad se elevara por los aires, estuviera donde estuviese.

La fuerza se transfería: si la mitad alejada estaba debajo de algo pesado, costaría esfuerzo hacer bajar la mitad cercana. Por desgracia, había cierto deterioro adicional: cuanto más alejadas estuvieran las dos mitades, más resistencia ofrecían al movimiento. Pero si se podía mover una caña, ¿por qué no una atalaya? ¿Por qué no un carruaje? ¿Por qué no un barco entero?

Y así, en Urithiru había centenares de personas y chulls operando un sistema de poleas conectado a un amplio entramado de gemas. Cuando soltaban dicho entramado por la pendiente del altiplano sobre el que se alzaba la torre, el barco de Navani se elevaba hacia el cielo.

Tenían otro entramado, bien protegido en las Llanuras Quebradas y atado a chulls para que tiraran de él, que podía usarse entonces para que la nave avanzara o retrocediera. El verdadero avance había sido el descubrimiento de que podían utilizar el aluminio para aislar el movimiento en un solo plano, e incluso para cambiar los vectores de fuerza. El resultado era que podían hacer que los chulls tiraran durante un rato y luego desemparejar un momento las gemas y girar a los animales para regresaran en sentido opuesto, mientras la plataforma seguía avanzando en línea recta.

Alternar entre esos dos entramados, uno para regular la altitud y el otro para controlar el desplazamiento horizontal, permitía que el barco de Navani volara.

Su barco. Su barco. Ojalá pudiera compartir la emoción con Elhokar. Aunque la mayoría de la gente recordaba a su hijo solo como el hombre que había tenido que esforzarse mucho para reemplazar a Gavilar como rey, Navani lo había conocido como el muchacho inquisitivo que adoraba los dibujos de su madre. A Elhokar siempre le habían encantado las alturas. ¡Cómo habría disfrutado de las vistas que tenían desde la cubierta!

Trabajar en aquel transporte había ayudado a Navani a superar los meses posteriores a la muerte de Elhokar. Por supuesto, no habían sido los cálculos de la propia Navani los que por fin habían convertido la nave en realidad. Habían sabido de las interacciones entre los fabriales parejos y el aluminio gracias a los científicos azishianos. La plataforma tampoco era el resultado directo de sus diagramas de ingeniería, y la nave era bastante más prosaica que sus fantasiosos diseños originales.

Navani se limitaba a orientar a personas más listas que ella. Así que tal vez no merecía sonreír como una niña al ver que funcionaba. Lo hizo de todos modos.

Decidirse por un nombre la había tenido debatiéndose durante meses enteros. No obstante, al final se había inspirado en los puentes que ya la habían inspirado. En concreto, en el puente que muchos meses antes había rescatado a Dalinar y Adolin de una muerte segura, algo que esperaba que aquella embarcación pudiera hacer por muchos otros en situaciones igualmente apuradas.

Y así, el primer transporte aéreo que veía el mundo había recibido el nombre de Cuarto Puente. Con permiso del antiguo equipo del alto mariscal Kaladin, Navani había incrustado su viejo puente en el centro de la cubierta a modo de símbolo.

Navani se retiró de la barandilla y se dirigió al puesto de mando. Oyó un suspiro de alivio procedente de Velat, la cartógrafa, que se había amarrado a sí misma a la cubierta. Navani habría preferido llevar consigo a Isasik, pero el hombre había salido a una de sus expediciones para trazar mapas, en esa ocasión de la parte oriental de las Llanuras Quebradas.

Aun así, Navani disponía de una guarnición completa de científicos e ingenieros. El barbudo y canoso Falilar estaba revisando diagramas con Rushu, mientras toda una hueste de asistentes y escribas correteaba de un lado a otro, comprobando la integridad estructural o midiendo los niveles de luz tormentosa en las gemas. Llegados a ese punto, no había gran cosa que Navani pudiera hacer aparte de pasearse por ahí dándoselas de importante. Sonrió al recordar que Dalinar le había dicho algo parecido sobre los generales en el campo de batalla, una vez el plan se había puesto en acción.

El Cuarto Puente se posó en el suelo y las puertas frontales del nivel inferior se abrieron para aceptar pasajeros. Una docena de Danzantes del Filo salieron hacia el pueblo. Refulgentes de luz tormentosa, avanzaban con unos andares extraños, empujándose con pies alternos mientras resbalaban con el otro. Podían deslizarse por la madera o la piedra como si fuesen hielo y daban elegantes saltos para evitar las rocas.

