Avance exclusivo de traducción oficial de El Archivo de las Tormentas 4: El Ritmo de la Guerra

¿Qué mejor manera de empezar la semana que con una buena noticia del Archivo de las Tormentas?

Ayer, durante una de las sesiones Q&A que ha estado realizando Brandon mientras firmaba las páginas de firma (valga la redundancia) que se incluirán en las 10.000 copias de la edición X Aniversario del Camino de los Reyes, confirmó que el nombre de la nueva entrega será finalmente The Rhythm of War (presumiblemente El ritmo de la guerra en español),  y además enseñó una ilustración de Donato Giancola representando al Heraldo Taln, que posiblemente pertenezca a una de las guardas interiores.

Y para acabar de redondear el día, hoy os traemos en exclusiva el primer capítulo que ha traducido Manu Viciano del Ritmo de la Guerra, la cuarta y esperadísima entrega de una de nuestras sagas favorita.

Esta es una gran noticia, no solo por poder leer una traducción oficial, sino porque ello indica que…

¡¡¡Nova ya está trabajando en el nuevo manuscrito prácticamente desde el mismo momento en que la editorial americana lo ha recibido, y eso quiere decir que probablemente no tendremos que esperar mucho entre el lanzamiento en inglés para poderlo leer en castellano!!!

 

Talenel’Elin, por Donato Giancola

 

 

1

En primer lugar, hay que atraer a un spren.

               Para hacerlo es relevante el tipo de gema, ya que, por su propia naturaleza, algunos spren se ven más intrigados por unas gemas que por otras. Además, es esencial proporcionar al spren algo que conozca y le guste. Se debe lograr que el spren esté tranquilo. Por ejemplo, una buena hoguera es imprescindible para atraer a un llamaspren.

 

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la Coalición de Monarcas en Urithiru

Lirin se sorprendió por lo relajado que se sentía mientras comprobaba las encías del niño en busca de síntomas de escorbuto. Sus años de formación como cirujano le estaban resultando útiles ese día. Los ejercicios de respiración, cuyo propósito era mantener firmes sus manos, funcionaban igual de bien para amparar a fugitivos que para practicar operaciones.

            —Toma —dijo a la madre del niño, sacando del bolsillo una plaquita de caparazón tallado—. Enséñasela a la mujer del pabellón comedor y te traerá zumo para tu hijo. Asegúrate de que se lo bebe todo, cada mañana.

            —Muchos grasias —respondió la mujer con un marcado acento herdaziano. Se abrazó a su hijo y miró a Lirin con ojos afligidos—. Si… si niño… encuentran…

            —Me encargaré de que te avisen si llega alguna noticia sobre tus otros hijos —le aseguró Lirin—. Lamento tu pérdida.

            La mujer asintió, se secó las mejillas y echó a andar hacia el pueblo con el niño en brazos. La niebla matutina ocultaba Piedralar, que desde fuera se veía como un grupo de oscuros bultos ensombrecidos. Como tumores. Lirin apenas alcanzaba a distinguir las lonas extendidas entre los edificios, que ofrecían un exiguo cobijo a los numerosos refugiados que seguían llegando desde Herdaz. Había calles enteras cerradas y se alzaban sonidos fantasmagóricos —el tintineo de platos, las conversaciones de la gente— entre la niebla.

            Aquellas chabolas no resistirían una tormenta, claro, pero podían desmontarse y guardarse deprisa. Era la única manera de albergar a tanta gente. Lirin echó un vistazo a la cola de personas que esperaban su turno. Tormentas, ¿cuántos más podían caber en Piedralar? Las poblaciones más cercanas a la frontera debían de estar llenas a rebosar, si había tanta gente desplazándose hasta allí.

            Había pasado más de un año desde la llegada de la tormenta eterna y la caída de Alezkar. Un año durante el que el país de Herdaz, el primo pequeño noroccidental de Alezkar, se las había ingeniado para mantener la lucha. Dos meses antes, el enemigo había decidido aplastar Herdaz de una vez por todas, y fue entonces cuando habían empezado a aparecer los refugiados. Como siempre, los soldados combatían mientras la gente corriente veía sus campos pisoteados, pasaba hambre y se veía obligada a abandonar sus casas con la esperanza de huir de la contienda.

