Proyecto Secreto #1: Capítulos 1 al 5

AVISO: este artículo contiene spoilers del Proyecto Secreto Número Uno que Brandon publicará en enero de 2023 a través de su Kickstarter. Si quieres mantener el misterio hasta entonces, ¡cierra este artículo!

Pero si quieres leer una historia de un Brandon como hacía tiempo que no leíamos… ¡sigue adelante!

Hoy, a las 18:00h MST, Brandon hará el primer directo de cuatro para compartir parte del arte con el que están trabajando para las nuevas novelas del Kickstarter «Un año de Brandon», que incluye los libros que ahora mismo conocemos como Proyecto Secreto Uno (aunque de este ya sabemos el título oficial), Proyecto Secreto Dos, Proyecto Secreto Tres y Proyecto Secreto Cuatro.

Si por un casual no sabéis de lo que estamos hablando, os animamos a leer el artículo en el que Brandon confiesa y ver nuestro último vídeo de noticias.

Y sin más, os animamos a leer los nuevos capítulos de este prometedor libro, traducidos como siempre por Manu Viciano, que vaya tute se ha pegado con estas casi 40 páginas acompañadas, por primera vez, de una nota de su puño y letra.

Mecha del mar esmeralda: capítulos 1 a 5. traducción de manu viciano

publicado originalmente por brandon en su web, EL 3 de marzo DE 2022

(Nota del traductor.)

Lo que estáis a punto de leer es la traducción preliminar de la versión preliminar de los cinco primeros capítulos de un libro inédito de Brandon Sanderson, cuyo título he traducido de momento como Mecha del mar Esmeralda. Lo señalo porque, además de que el texto definitivo aún puede cambiar bastante en su versión original, yo tampoco he leído más que estos primeros cinco capítulos del libro, así que no sé si los términos que he acuñado aquí se quedarán igual cuando sepa más sobre el mundo en el que transcurre la historia. También es posible que el tono de la narración, con la voz de un personaje que no tardaréis en descubrir, cambie un poco en la versión definitiva cuando le pille el truco, revise a fondo estos capítulos y pueda dedicar tiempo a pulir los juegos de palabras. Dicho todo eso, espero que los disfrutéis mucho.

1: La chica

En pleno océano había una chica que vivía sobre una roca.

El océano no era como el que te has imaginado.

La roca tampoco era como la que te has imaginado.

La chica, en cambio, tal vez sí sea como la que te has imaginado, siempre que la hayas imaginado reflexiva, de hablar suave y demasiado aficionada a coleccionar tazas y vasos.

Los hombres solían describirla diciendo que tenía el pelo del color del trigo. Otros afirmaban que era del color de la linaza, o a veces del de la miel. La chica se preguntaba por qué los hombres acostumbraban tanto a emplear símiles con la comida para describir los rasgos femeninos. En esos hombres parecía haber un apetito que era mejor evitar.

A juicio de ella, «castaño claro» era una descripción bastante acertada, aunque el rasgo más interesante de su cabello no era la tonalidad, sino su rebeldía. Cada mañana la chica lo domaba heroicamente con cepillo y peine antes de amordazarlo con una cinta y una apretada trenza. Y sin embargo, algunos mechones siempre se las ingeniaban para escapar y ondeaban libres al viento, saludando emocionados a la gente con quien se cruzaba.

La chica había recibido el desafortunado nombre de Glorf al nacer —antes de que digas nada, era un nombre tradicional en su familia—, pero aquel cabello tan salvaje le había ganado que todo el mundo la conociera como Mecha. Y en opinión de Mecha, ese mote era lo más interesante de ella.

A Mecha la habían criado para inculcarle un cierto pragmatismo intrínseco. Tal actitud es un defecto muy común entre quienes viven en islas ariscas y yermas de las que nunca pueden marcharse. Cuando siempre te da los buenos días el mismo paisaje de piedra negra, es irremediable que influya en tu perspectiva vital.

La forma de la isla tenía cierto parecido al dedo encorvado de un viejo, asomando del océano para señalar hacia el horizonte. Era toda ella de estéril y negra piedrasal, lo bastante grande para albergar un pueblo de buen tamaño y la mansión de un duque. Aunque los lugareños llamaban «la roca» a su isla, en los mapas figuraba como Punta de Diggen. Ya nadie recordaba quién había sido Diggen, pero seguro que espabilado debía de ser, pues había abandonado la roca al poco tiempo de ponerle nombre y no había regresado jamás.

Por las tardes, Mecha se sentaba en su porche y tomaba una infusión salada en alguna de sus tazas favoritas, mientras contemplaba el color verde oscuro del océano. Cuando se ponía el sol, Mecha pensaba en la gente que visitaba la roca en barco.

Y sí, acabo de afirmar que el océano era verde. Además, no mojaba. Todo llegará.

Como te decía, los habitantes de la roca no tenían permitido marcharse. Algún rey de alguna parte se había adjudicado la isla, que consideraba crucial por motivos relacionados con categóricas expresiones militares como «reabastecimiento estratégico», «fondeadero amistoso» y «posible casa de vacaciones».

Tampoco era que nadie en su sano juicio pudiera considerar la roca como un destino turístico. La piedrasal negra se deshacía y se metía por todas partes. También imposibilitaba casi todo tipo de agricultura y terminaba echando a perder la tierra de cultivo que traían al pueblo de fuera de la isla. La única comida que producía la isla procedía de las cubas de compostaje.

Aunque en la roca había varios pozos de buen tamaño que extraían agua de un profundo acuífero (con la que se abastecía a los barcos que la visitaban), la maquinaria que operaba las salinas eructaba un flujo constante de humo negro al aire.

Resumiendo, la atmósfera era lúgubre, el terreno miserable y las vistas deprimentes. Ah, y creo que no he mencionado aún las esporas mortíferas, ¿verdad?

Punta de Diggen estaba situada cerca del lunacuerdo Glauco. Los lunacuerdos, por cierto, eran los lugares donde una de las doce lunas del planeta de Mecha permanecían en unas órbitas geosíncronas opresivamente bajas. En otras palabras, no se movían nunca. Una de esas doce siempre era visible, estuvieras donde estuvieses, tan grande como para llenar la tercera parte del cielo. Dominando la visión, como si te hubiera salido una verruga en el globo ocular.

Los habitantes del planeta rezaban a las doce lunas como a dioses, lo cual estaremos de acuerdo en que es mucho más ridículo que lo que sea que adoréis aquí. Sin embargo, no es difícil suponer cómo tuvo que empezar esa superstición, teniendo en cuenta las esporas que dejaban caer las lunas sobre el planeta.

Se filtraban desde el lunacuerdo, visible desde la isla a unos noventa o cien kilómetros. No era nada recomendable acercarse más que eso al lunacuerdo, una enorme y resplandeciente lluvia de coloridas motas, brillantes y peligrosísimas. Las esporas llenaban los océanos del mundo, creando extensos mares que no eran de agua, sino de polvo alienígena. Los barcos navegaban surcando ese polvo igual que lo hacen aquí en el agua, lo cual no debería resultarte tan extraordinario. Al fin y al cabo, ¿cuántos otros planetas has visitado? Es posible que en todos ellos se navegue sobre océanos de polen y el raro sea el tuyo.