La última Danzante del Filo del grupo, una chica desgarbada que parecía haber crecido treinta centímetros el último año, falló el salto y tropezó contra un pedrusco grande que los demás habían esquivado. Navani cubrió su sonrisa con una mano. Ser Radiante, por desgracia, no inmunizaba a nadie contra la torpeza o la pubertad.

Los Danzantes del Filo acompañarían a los lugareños al transporte y sanarían a quienes estuvieran heridos o enfermos. Los Corredores del Viento surcaban el cielo para vigilar por si había problemas.

Para no molestar a los ingenieros ni a los soldados, Navani se acercó a Kmakl, el príncipe consorte thayleño. El marido de Fen, ya entrado en años, era un hombre de la armada y Navani había pensado que disfrutaría acompañándolos en la primera misión del Cuarto Puente. El príncipe le dedicó una respetuosa inclinación que hizo caer sus cejas y su largo bigote a ambos lados de la cara.

—Debes de pensar que estamos muy mal organizados, almirante —le dijo Navani en thayleño—. No tenemos cabina para el capitán y nuestro puesto de mando es solo un puñado de mesas clavadas al suelo.

—Es una nave extraña, desde luego —respondió el anciano marinero—, pero majestuosa a su propia manera. Estaba oyendo hablar a tus eruditos y calculan que la nave viaja a una velocidad media de cinco nudos.

Navani asintió. La misión había empezado como una prueba de resistencia prolongada, y de hecho ella no había estado a bordo al principio del trayecto. El Cuarto Puente había pasado semanas sobrevolando el océano de las Aguas Hirvientes, refugiándose de las tormentas en ensenadas y cuevas costeras. Durante ese tiempo, la única tripulación de la nave habían sido sus ingenieros y un puñado de marinos.

Luego había llegado la petición de Kaladin. ¿Les gustaría hacer una prueba más rigurosa robando un pueblo entero de Alezkar, y de paso rescatar a un infame general herdaziano? Dalinar había tomado la decisión y el Cuarto Puente había virado en dirección a Alezkar.

Los Corredores del Viento habían trasladado hasta la plataforma al personal de mando, Navani incluida, y a un grupo de Radiantes esa misma mañana.

—Cinco nudos —dijo Navani—. No es demasiado rápida, comparada con tus mejores barcos.

—Perdón, brillante —replicó él—, pero esto viene a ser una barcaza inmensa, y cinco nudos son una velocidad impresionante para una barcaza, incluso si pasamos por alto que esta vuela. —Negó con la cabeza—. Esta nave es más rápida que cualquier ejército viajando a marchas forzadas, y aun así las tropas llegan frescas y proporciona su propio terreno elevado móvil para los arqueros de apoyo.

Navani no pudo contener una amplia sonrisa de orgullo.

—Aún quedan muchos fallos por resolver —afirmó—. Los ventiladores de atrás apenas mejoran la velocidad. Vamos a necesitar algo mejor. La mano de obra que requiere esto es descomunal.

—Si tú lo dices… —repuso él. El anciano adoptó una expresión distante, se volvió y contempló el horizonte.

—¿Almirante? —dijo Navani—. ¿Te encuentras bien?

—Es solo que estoy visualizando el fin de una era. La forma de vida que siempre he conocido, la de los océanos y la armada…

—Seguiremos necesitando armadas —dijo Navani—. Este transporte aéreo no es más que una herramienta adicional.

—Quizá, quizá. Pero imagina por un momento una flota de barcos normales sufriendo el ataque de una nave como esta desde arriba. No necesitarías arqueros entrenados. Los marineros voladores podrían soltar piedras y hundir una flota en cuestión de minutos. —Lanzó una mirada a Navani—. Querida, si estos trastos se popularizan, no serán solo las armadas lo que quede obsoleto. No sé si me alegro de ser lo bastante viejo para despedirme con cariño de mi mundo o si envidio a los jóvenes, que podrán explorar este otro mundo nuevo.

Navani se descubrió sin palabras. Quería dar ánimos al príncipe consorte, pero el pasado que Kmakl apreciaba tanto era… bueno, era como las olas en el agua. Se había disipado, engullido por el océano del tiempo. Era el futuro lo que la emocionaba a ella.

Kmakl pareció notar su titubeo y le sonrió.