Las esporas solo eran peligrosas si se mojaban. Lo cual suponía un problema bastante grave, considerando la cantidad de cosas mojadas que salen del cuerpo humano incluso estando sano. La más ínfima cantidad de agua provocaba que las esporas brotaran de golpe, y el resultado variaba entre lo incómodo y lo letal. Si inhalabas esporas glaucas, por ejemplo, la saliva hacía que te crecieran enredaderas desde la boca o, en los casos más interesantes, que se te metieran en los senos nasales y te salieran por los ojos.

Había dos cosas que dejaban inertes las esporas: la sal y la plata. Es por eso que a los lugareños no les importaba demasiado que el agua o la comida siempre estuvieran muy salados. Significaba que eran seguras, y enseñaban a los niños la importante norma de que «sal y plata paran lo que mata». Una pequeña rima bastante aceptable, si eres de esos bárbaros a quienes les trae sin cuidado la métrica.

En todo caso, entre las esporas, el humo y la sal, quizá resulte más fácil de entender que el rey hubiera promulgado una ley que prohibía a los habitantes de la roca salir de ella. Era un lugar tan inhóspito que hasta la capa gris de humo lo encontraba deprimente. Los barcos visitaban la isla de vez en cuando para hacer reparaciones, dejar restos para las cubas de compostaje y recargar agua. Pero todos ellos obedecían sin excepción el decreto real: no se podía sacar a nadie de Punta de Diggen. Nunca.

Y así, Mecha se sentaba en los peldaños del porche por las tardes, viendo los barcos navegar hacia el horizonte. Del lunacuerdo caía una columna de esporas y el sol asomaba desde detrás de la luna en su lento descenso hacia la penumbra. Mecha daba sorbitos a su infusión salada en una taza con caballos pintados y se decía: «Esto es bonito, en realidad. Me gusta estar aquí. Creo que estará bien quedarme toda la vida».

2: El jardinero

Quizá te haya extrañado oír esas últimas palabras. ¿Mecha quería quedarse en la roca? ¿Le gustaba vivir allí?

¿Dónde estaba su ansia de aventura? ¿Su deseo de ver mundo, su espíritu viajero?

Bueno, esta no es la parte de la historia en la que se hacen preguntas, así que hazme el favor de reservártelas. Dicho eso, debería aclarar que este es un relato sobre personas que son tanto lo que parecen como no lo que parecen. Al mismo tiempo. Es una historia de contradicciones. O en otras palabras, es una historia sobre seres humanos.

En el caso que nos ocupa, Mecha no era la típica heroína, en el sentido de que en realidad era una chica bastante típica. De hecho, se consideraba aburrida sin paliativos. Le gustaba tomar la infusión tibia. Se iba a la cama a su hora. Quería a sus padres, reñía de vez en cuando con su hermano pequeño y no ensuciaba. Se le daba bien la costura y tenía talento para la panadería, pero tampoco ninguna otra habilidad notable.

No aprendía esgrima en secreto. No sabía hablar con los animales. No tenía a reyes ni deidades como antepasados, aunque su bisabuela Glorf una vez había saludado al rey de lejos. Había sido desde encima de la roca mientras él pasaba en barco a millas de distancia, así que en opinión de Mecha no contaba.

En breve, Mecha era solo una chica normal. Lo sabía porque las otras chicas estaban siempre hablando de que ellas no eran como «los demás», y al cabo de un tiempo Mecha dedujo que el grupo de «los demás» debía de incluirla solo a ella. Era evidente que las otras chicas tenían razón, ya que todas sabían cómo ser únicas. Se les daba tan bien, de hecho, que lo hacían juntas.

En vez de ser popular o única, Mecha era pragmática. Era más reflexiva que la mayoría del resto, pero no le gustaba imponerse pidiendo lo que quería. Se quedaba callada cuando las otras chicas se reían de ella o hacían chistes a su costa. Con lo bien que parecían pasarlo, ¿para qué? Sería de mala educación estropeárselo, y presuntuoso por su parte pedirles que pararan.

Así que Mecha escuchaba. Y a veces los jóvenes más bulliciosos hablaban de aventuras en lejanos océanos. A Mecha le daba miedo la idea. ¿Cómo iba a dejar a sus padres y a su hermano? Además, la colección de tazas ya llevaba la aventura hasta ella.

Mecha adoraba sus tazas. Cuando llegó a la adolescencia, empezó a coleccionarlas, procedentes de los doce océanos, de tierras distantes donde se decía que las esporas eran carmesíes, azul celeste o incluso doradas. Tenía finas tazas de porcelana esmaltada, vasos de arcilla con el tacto áspero a los dedos y hasta jarras de madera que parecían desgastadas por el uso. Le encantaban todas sus piezas de colección por cómo le traían a casa el mundo entero. Siempre que daba un sorbo de una taza, imaginaba estar degustando las comidas y las bebidas de tierras lejanas. Y al hacerlo, creía comprender a quienes las habían creado.

Algunos marineros de los que solían atracar en Punta de Diggen sabían de su afición y a veces le llevaban tazas. Casi siempre estaban maltrechas y usadas, pero a Mecha le daba igual. Las tazas con muescas o abolladuras tenían su historia, y Mecha disfrutaba horrores imaginándose esas historias. A cambio de los regalos, Mecha llevaba pasteles a los marineros, horneados a partir de ingredientes que compraba con la miseria que ganaba limpiando ventanas.

Y cada vez que Mecha recibía una pieza nueva, se la llevaba a Charlie para enseñársela.

Charlie afirmaba ser el jardinero de la mansión del duque, allá en lo alto de la roca, pero Mecha sabía que en realidad era su hijo. No hacía falta ser pragmática ni reflexiva para darse cuenta. Charlie tenía las manos suaves como un niño, sin un solo callo, y comía mejor que nadie en el pueblo. Siempre llevaba el pelo bien cortado y, aunque se quitaba el anillo con el sello cuando la veía acercarse, le quedaba en la piel una marca un poco más clara que delataba que solía llevarlo. Y eso, en el dedo de los nobles.

Además, Mecha no tenía muy claro de qué jardín debía ocuparse Charlie en teoría. A fin de cuentas, la mansión estaba en la roca. En una ocasión habían plantado un árbol en el terreno, pero el pobre había optado por la opción más razonable y se había muerto. Sí que había unas pocas plantas en macetas, sin embargo, que permitían a Charlie fingir.

El viento arremolinó unas motas grises alrededor de los pies de Mecha mientras subía por el camino hacia la mansión. Las grises estaban muertas, porque hasta el aire de la roca era lo bastante salado como para matar esporas, pero aun así Mecha contuvo el aliento y apretó el paso. Giró a la izquierda en la encrucijada —por la derecha se iba a las minas— y dobló un recodo tras otro hasta el saliente.

Allí estaba la mansión, achaparrada como una recia rana en su lirio. Mecha no sabía por qué los duques preferían vivir allí arriba. Estaban más cerca de la capa de humo gris, así que tal vez les gustara tener una compañía con su mismo talante. Llegar hasta arriba del todo costaba esfuerzo, pero, teniendo en cuenta cómo le sentaba la ropa a la familia ducal, tal vez habían pensado que les vendría bien el ejercicio.

Había cinco soldados encargados de vigilar la finca, aunque en ese momento solo estaban de servicio Snagu y Plomo. Se les daba de maravilla su trabajo. Al fin y al cabo, hacía siglos y siglos que no moría nadie de la familia ducal por los numerosos peligros que acosaban a la nobleza en la roca, entre ellos el aburrimiento, las patadas involuntarias que hacen daño en los dedos de los pies y atragantarse devorando tarta.

Mecha había llevado pastelitos a los soldados, por supuesto. Mientras se los comían, se planteó si enseñar a los dos hombres su copa nueva. Estaba hecha toda de estaño y tenía letras grabadas en un idioma que se escribía de arriba abajo, no de izquierda a derecha. Pero mejor no, tampoco quería molestarlos.

La dejaron pasar, aunque no era el día que le tocaba limpiar las ventanas de la mansión. Encontró a Charlie en la parte de atrás, entrenando con su espada de prácticas. Cuando el chico vio a Mecha, la guardó y se quitó a toda prisa el anillo.

—¡Mecha! —exclamó—. Pensaba que no ibas a venir hoy.

Con sus diecisiete años recién cumplidos, Charlie era solo dos meses mayor que ella. Tenía una gran variedad de sonrisas, y Mecha había aprendido a identificarlas todas. Por ejemplo, la dentuda que estaba dedicándole en esos momentos significaba que de verdad se alegraba de tener una excusa para dejar la práctica de esgrima. No le gustaba tanto como su padre opinaba que debería.

—¿Esgrima, Charlie? —preguntó—. ¿A eso se dedica un jardinero?

Charlie recogió el fino florete.

—¿Lo dices por esto? Qué va, es una herramienta de jardinería.

Dio un tajo desganado a una planta de las macetas del patio. La planta aún no estaba muerta del todo, pero la hoja que le arrancó Charlie desde luego no iba a mejorarle la perspectiva.

—Jardinería —dijo Mecha—. Con espada.

—Es como lo hacen en la isla real —respondió Charlie. Descargó otro tajo—. Allí siempre hay guerra, ¿sabes? Hasta los jardineros tienen que ir por ahí armados, por protección. Así que, si lo piensas, es normal que aprendan a podar a espada. No querrán que los ataquen estando indefensos.

Charlie no era muy buen mentiroso, pero esa característica formaba parte de lo que a Mecha le gustaba de él. Charlie era auténtico. Hasta cuando mentía, sonaba genuino. Y teniendo en cuenta lo mal que lo hacía, tampoco era que se le pudieran tener en cuenta los embustes. Eran tan ostensibles que valían más que las verdades de muchos.

Dio otro tajo en la dirección general de la planta y luego miró a Mecha arqueando una ceja. Ella negó con la cabeza, así que él le puso su sonrisa de «me has pillado pero no puedo reconocerlo» y clavó la espada en la tierra de la maceta antes de dejarse caer contra la valla baja del jardín.

No era nada propio del hijo de un duque dejarse caer así. Podría inferirse de ello que Charlie quizá fuese un joven de extraordinarios talentos.

Mecha se sentó a su lado, con la cesta en el regazo.

—¿Qué me has traído? —preguntó él.

Mecha sacó una pequeña empanada de carne.

—Es de palomo y zanahoria —dijo—, con una salsa de tomillo.

—Noble combinación —respondió él.

—Creo que el hijo del duque, si estuviera aquí, te lo rebatiría.

—Al hijo del duque solo le dejan comer platos que tengan algún simbolito extranjero raro encima de las letras —dijo Charlie—. Y tampoco puede dejar de entrenar para comer. Así que menos mal que no soy él.

Charlie dio un mordisco. Mecha observó sus rasgos. Y ahí estaba, la sonrisa de deleite. Mecha había estado pensando un día entero en qué podría preparar con los ingredientes que había encontrado de oferta en el mercado del puerto.

—¿Y qué más has traído? —preguntó él.

—Charlie el jardinero —dijo ella—, ¿acabas de recibir una empanada gratis y aún tienes el morro de suponer que habrá algo más?

—¿Suponer? —farfulló Charlie con la boca llena. Metió la mano libre en la cesta de Mecha—. Sé que hay más. Venga, sácalo.

Mecha sonrió. Si estuviera con casi cualquier otra persona, se resistiría a enseñársela por no molestar, pero Charlie era distinto. Sacó la copa de estaño.

—Aaah —dijo Charlie, y entonces dejó la empanada a un lado y tomó la copa entre las dos manos con gesto reverente—. Esto sí que es especial.

—¿Sabes alguna cosa sobre la escritura? —preguntó ella, impaciente.

—Es iriali antiguo —explicó él—. Los iriali desaparecieron, ¿sabes? Un pueblo entero: ¡puf! Un buen día se marcharon y dejaron la isla deshabitada. Eso fue hace trescientos años, así que no queda nadie vivo que los conociera en persona, pero dicen que tenían el pelo dorado. Como el tuyo, del color de la luz del sol.

—Mi pelo no tiene el color de la luz del sol, Charlie.

—Sí que lo tiene, si la luz del sol fuese de color castaño claro —replicó Charlie. Podría decirse que tenía mano para las palabras. En el sentido de que acostumbraba a despedirlas una tras otra—. Seguro que esa copa tiene toda una historia. La fraguaron para un noble iriali el día antes de que a él y a su pueblo se los llevaran los dioses. La copa se quedó en una mesa hasta que la recogió la pobre pescadora que fue la primera en llegar a la isla y descubrir el horror de todo un pueblo desaparecido. Dejó la copa en herencia a su nieto, que luego se hizo pirata, corremuertos incluso. Más tarde él enterró su tesoro de dudoso origen bajo las esporas y ahora ha reaparecido, tras pasar eones en la oscuridad, y ha llegado a tus manos.

Sostuvo la copa en alto para que le diera la luz.

Mecha limpiaba las ventanas de la mansión y había oído a los padres de Charlie regañarlo. Le reprochaban que hablara tanto, cosa que consideraban de tontos y nada propia de alguien en su posición. Rara vez le dejaban terminar lo que quería decir.

Y aunque era cierto que de vez en cuando divagaba, Mecha había llegado a comprender que tenía un motivo para hacerlo. Era porque a Charlie le gustaban las historias igual que a ella las tazas y las copas.

—Gracias, Charlie —susurró.

—¿Por qué?

—Por concederme lo que quiero.

Él ya sabía a qué se refería. No eran tazas ni historias.

—Siempre —dijo él, poniéndole la mano sobre la suya—. Siempre tendrás lo que quieres, Mecha. Y siempre puedes decirme lo que es. Sé que no sueles hacerlo con los demás.

Llegó un grito desde muy dentro de la mansión. Era el padre de Charlie, quejándose de algo. Que Mecha supiera, dar voces era el único trabajo que tenía el duque en la isla, y se lo tomaba muy en serio.

Charlie miró hacia los sonidos y se tensó mientras su sonrisa, por desgracia, se desvanecía. Pero cuando los gritos no se aproximaron, miró de nuevo la copa. El momento había pasado, pero otro ocupó su lugar, como suelen hacer. No era tan íntimo, pero sí valioso de todos modos, porque era tiempo que Mecha pasaba con él.

—Me gusta que escuches —dijo Charlie en voz baja—. Gracias, Mecha.

—Y a mí me gustan tus historias —repuso ella, cogiendo la copa y dándole la vuelta—. ¿Crees que algo de esta última es verdad?