—No hagas caso a las divagaciones de viejo marinero gruñón. Mira, el Forjador de Vínculos busca tu atención. Ve y guíanos a todos hacia un nuevo horizonte, brillante. Ahí es donde hallaremos el éxito contra estos invasores.

Navani dio a Kmakl una cariñosa palmadita en el brazo y fue presurosa hacia Dalinar, que estaba por el centro de la parte delantera de cubierta. El alto mariscal Kaladin caminaba hacia él acompañado de un hombre con anteojos. Debía de ser el padre del Corredor del Viento, aunque hizo falta cierta imaginación por parte de Navani para verles el parecido. Kaladin era alto y Lirin bajito. El hombre más joven tenía aquel pelo rebelde cayendo en rizos naturales. Lirin, en cambio, estaba quedándose calvo y llevaba muy corto el pelo que le quedaba.

Sin embargo, cuando Navani llegó junto a Dalinar, miró a los ojos a Lirin y la relación paternal se hizo más evidente. Los dos tenían la misma intensidad calmada, la misma mirada un poco sentenciosa que parecía saber demasiado sobre los demás. En ese instante, Navani vio a dos hombres con una misma alma, a pesar de todas sus diferencias físicas.

—Señor —dijo Kaladin a Dalinar—. Mi padre, el cirujano.

Dalinar saludó con la cabeza.

—Lirin Bendito por la Tormenta. Es un honor.

—¿Bendito por la Tormenta? —preguntó Lirin. No se inclinó, cosa que Navani encontró muy poco diplomática teniendo en cuenta con quién hablaba.

—Había supuesto que adoptarías el nombre de la casa de tu hijo —dijo Dalinar.

Lirin miró a Kaladin, que a todas luces no le había hablado de su encumbramiento. Pero en vez de decir nada más, se volvió para hacer un respetuoso asentimiento en dirección a la nave de Navani.

—Es una creación extraordinaria —dijo Lirin—. ¿Con qué velocidad podría llevar un hospital móvil atendido por cirujanos a un campo de batalla? Las vidas que podrían salvarse de esa forma…

—Una aplicación ingeniosa —respondió Dalinar—. Aunque ahora ese trabajo suele recaer en los Danzantes del Filo.

—Oh. Claro. —Lirin se ajustó los anteojos y por fin pareció encontrar un poco de respeto por Dalinar—. Te agradezco lo que estás haciendo, brillante señor Kholin, pero ¿sabes cuánto tiempo pasará mi gente atrapada en este vehículo?

—Serán varias semanas de vuelo hasta que lleguemos a las Llanuras Quebradas —respondió Dalinar—. Pero repartiremos suministros, mantas y otras comodidades durante el trayecto. Desempeñaréis un cometido importante al ayudarnos a aprender cómo equipar mejor estos transportes. Y además, estamos arrebatando al enemigo un centro de población importante y una comunidad granjera.

Lirin asintió, pensativo.

—¿Por qué no vas a inspeccionar los alojamientos? —propuso Dalinar—. Las bodegas no son muy lujosas, pero hay espacio suficiente para centenares de personas.

Lirin aceptó la indicación de retirarse, pero de nuevo no se inclinó ni ofreció muestra alguna de respeto antes de marcharse con paso firme.

Kaladin se quedó donde estaba.

—Mis disculpas por mi padre, señor. No le sientan bien las sorpresas.

—No pasa nada —dijo Dalinar—. No puedo ni imaginarme por lo que ha pasado esta gente en los últimos tiempos.

—Quizá aún no haya terminado del todo, señor. Me han descubierto mientras exploraba antes. Un Fusionado, de una variedad que no había visto antes, ha venido a Piedralar buscándome. Lo he ahuyentado, pero no me cabe duda de que pronto encontraremos más resistencia.

Dalinar trató de mantenerse estoico, pero Navani percibió su decepción en la curva descendente de sus labios.

—Muy bien —dijo—. Había esperado que la niebla nos ocultara, pero está claro que habría sido demasiada casualidad. Ve a informar a los demás Corredores del Viento y yo avisaré a los Danzantes del Filo para que aceleren la evacuación.

Kaladin asintió.

—Voy escaso de luz tormentosa, señor.

Navani sacó su cuaderno del bolsillo mientras Dalinar alzaba la mano y la apretaba contra el pecho de Kaladin. Hubo una tenue… distorsión del aire que los rodeaba y, por un momento, le pareció entrever Shadesmar. Otro reino de la existencia, lleno de cuentas de cristal y llamas de vela que flotaban donde deberían estar las almas de la gente. Le pareció que, por un instante fugaz, oía un tono en la lejanía. Una nota pura que vibraba a través de ella.