—Podría ser —dijo Charlie—. Es lo bueno que tienen las historias. Pero ¿ves esto, lo que pone aquí? Dice que una vez perteneció a un rey. Su nombre está escrito y todo.

—Y este idioma lo aprendiste en…

—… en la escuela de jardinería —dijo él—. Por si teníamos que leer las advertencias en el envoltorio de ciertas plantas peligrosas.

—Y claro, llevas jubón y calzas de señor…

—… porque así soy un señuelo excelente, si vienen asesinos para matar al hijo del duque.

—Como ya me habías contado. Pero entonces, ¿por qué te quitas el anillo?

—Eh… —Charlie bajó la mirada a la mano y luego la devolvió a los ojos de Mecha—. Bueno, porque no quiero que me confundas con otra persona. Con alguien que no quiero tener que ser.

Sonrió entonces: su sonrisa tímida. Su sonrisa de «Por favor, sígueme la corriente, Mecha». Porque el hijo de un duque no podía confraternizar a la vista de todos con la chica que limpiaba las ventanas. En cambio, ¿un noble haciéndose pasar por plebeyo? ¿Fingiendo ser de clase baja para visitar a la gente de su reino y saber de ellos? Eso era justo lo que se esperaba. Sucedía en tantos relatos que ya estaba casi instituido.

—Tiene todo el sentido del mundo —dijo ella.

—Y ahora, cuéntame qué tal el día. —Charlie dio otro mordisco a la empanada—. Quiero saberlo todo.

—He ido al mercado a buscar ingredientes —le explicó Mecha, metiéndose un bucle perdido de pelo detrás de la oreja—. Me he llevado medio kilo de pescado que Poloni creía que estaba poniéndose malo, pero en realidad era el pescado del otro tonel. Así que ha sido una ganga.

—Fascinante —dijo él—. ¿Y te dejan caminar por ahí como si nada? ¿A nadie le da un ataque cuando te ve llegar? ¿No llaman a sus hijos para que les des la mano? Cuéntame más. Por favor, quiero saber cómo has sabido que el pescado no estaba malo.

Animada por sus preguntas, Mecha siguió relatando los cotidianos detalles de una vida aburrida. Charlie la obligaba a hacerlo siempre que iba de visita, y él, a cambio, le prestaba atención. Ese era el hecho que demostraba que su gusto por hablar no era un defecto. Charlie era igual de bueno escuchando. O por lo menos, escuchándola a ella. Porque Charlie encontraba interesante la vida de Mecha, por alguna razón inescrutable.

Mientras hablaba, Mecha sintió una calidez. Le pasaba a menudo cuando iba a la mansión, porque había tenido que subir mucho y estaba más cerca del sol, así que allí arriba había más temperatura. Por supuesto.

Solo que justo entonces era sombraluna, cuando el sol se ocultaba tras el satélite y todo refrescaba unos pocos grados. Y ese día Mecha estaba hartándose de ciertas mentiras que se contaba a sí misma. Tal vez hubiera otro motivo para aquella calidez. Estaba allí mismo, en la sonrisa de Charlie, y Mecha sabía que también debía de estar en la suya propia.

Charlie no la escuchaba solo porque la vida de los plebeyos lo tuviera fascinado.

Ella no iba a verlo solo porque quisiera oír las historias que contaba.

De hecho, en el fondo del fondo, aquello no tenía nada que ver con las tazas ni con las historias. Tenía que ver con los guantes.

3: El duque

Mecha se había fijado en que un buen par de guantes le facilitaba mucho el trabajo diario. Se refería a guantes de buena calidad, ojo, los que estaban hechos de un cuero blando que se iba amoldando a las manos a medida que se usaban. Los guantes que, si se engrasaban bien y no se dejaban al sol, nunca se ponían rígidos. Los guantes tan cómodos que, al ir a lavarte las manos, te extrañabas de llevarlos puestos aún.

El par perfecto de guantes no tenía precio. Y Charlie era como un buen par de guantes. Cuanto más estaba Mecha con el, mejor sensación le daba el tiempo que pasaban juntos. Hasta las sombralunas le parecían más luminosas, y sus propias cargas, más livianas. A Mecha le gustaban de verdad las tazas interesantes, pero en parte se debía a que le daban una excusa para ir a visitarlo.

Lo que estaba creciendo entre ellos le daba una sensación tan ideal, tan maravillosa, que Mecha tenía miedo de llamarlo amor. Por lo que decían los otros jóvenes, el «amor» era peligroso. Ese amor que tenían los demás parecía basarse en los celos y la inseguridad. En apasionadas competiciones de gritos y en unas reconciliaciones más apasionadas si cabe. No recordaba tanto a un buen par de guantes como a un ascua ardiente que te quemaba las manos.

El amor siempre había asustado a Mecha. Pero cuando Charlie volvió a poner la mano sobre la de ella, notó ese calor. El fuego que temía desde siempre. Resultó que el ascua sí que estaba ahí, solo que contenida, como en una buena estufa.

Mecha quiso saltar a su calor, renunciando a toda lógica.

Charlie se quedó muy quieto, con la mano en la de Mecha. Se habían tocado muchas veces antes, claro, pero aquello era distinto. Aquel momento. Aquel sueño. Charlie se sonrojó, pero dejó la mano allí un momento más. Luego la retiró y se la pasó por el pelo, sonriendo con timidez. Por supuesto, al tratarse de él, el gesto no estropeó el momento, sino que lo volvió incluso más dulce.

Mecha buscó la frase perfecta que decir. Había varias que sacarían jugo al momento. Podría haberle dicho: «Charlie, ¿me sujetas esto mientras doy un paseo por la finca?» y volver a ofrecerle la mano.

Podría haberle dicho: «Socorro, no puedo respirar. Mirarte me ha dejado sin aliento».

Hasta podría haberle dicho algo totalmente demencial, como «Me gustas».

Pero lo que dijo fue:

—Uuuf. Qué calientes son las manos.

Y lo remató con una carcajada a mitad de la cual se atragantó, imitando por puro azar el bramido de un elefante marino.

Podría decirse que Mecha tenía mano para las palabras. En el sentido de que acostumbraban a írsele de ellas.

Charlie respondió con una sonrisa. Una sonrisa maravillosa, más y más confiada a medida que perduraba. Era una que Mecha no había visto nunca. Y decía: «Te quiero, Mecha, pese a lo del elefante marino».

Ella también le sonrió. Entonces, por detrás de Charlie, vio al duque en la ventana. Alto y envarado, vestía con ropa de estilo militar que parecía clavada al cuerpo por las medallas que llevaba en el pecho.

Y el duque, desde luego, no sonreía.

De hecho, ella solamente lo había visto sonreír una vez, durante el castigo al viejo Lotari, que había intentado en vano escabullirse de la isla como polizón en un barco mercante. Al parecer esa era la única sonrisa del duque; quizá Charlie se había quedado con toda la asignación familiar. Sin embargo, aunque el duque tuviera solo una sonrisa, de algún modo lo compensaba enseñando demasiados dientes.

El duque se retiró a las sombras del interior de la casa, pero aun así a Mecha le dio la sensación de que seguía presente, amenazador, mientras se despedía de Charlie. Al bajar los escalones, esperó oír gritos entre ellos. Pero la mansión permaneció en silencio, aunque era un silencio de mal agüero. El silencio tenso que llegaba después de ver el relámpago.

Un silencio que la persiguió camino abajo, durante todo el descenso y hasta que llegó a su casa, donde farfulló algo a sus padres sobre estar cansada. Fue a su habitación y allí esperó a que el silencio terminara. A que los soldados llamaran a la puerta exigiendo saber por qué la chica que limpiaba las ventanas había osado tocar al hijo del duque.

Cuando no pasó nada por el estilo, Mecha se atrevió a tener esperanzas de estar exagerando, de haber malinterpretado la expresión del duque. Entonces recordó aquella sonrisa tan particular y, después de eso, ya no se quitó de encima la preocupación en toda la noche.

Se levantó temprano por la mañana, bregó con su pelo para hacerse una coleta y fue con paso trabajoso al mercado para rebuscar algo que pudiera permitirse comprar entre el género del día anterior y los ingredientes a punto de estropearse. Pese a lo temprano que era, sin embargo, el mercado bullía de actividad. Los hombres barrían esporas muertas del camino y la gente se apiñaba en grupitos para parlotear.

Mecha supo al instante que había alguna noticia. Hizo acopio de valor, pensando que nada podría ser peor que la horrorosa inquietud expectante que la había acosado toda la noche.

Se equivocaba.

El duque había declarado que su familia y él iban a marcharse de la isla ese mismo día.

4: El hijo

Marcharse.

¿Marcharse de la isla?

La gente no se marchaba de la isla.

Mecha sabía que, en términos lógicos, aquello no era cierto al pie de la letra. El duque navegaba de vez en cuando para informar al rey. Además, todas aquellas medallas las había ganado matando a la gente de algún lugar lejano que era un poco distinta. Al parecer había sido todo un héroe en esas guerras, dado que gran parte de sus tropas había muerto y él sobrevivía.

En las ocasiones anteriores, el duque nunca se había llevado a su familia. Pero esa vez iban a acompañarlo. «El heredero ducal ya es mayor de edad —anunciaba la proclama—, por lo que lo ofreceremos en compromiso a las distintas princesas de los mares civilizados.»

Mecha de verdad era una joven pragmática. Ese es el motivo de que solo pensara en hacer trizas la cesta de la compra por la frustración. De que solo se planteara si sería apropiado maldecir hasta desgañitarse. De que apenas se le ocurriera subir hasta la mansión del duque para exigirle que desistiera de sus planes.

Así que en lugar de esas reacciones tan poco prácticas, siguió haciendo la compra en una neblina embotada, para que los actos repetitivos confiriesen a su vida, que se desmoronaba de repente, una sensación de normalidad. Encontró unos ajos que estaba segura de poder aprovechar, unas patatas que no se habían puesto demasiado pochas y hasta un poco de grano con los gorgojos lo bastante crecidos para poder apartarlos.

Cualquier otro día, estaría satisfecha con ese botín. Esa mañana no podía pensar en otra cosa que en Charlie.

Le parecía de una injusticia arrolladora. Apenas acababa de admitir para sus adentros lo que sentía por él, ¿y ya estaba todo poniéndose patas arriba? Sí, le habían advertido que podía esperar esa clase de dolor. El amor implicaba sufrimiento. Pero si esa era la sal de la infusión, ¿acaso no debería llevar también una cucharadita de miel? ¿Acaso no debería haber, aunque fuese un atrevimiento desearlo, un poco de pasión?

Mecha iba a ganarse todos los inconvenientes de los amoríos y ninguna de sus ventajas.

Por desgracia, su sentido práctico empezó a imponerse. Mientras los dos habían sido capaces de fingir, el mundo real no había podido acabar con ellos. Pero los días de fingimiento habían terminado.

¿Qué había creído Mecha que iba a pasar? ¿Que el duque le permitiría casarse con su hijo? ¿Qué pensaba ella que tenía que ofrecer a alguien como Charlie? Mecha no era nada comparada con una princesa. ¡La de tazas que podrían permitirse ellas!

En el mundo fingido, el matrimonio era un acto de amor. En el mundo real, era pura política. La palabra «política» traía consigo una gran cantidad de significados, pero la mayoría de ellos quedaban reducidos a: «Esto es un asunto que concierne a los nobles, y, mal que le pese a la nobleza, también a los muy ricos. No a la plebe».

Mecha terminó de comprar y empezó a subir por el camino hacia casa, donde al menos podría compadecerse con sus padres. Pero por desgracia, parecía que el duque llevaba prisa, porque vio una procesión que descendía serpenteando hacia el puerto.

Dio media vuelta, regresó y llegó poco después que el desfile, cuando ya empezaban a cargar el equipaje de la familia en la bodega de un barco mercante. Nadie tenía permitido salir de la isla, pero eso no se aplicaba a quienes eran alguien. Mecha temió no tener ocasión de hablar con Charlie. Luego temió tenerla, pero que él no quisiera.

Afortunadamente, lo vio al borde de la muchedumbre, buscando entre las caras de la gente que se congregaba. En el instante en que distinguió a Mecha, corrió hacia ella.

—¡Mecha! Oh, por las lunas. Ya desesperaba de encontrarte a tiempo.

—Eh… —¿Qué iba a decirle?

—Bella damisela —proclamó él con una reverencia—, debo despedirme de vos.

—Charlie —dijo ella en voz baja—, no intentes ser quien no eres. Te conozco.

Él hizo una mueca. Llevaba capa de viaje y hasta sombrero, y eso que aborrecía los sombreros.

—Mecha —dijo entonces con más suavidad—, me temo que te he mentido. Verás… no soy el jardinero. Soy, hum… el hijo del duque.

—Asombroso. ¿Quién habría pensado que Charlie el jardinero y Charles el heredero del duque eran la misma persona, teniendo en cuenta que tienen la misma edad, el mismo aspecto y la misma ropa?

—Hum, sí. ¿Te has enfadado?

—El enfado está haciendo cola —respondió Mecha—. Va el séptimo, entre la confusión y la fatiga.

Por detrás de Charlie, su padre y su madre embarcaron con paso firme. Sus sirvientes los siguieron con el último equipaje que faltaba por cargar. Charlie bajó la mirada a los pies.

—Parece que van a casarme. Con la princesa de alguna nación. ¿Qué opinas de eso?

—Yo… —¿Qué debería decir?—. ¿Te deseo lo mejor?

Charlie alzó la mirada y la clavó en los ojos de ella.

—Siempre, Mecha, ¿recuerdas?

Le costó mucho, pero Mecha encontró las palabras escondidas en un rincón, intentando evitarla.

—Ojalá no lo hicieras —dijo, aferrando las palabras—. Casarte. Con otra persona.

—¿Sí? —Charlie la miró de nuevo—. ¿De verdad?

—O sea, seguro que son simpáticas. Las princesas.

—Creo que se lo exige su trabajo —dijo Charlie—. En fin, ¿no has oído las cosas que hacen en los cuentos? ¿Resucitar anfibios? ¿Fijarse en que los hijos de la gente han mojado la cama? Supongo que hay que ser bastante amable para prestar esos servicios.

—Sí —repuso Mecha—. Aun así… —Respiró hondo—. Aun así, preferiría que no te casaras con ninguna.

—Entonces, no lo haré —dijo Charlie.

—No creo que tengas elección, Charlie. Tus padres quieren casarte. Es política.

—Ah, pero verás, tengo un arma secreta.