Desapareció al instante, pero ella apuntó sus impresiones de todos modos. Los poderes de Dalinar estaban relacionados con la composición de la luz tormentosa, con los tres reinos y, en el fondo, con la naturaleza misma de la deidad. Allí había secretos que desentrañar.

Al renovarse la luz tormentosa de Kaladin, emanaron volutas de su piel, visibles incluso a plena luz del día. Las esferas que Kaladin llevaba en los bolsillos estarían renovadas también. De algún modo, Dalinar extendía su alcance entre reinos para tocar la mismísima energía del Todopoderoso, una capacidad que antes había estado reservada solo a las tormentas y las cosas que vivían en ellas.

Con aspecto reavivado, el joven Corredor del Viento cruzó la cubierta. Se arrodilló y apoyó la mano en el sector rectangular de madera que destacaba del resto por no estar recién aserrado, sino combado y con marcas de flechazos. El antiguo puente de Kaladin estaba incrustado y nivelado con el resto de la cubierta. Todos los Corredores del Viento que habían pertenecido al Puente Cuatro llevaban a cabo el mismo ritual silencioso siempre que abandonaban la nave aérea. Duró solo un momento y luego Kaladin se lanzó al aire.

Navani terminó de tomar notas y disimuló una sonrisa al descubrir a Dalinar leyendo por encima de su hombro. Seguía siendo una experiencia decididamente rara, por mucho que ella intentara animarlo.

—Ya dejo que Jasnah apunte las cosas que hago —dijo Dalinar—. Y aun así, cada vez sigues sacando ese cuaderno. ¿Qué es lo que estás buscando, gema corazón?

—Todavía no estoy segura —respondió ella—. Hay algo extraño en la naturaleza de Urithiru y creo que los Forjadores de Vínculos podrían estar relacionados con la torre, o eso se deduce de lo que hemos leído sobre los Radiantes de antaño.

Pasó a otra página y le enseñó algunos esquemas que había dibujado. La ciudad-torre de Urithiru tenía una gigantesca construcción de gemas en su núcleo, una columna de cristal, un fabrial muy distinto de cualquiera que hubiese visto jamás Navani. Cada vez estaba más convencida de que ese pilar había proporcionado energía a la torre entera, igual que aquel barco volador se movía gracias a las gemas que sus ingenieros habían engarzado dentro del casco. Pero la torre estaba estropeada y apenas funcionaba.

—Ya probé a infundir esa columna —dijo Dalinar—. No funcionó.

Dalinar podía infundir luz tormentosa en las esferas normales y corrientes, pero las gemas de la torre se le habían resistido.

—Seguro que estamos enfocando mal el problema —dijo ella—. No puedo evitar pensar que, si supiera más sobre la luz tormentosa, la solución sería sencilla.

Sacudió la cabeza. El Cuarto Puente era un logro extraordinario, pero Navani temía estar fracasando en una tarea más importante. Urithiru estaba en lo alto de las montañas, donde hacía demasiado frío para cultivar plantas, y aun así la torre tenía numerosos campos. La gente no solo había sobrevivido en aquel entorno hostil, sino que había medrado.

¿Cómo? Navani sabía que la torre había estado ocupada por un poderoso spren llamado el Hermano. Un spren al nivel de la Vigilante Nocturna o el Padre Tormenta, capaz de crear un Forjador de Vínculos. Tenía que dar por sentado que ese spren, o quizá alguna característica de su relación con un ser humano, había permitido que la torre funcionara. Por desgracia, el Hermano había muerto durante la Traición. Navani no estaba segura de en qué medida estaba «muerto». ¿El Hermano estaba muerto como las almas de las hojas esquirladas, que seguían vagando por ahí? Algunos spren con los que se había entrevistado decían que el Hermano «dormitaba», pero hablaban de ello como si fuese algo definitivo.

Las respuestas no eran claras y eso dejaba a Navani en aprietos, intentando comprender. Estudiaba a Dalinar y su vínculo con el Padre Tormenta, confiando en que hacerlo le proporcionaría alguna otra pista.

—Así que los alezi de verdad han aprendido a volar —dijo una voz con acento desde detrás de ellos—. Debería haberme creído las historias. Solo los vuestros son tan tercos como para intimidar a la misma naturaleza.