Le cogió las manos y se acercó. Por detrás, su padre fue a la proa del barco y miró hacia abajo, ceñudo. Charlie, en cambio, puso media sonrisa. Su sonrisa de «Mira lo astuto que soy». La usaba cuando no estaba siendo muy astuto.

—¿Qué… clase de arma secreta, Charlie? —preguntó.

—Puedo ser increíblemente aburrido.

—Eso no es un arma.

—Tal vez no en una guerra, Mecha —dijo él—. Pero ¿en el cortejo? Es mejor arma que el estoque más afilado. Ya sabes que hablo por los codos. Largo y tendido.

—Me gusta que hables por los codos, Charlie. Y no me importa el largo. A veces hasta me divierte el tendido.

—Tú eres un caso especial —replicó Charlie—. Eres… bueno, igual suena un poco tonto, pero… eres como un par de guantes, Mecha.

—¿Lo soy? —dijo ella, con un nudo en la garganta.

—Sí. Espera, no te ofendas. Lo digo porque, cuando estoy haciendo esgrima, llevo unos guantes que…

—Lo he entendido —susurró ella.

Desde el barco, el padre de Charle frunció el ceño otra vez y le gritó que se diera prisa. Mecha cayó en la cuenta de que, al igual que Charlie tenía distintos tipos de sonrisa, su padre tenía distintos tipos de ceño. No le hizo mucha gracia lo que insinuaba sobre ella el que estaba viendo.

Charlie se volvió hacia su padre y luego apretó las manos de Mecha y la miró de nuevo.

—Escúchame, Mecha. Te lo prometo. No voy a casarme. Iré a esos reinos y me mostraré tan insufrible y aburrido que ninguna chica me querrá.

»No soy bueno en muchas cosas. No le he dado ni un solo toque a mi padre practicando con la espada. Derramo la sopa en las cenas formales. Hablo tanto que hasta a mi lacayo, que cobra por escuchar, se le ocurren razones creativas para interrumpirme. El otro día estaba contándole la historia del pez y la ballena y fingió que tropezaba con…

El duque gritó de nuevo.

—Puedo hacerlo, Mecha —insistió Charlie—. Voy a hacerlo. En cada parada te buscaré una taza, ¿de acuerdo? Cuando haya aburrido a la princesa de turno hasta la muerte y mi padre decida que nos marchamos, te la enviaré. Como prueba. —Le apretó las manos otra vez—. Lo haré, y no solo porque me escuchas, sino porque me conoces, Mecha. Siempre has sabido ver en mí lo que otros no.

Le apretó las manos una última vez e hizo ademán de responder por fin a las voces que daba su padre. Mecha no quiso soltarle las manos. No estaba dispuesta a dejar que terminara.

Charlie la miró otra vez y le dedicó una última sonrisa. Y aunque sin duda intentaba mostrarse confiado, Mecha conocía sus sonrisas. Aquella era la dubitativa. La esperanzada pero preocupada.

—Tú también eres mis guantes, Charlie —le dijo Mecha.

Después de eso, tuvo que soltarlo y dejar que subiera al trote por la pasarela. Ya le había quitado bastante tiempo. El duque obligó a su hijo a ir bajo cubierta. El barco zarpó, deslizándose desde las esporas muertas y grises hacia el verdadero océano de esporas. El mar se sacudió y vibró a causa del aire que emanaba de las fumarolas del suelo oceánico.

Agitadas por él, las esporas se comportaban como un líquido. Las velas del barco cazaron viento y lo impulsaron hacia el horizonte, dejando atrás una estela de polvo esmeralda removido. Mecha subió hasta casa y lo observó desde el acantilado hasta que el barco tuvo el tamaño de una taza. Luego el de una mota. Luego desapareció.

Y después de eso, empezó la espera.

Dicen que esperar es el suplicio más atroz que imparte la vida. En este caso, quienes lo dicen son los escritores, que no tienen nada útil que hacer, así que ocupan el tiempo pensando en cosas que decir. Cualquier trabajador honrado te dirá, en cambio, que tener tiempo para esperar es todo un lujo.

Mecha tenía ventanas que lavar. Comidas que preparar. Un hermano pequeño al que cuidar. Su padre nunca se había recuperado del todo de su accidente en la mina y, aunque intentaba colaborar, apenas podía levantarse. Ayudaba a la madre de Mecha a coser calcetines todo el día, que luego vendían a los marineros, pero con lo cara que estaba la lana, apenas les sacaban beneficio.

Así que Mecha no esperó. Trabajó.

Aun así, fue un alivio inmenso cuando llegó la primera taza. Se la entregó Hoid el grumete. (Sí, ese soy yo. ¿Cómo te has dado cuenta? ¿Ha sido por el nombre?). Era una hermosa taza de porcelana, sin una sola muesca. Llegó junto a una carta y una tarjeta en la que había un dibujito de dos manos enguantadas agarradas una a la otra.

Ese día el mundo se iluminó. Mecha casi podía imaginar a Charlie hablando mientras leía la carta, que detallaba los afectos de la primera princesa. Con heroica monotonía, Charlie le había recitado una lista de los sonidos que hacía su estómago cuando cambiaba de postura por la noche. Y por si no bastara con eso, por lo visto había explicado a la pobre que se guardaba las uñas de los pies al cortárselas y les ponía nombre. Había logrado repelerla.

«Sigue luchando, mi locuaz amor —pensó Mecha al día siguiente mientras frotaba las ventanas de la mansión, pensando en sus palabras—. Valor, mi levemente asqueroso guerrero.»

Lo segundo que llegó era una copa de puro cristal rojo, alta y fina, como si su objetivo fuese aparentar que contenía más líquido del que la llenaba. Tal vez procediera del establecimiento de un tabernero muy agarrado. Charlie había disuadido a la segunda princesa explicándole lo que había desayunado, pero hasta el más mínimo detalle, ya que al parecer había contado los pedacitos de huevo revuelto y los había clasificado por tamaño.

El tercer regalo fue una jarra de peltre, sólida y recia. Quizá viniera de uno de esos lugares que Charlie se inventaba, donde la gente tenía que ir armada siempre. Mecha estaba bastante convencida de poder derribar a un atacante con un golpetazo de aquella jarra. La princesa correspondiente no había soportado una prolongada conversación sobre los pros y los contras de los distintos signos de puntuación, incluyendo los inventados por Charlie.

El cuarto paquete no traía carta, sino solo una taza con una mariposa pintada sobre un océano rojo. Mecha se extrañó de que la mariposa no tuviera miedo a las esporas, pero tal vez fuese una mariposa prisionera, obligada a volar por el océano hacia su perdición.

Ya no llegó un quinto envío.

Mecha intentó restarle importancia, diciéndose que se habría perdido por el camino. Al fin y al cabo, a un barco que surcaba las esporas podían pasarle muchas cosas peligrosas. Piratas o… bueno… o esporas.

Pero los meses fueron pasando, cada uno más tedioso que el anterior. Siempre que un barco echaba amarras en el puerto, Mecha estaba allí preguntando si tenía correo.

Y nada.

Siguió así durante más meses. Hasta que hubo transcurrido un año entero desde la partida de Charlie.

Y entonces, por fin, una nota. No estaba escrita por Charlie, sino por su padre, y no iba dirigida a ella en particular sino al pueblo entero. El duque regresaba por fin a Punta de Diggen, acompañado por su esposa, su heredero… y su flamante nuera.

5: La novia

Mecha estaba sentada en el porche, apoyada de lado en su madre, contemplando el horizonte. Tenía en las manos la última taza que Charlie le había enviado, la de la mariposa suicida.

La infusión tibia le sabía a lágrimas.

—No tenía mucho sentido —susurró a su madre.

—El amor no suele tenerlo —respondió ella.

Era una mujer fornida, de alegre cintura. Cinco años antes estaba flaca como un palo. Luego Mecha había descubierto que su madre estaba dando parte de su propia comida a sus hijos y, desde entonces, había decidido ocuparse ella de la compra y estirar un poco más el dinero.

Apareció un barco en el horizonte.

—Por fin sé lo que debería haberle dicho. —Mecha se apartó el pelo de los ojos—. Cuando se marchó. Le dije que era un guante. No es tan malo como suena, y él acababa de llamarme a mí lo mismo. Pero he tenido un año para pensarlo y me he dado cuenta de que podría haberle dicho algo más.

Su madre le apretó el hombro mientras el barco se aproximaba en su inevitable rumbo.

—Debería haberle dicho que le quería —susurró Mecha.

Su madre fue con ella cuando Mecha emprendió la marcha, como un soldado en el frente entre el fuego de cañones, hacia el muelle para dar la bienvenida al barco. Su padre, que tenía mal las piernas, se quedó en casa, y menos mal. Mecha temía que montara una escena, por lo mucho que había estado refunfuñando sobre el duque y su hijo los últimos meses.

Pero en el fondo, Mecha no podía reprocharle nada a Charlie. No era culpa suya ser hijo del duque. Le podría haber pasado a cualquiera.

Había toda una multitud. El duque decía en su carta que quería una celebración y que traía comida y vino. Pensara lo que pensase la gente de tener una nueva futura duquesa, no iban a desaprovechar la ocasión de beber gratis. No era ninguna novedad que los regalos fuesen el secreto de la popularidad. Eso y estar en condiciones de decapitar a cualquiera a quien le caigas antipático.

Mecha y su madre llegaron al borde del gentío, pero Holmes el panadero les indicó por gestos que subieran a su portal para ver mejor. Era un hombre amable, que siempre reservaba las puntas de las hogazas al rebanarlas y se las vendía regaladas de precio.

De modo que Mecha pudo ver bien a la princesa cuando descendió al embarcadero. Era hermosa. Mejillas sonrosadas, pelo resplandeciente, rasgos delicados. Era tan perfecta que ni el mejor pintor de todos los mares podría haberla mejorado en un retrato.

Charlie por fin había pasado a formar parte de una historia. Con cierto esfuerzo, Mecha se alegró por él.

A continuación desembarcó el duque, saludando con la mano para que la gente supiera que debía aclamarlo.

—¡Os presento… a mi heredero! —vociferó.

Un joven descendió al muelle junto a la princesa. Y sin lugar a la menor duda, no era Charlie.

El chico sería más o menos de la edad de Charlie, pero medía dos metros y tenía la mandíbula tan marcada que hacía que otros hombres se preguntaran si lo eran. Rebosaba de músculos hasta el punto de que, cuando levantó el brazo para saludar, Mecha habría jurado oír las costuras de su camisa suplicando clemencia.

Por las doce lunas, ¿qué pasaba allí?

—Tras un desafortunado incidente —proclamó el duque a la callada muchedumbre—, me he visto obligado a adoptar a mi sobrino Dirk y nombrarlo mi nuevo heredero. —Dejó un momento a la gente para que lo asimilara. Luego añadió—: Es un espadachín excelente y responde a las preguntas con una sola frase. ¡A veces con una sola palabra! Además, es un héroe de guerra. Perdió a diez mil hombres en la batalla de Lagoletrina.

—¿A diez mil? —se sorprendió la madre de Mecha—. Vaya, son muchos.

—¡Celebremos el matrimonio de Dirk con la princesa de Letargo! —bramó el duque, con los dos brazos en alto.

La multitud guardó silencio, todavía perpleja.

—¡Traigo treinta barriles! —gritó el duque.

Eso lo vitorearon. Y así, se celebró una fiesta. Los lugareños abrieron el paso hasta la sala común. Comentaron la hermosura de la princesa y se maravillaron de que Dirk mantuviera tan bien el equilibrio al andar, teniendo en cuenta que su centro de gravedad debía de estar situado alrededor del esternón.

La madre de Mecha le prometió conseguir respuestas y fue tras la gente. Pero cuando Mecha salió de su estupor, encontró a Flik, un siervo del duque, llamándola desde el final de la pasarela. Era un hombre simpático, aunque tenía unas orejas de soplillo que parecían estar esperando al momento propicio para huir volando y unirse en el cielo a las de su especie.

—¿Flik? —susurró Mecha—. ¿Qué ha pasado? ¿Algún accidente? ¿Dónde está Charlie?

Flik lanzó una mirada hacia la procesión que subía hacia el salón de banquetes. El duque y su familia iban con ellos, y ya estaban lo bastante lejos para que todo ceño fruncido perdiera potencia por la fricción del aire y la gravedad.

—Quería que te diera esto —dijo Flik, y le entregó un saquito.

Tintineó al llegar a manos de Mecha. Dentro había pedazos de cerámica rota.

La quinta taza.

—Lo intentó con todas sus fuerzas, señorita Mecha —susurró Flik—. Tendrías que haber visto al joven amo. Hizo todo lo posible para ahuyentar a esas mujeres. Memorizó ochenta y siete tipos distintos de contrachapado y sus usos. Habló a todas las princesas que le presentaban, largo y tendido, sobre las mascotas de su infancia. Hasta les habló de religión, nada menos. Creía que iban a pillarlo en el quinto reino, porque esa princesa era sorda, pero el joven amo fue y le vomitó encima durante la cena.

—¿Le vomitó?

—En todo el regazo, señorita Mecha. —Flik miró a ambos lados antes de hacerle un gesto para que lo siguiera mientras sacaba un baúl del muelle, para hablar en un lugar más disimulado—. Pero su padre se olió el pastel, señorita Mecha. Descubrió lo que estaba haciendo el joven amo. Se puso hecho una furia. Hecho una verdadera furia.

Flik señaló la taza rota que Mecha llevaba en el saquito.

—Sí, pero ¿qué le ha pasado a Charlie? —preguntó ella.

Flik apartó la mirada.

—Por favor —pidió Mecha—, dime dónde está.

—Navegó hacia el mar de Medianoche, señorita Mecha —respondió él—. Bajo la luna de la mismísima Thanasmia. La hechicera se apoderó de él.

Los nombres dieron escalofríos a Mecha. ¿El mar de Medianoche? ¿Los dominios de la hechicera?

—¿Por qué querría hacer algo así?

—Bueno, supongo que será porque le obligó su padre —dijo Flik—. La hechicera no está casada, ¿sabes? Y el duque llevaba mucho tiempo queriendo reducir la amenaza que suponía, así que…

—¿Envió a Charlie a casarse con la hechicera?

Flik no respondió.

—No —dijo Mecha, comprendiéndolo—. Envió a Charlie a morir.

—Yo no he dicho nada ni parecido —replicó Flik mientras se marchaba a toda prisa—. Si alguien pregunta, yo no he dicho nada.