Navani se sobresaltó, pero su reacción llegó más lenta que la de Dalinar, que dio la vuelta con la mano en el puño de su espada y se situó de inmediato entre ella y la voz desconocida. Navani tuvo que asomarse a un lado para ver quién había hablado.

Era un hombre bajito, con un diente de menos, la nariz plana y la expresión jovial. Su capa raída y sus pantalones harapientos lo señalaban como refugiado. Estaba al lado del puesto de ingeniería de Navani, de donde había cogido el mapa que cartografiaba el rumbo del Cuarto Puente.

Velat, de pie en el centro de las mesas, aulló al verlo y se apresuró a arrebatar el papel al hombre.

—Los refugiados deben congregarse en las cubiertas inferiores —dijo Navani, señalando hacia la escalera.

—Me alegro por ellos —dijo el herdaziano—. Vuestro chico volador dice que aquí tenéis un sitio para mí. No sé lo que opino de servir a un alezi, la verdad. Llevo toda la vida intentando no acercarme a ninguno. —Miró a Dalinar—. A ti al que menos, Espina Negra. Sin ánimo de ofender.

«Ah», pensó Navani. Ya había oído que el Visón no era lo que la gente esperaba. Ajustó su valoración y luego miró hacia los miembros de la Guardia de Cobalto que, con retraso, habían echado a correr hacia ellos desde los lados de la nave. Parecían disgustados, pero Navani los detuvo con un gesto. Más tarde ya haría preguntas afiladas sobre cómo habían podido relajarse tanto como para permitir que ese hombre subiera inadvertido hasta el puesto de mando.

—Encuentro sabios a quienes decidieron evitar a la persona que fui una vez —dijo Dalinar al Visón—. Pero esta es una nueva era, con nuevos enemigos. Nuestras rencillas pasadas ya no tienen la menor importancia.

—¿Rencillas? —preguntó el hombre—. Conque así lo llamáis los alezi. Claro, claro. Verás, no domino del todo tu idioma. Hasta ahora me equivocaba al referirme a vuestros actos como «violar y quemar a mi pueblo».

Se sacó algo del bolsillo. Otro de los mapas de Velat. Miró hacia atrás para asegurarse de que la cartógrafa no miraba, lo desenrolló y ladeó la cabeza mientras lo inspeccionaba.

—Lo que queda de mi ejército está aislado en cuatro hondonadas distintas entre aquí y Herdaz —dijo—. Solo me quedan unos centenares de hombres. Usa tu máquina voladora para rescatarlos y luego hablaremos. El ansia de sangre alezi me ha costado muchos seres queridos con los años, pero sería idiota si no reconociera el valor que tiene poder apuntarla, como la proverbial punta de espada, hacia otra gente.

—Así se hará —prometió Dalinar.

A ella no le pasó desapercibido que Dalinar, aunque antes hubiera dicho que el Cuarto Puente era «el barco de Navani», estaba aceptando utilizarlo a petición del Visón sin consultarla siquiera. Navani procuraba no molestarse por cosas como esa. No era que su marido no la respetara: había demostrado en numerosas ocasiones que sí. Lo que ocurría era sencillamente que Dalinar Kholin estaba acostumbrado a ser la persona más importante —y casi siempre la más capaz— de las que lo rodeaban. Eso llevaría a cualquiera a embestir hacia delante, como una muralla de tormenta en pleno avance, tomando las decisiones necesarias sobre la marcha.

Aun así, la irritaba más de lo que jamás reconocería en voz alta.

Empezaron empezaron a llegar los primeros refugiados reales a la bodega inferior, dirigidos con delicadeza por los Danzantes del Filo. Navani se centró en el problema que tenían delante: asegurarse de que todas esas personas estuvieran instaladas y cómodas de la manera más económica y ordenada posible. Había trazado un plan. Sin embargo, la bienvenida se interrumpió cuando Lyn, una Corredora del Viento con el pelo largo y oscuro, aterrizó de golpe en la cubierta.

—Vienen Fusionados, señor —informó a Dalinar—. Tres escuadrones al completo.

—Kaladin tenía razón, entonces —dijo él—. Con un poco de suerte, podremos alejarlos. Que las tormentas nos asistan si deciden acosar la nave a lo largo de todo el trayecto a las Llanuras Quebradas.

Ese era el temor más grave de Navani, que unos enemigos voladores pudieran atacar el transporte e incluso inhabilitarlo. Había establecido medidas al respecto, y por lo visto iba a poder presenciar su prueba inicial en persona.

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Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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