Embotada, Mecha se sentó en un pilar del muelle. Escuchó el movimiento de las esporas, que sonaba como a arena cayendo de la mano. Incluso en una isla tan remota como la suya, todo el mundo había oído hablar de la hechicera. Enviaba barcos cada cierto tiempo a saquear las fronteras del mar Glauco, y era dificilísimo enfrentarse a ella. Tenía su fortaleza en algún lugar oculto del remoto mar de Medianoche, el más peligroso de todos. Y para llegar allí había que cruzar el mar Carmesí, una zona desierta que solo era un poco menos mortífera.

Averiguar que la hechicera tenía prisionero a Charlie venía a ser como averiguar que se lo habían llevado a una luna. Pero Mecha no podía confiar en la palabra de un solo hombre, tratándose de un asunto tan importante. No se atrevía a molestar a nadie más con preguntas, pero sí que escuchó mientras la gente hablaba en bisbiseos con los estibadores más espabilados, ansiosos por acabar de descargar el barco para ir a la fiesta. A todos les daban respuestas parecidas. Sí, habían enviado a Charlie al mar de Medianoche. Sí, el rey lo sabía: el duque y él habían tomado juntos la decisión. Así que, bueno, sin duda debía de tener sentido, si se le había ocurrido al rey. Alguien tenía que impedir las incursiones de la hechicera. Y Charlie, más que nadie, era… estooo… la opción más evidente… por… motivos que…

Lo que sugería aquello horrorizó a Mecha. El duque y el rey se habían dado cuenta de que Charlie estaba poniéndoselo difícil y su manera de resolver el problema había consistido en librarse de él sin más. Habían nombrado heredero a Dirk a las pocas horas de que se supiera que el barco de Charlie había desaparecido.

A ojos de la nobleza, era una solución elegante. El duque recibía un heredero del que por fin podría estar orgulloso. El rey obtenía una alianza ventajosa por el matrimonio de Dirk con una princesa de otro reino. Y todo el mundo culparía de una muerte más a la hechicera, decantando la opinión pública a favor de una nueva guerra.

El cabo de tres días, Mecha por fin se atrevió a presionar a Brunswick, el mayordomo del duque, rogándole que le diera más información. Como al hombre le gustaban sus pasteles, reconoció que habían recibido carta de la hechicera pidiendo un rescate por Charlie. Pero el duque, en su infinita sabiduría, había declarado que era un truco para que enviaran más barcos al mar de la Medianoche. El rey había declarado a Charlie oficialmente muerto.

Pasaron más días. Mecha vivía aturdida, consciente de que a todo el mundo le daba igual. Decían que aquello era «política» y seguían a lo suyo. Aunque el nuevo heredero tenía el intelecto de un pedazo de pan mojado, era popular, guapo y muy bueno haciendo que mataran a otra gente. En cambio, Charlie había sido… bueno, Charlie.

Mecha pasó semanas haciendo acopio de valor para ir a suplicar al duque que por favor pagara el rescate. Una decisión tan audaz como aquella le resultó difícil. No era que Mecha fuese cobarde en ningún sentido de la palabra, pero molestar a la gente… bueno, ella no lo hacía y punto. Pero, animada por sus padres, emprendió el largo camino e hizo su petición en voz baja.

El duque respondió llamándola «meretriz con pelo de caramelo» y le prohibió limpiar ventanas en ninguna casa del pueblo. Mecha se vio obligada a coser calcetines con sus padres, lo que les suponía mucho menos dinero.

Con el paso de las semanas, Mecha cayó en una especie de letargo. Se sentía menos un mero ser humano que una humana que meramente intentaba ser.

La vida en la roca volvió a la normalidad para todos los demás, como si no hubiera pasado nada. A nadie le importaba. Nadie iba a mover ni un dedo.

Hasta que, dos meses tras el regreso del duque, Mecha tomó la decisión. Sí que había alguien a quien le importaba. Y en consecuencia, correspondía a esa persona hacer algo al respecto. Mecha no iba a molestar a nadie más para ello.

Tendría que rescatar a Charlie ella misma.

Explicación e influencias

Como habréis deducido ya, Mecha del mar Esmeralda está escrita con la voz de Hoid/Sagaz. Es una historia narrada por Hoid pero con longitud de novela, como El perro y el dragón o Vela Errante, solo que de cien mil palabras.

Me gustaría señalar algunas cosas.

  1. Sí, Hoid está contando la historia a alguien dentro del Cosmere. Quizá por el contexto podáis intuir con quién habla, pero la intención es que no sea evidente. Tampoco hace falta que le deis muchas vueltas, porque no es relevante para la historia. Simplemente sabed que no está escrita para vosotros (ya que no existís en el Cosmere), sino que Hoid cuenta la historia y alguien del Cosmere la escucha.
  2. En este caso, al contrario que en otras historias, Hoid está narrando la crónica de unos acontecimientos reales en el Cosmere. En otras palabras, Mecha es una persona real del Cosmere y su mundo existe; ninguno de los dos son invenciones de Hoid. Se toma algunas libertades con la narrativa, pero en su mayoría, lo que sucede en esta novela es canon y puede considerarse como tal. Aunque la historia no trata de él, Hoid tiene un papel en ella, que descubriréis a lo largo del libro.
  3. Por tanto, el leve tono de cuento de hadas es intencionado. Sin embargo, yo no consideraría esta novela como una historia para niños. La idea es algo más similar a La princesa prometida. A medida que la historia avanza, ese tono de cuento de hadas se pierde un poco (aunque no del todo) y se transforma en fantasía épica, aunque filtrada a través de la prosa y la voz de un narrador que se sienta a relatar una de sus aventuras.

Y hablando de La princesa prometida… en realidad fue una inspiración directa para esta novela. El libro se me ocurrió cuando puse por primera vez la película a mis hijos. A mí siempre me ha encantado, y aún me encanta, como a mi esposa. Pero después de ver la peli, estábamos charlando y ella observó que la princesa no es demasiado… activa, por decirlo con suavidad. Es de quien la historia recibe su título, pero ella en realidad no hace nada.

Ni siquiera es capaz de golpear con efectividad a una rata gigante con un palo. Este libro nació cuando mi esposa se preguntó en voz alta: «¿Por qué se queda sentada Buttercup después de saber que a su amado se lo llevan los piratas? ¿No hay nada que pudiera haber hecho?».

Así fue como empezó, en combinación con que estaba buscando cómo introducir en algún libro los éteres (que tendrán gran relevancia más adelante en el Cosmere) y con que me encanta el proceso de fluidización, por el que un material granulado como la arena se comporta un poco como un líquido cuando se hace pasar aire por él. Uní todas esas cosas. Un mundo en que la gente navega sobre polvo en vez de agua. La presentación de los éteres como una magia del Cosmere. Y la premisa básica: ¿qué pasaría si Buttercup fuese una persona más activa?

El resultado es Mecha del mar Esmeralda, un relato de piratas, peligrosas esporas y, dado que Hoid está involucrado, algún monólogo pretencioso de vez en cuando. Será el primero de cuatro libros en nuestro Kickstarter «Un año de Sanderson», y os lo enviaremos en enero de 2023.

La semana que viene tendréis los primeros capítulos del Proyecto Secreto Número Dos, que es algo diferente por completo.

Brandon.

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