            Piedralar hacía lo que podía. Aric y los demás, que habían sido guardias en la mansión de Roshone pero tenían prohibido portar armas, organizaban la cola e impedían que entrase nadie en el pueblo antes de que Lirin los hubiera visto. Lirin había convencido a la brillante Abijan de que era necesario examinar a todos los refugiados para determinar si introducirían enfermedades peligrosas en el pueblo. Sobre todo, le preocupaba interceptar a quienes pudieran necesitar tratamiento.

            La mujer con la que acababa de hablar llevó a su hijo hasta la garita de guardia que había en la entrada del pueblo. Allí, un grupo de parshmenios armados le levantó la capucha y comparó su rostro con los retratos que les habían hecho llegar los Fusionados. Hesina, la esposa de Lirin, estaba por allí cerca para leer las descripciones cuando se lo pedían. Era de las pocas mujeres que sabían leer en el pueblo, aunque la brillante Abijan y algunas otras parshmenias estaban aprendiendo rápido.

            Parshmenios armados con espadas. Aprendiendo a leer. Incluso un año después de su despertar, Lirin encontraba extraños tales conceptos. Pero en realidad, ¿a él qué más le daba? En ciertos sentidos, apenas había cambiado nada con la llegada de la tormenta eterna y el despertar de los parshmenios. Tenían la piel distinta, pero se dejaban consumir por los mismos antiguos conflictos con la misma facilidad que los brillantes señores alezi. Quienes saboreaban el poder siempre querían más y se lo procuraban a base de espada. La gente normal sangraba, y entonces le tocaba a Lirin intentar que se recuperaran.

            Se volvió de nuevo hacia su cola de refugiados que esperaban. Aún le quedaban más de cien a los que examinar ese día. Oculto entre ellos había uno en concreto, un refugiado específico. En cierto modo, ese hombre era el responsable de tanto sufrimiento.

            Pero esa persona no era la siguiente de la cola. Llegó un hombre harapiento que había perdido un brazo en batalla. La herida ya tenía unos meses de antigüedad y no había nada que Lirin pudiera hacer con las extensas cicatrices.

            Lirin alzó un dedo delante de la cara del hombre y lo movió de un lado a otro mientras observaba cómo lo seguían sus ojos. «Conmoción», pensó.

            —¿Has sufrido alguna herida reciente que no me hayas contado?

            —Ninguna herida —susurró el hombre—. Pero los forajidos… se llevaron a mi esposa, buen cirujano. Se la llevaron… y me dejaron a mí atado a un árbol. Se marcharon sin más, riéndose…

            Vaya, hombre. La conmoción mental no era algo que pudiera extirpar con un bisturí.

            —Cuando llegues al pueblo —le dijo Lirin—, busca la tienda número catorce. Diles a las mujeres de allí que vienes de mi parte.

            El hombre hizo un débil asentimiento, pero tenía la mirada vacía. ¿Habría escuchado las palabras, siquiera? Lirin memorizó la descripción del hombre (pelo entrecano con un remolino en la coronilla, tres grandes verrugas en el pómulo izquierdo y, por supuesto, un brazo de menos) y tomó nota mental de preguntar por él más tarde en la tienda catorce. Allí tenía ayudantes observando a los refugiados que pudieran mostrar tendencias suicidas. Habiendo tanta gente de la que ocuparse, era lo máximo que podía hacer.

            —Venga, adelante —dijo Lirin, empujando al hombre con suavidad en dirección al pueblo—. Tienda catorce. No lo olvides. Lamento tu pérdida.

            El hombre se marchó.

            —Con qué facilidad lo dices, cirujano. —La voz llegó desde detrás de él.

            Sorprendido, Lirin se levantó, se volvió y al instante hizo una respetuosa inclinación. Abijan, la nueva consistora, era una parshmenia con la piel muy blanca y unos finos remolinos rojos en las mejillas.

            —Brillante —saludó Lirin—. ¿Qué decíais?

            —Acabas de decirle a ese hombre que lamentas su pérdida —respondió Abijan—. Se lo dices a todos con mucha facilidad, pero pareces tener la compasión de una piedra. ¿De verdad lo sientes por esa gente, cirujano?

           —Sí que lo siento, brillante —dijo Lirin—, pero debo tener cuidado para que no me abrume su desgracia. Es una de las primeras reglas cuando uno se hace cirujano.

            —Qué curioso. —La parshmenia alzó la mano segura, envuelta en la manga de una havah—.  ¿Te acuerdas de cuando me disloqué el brazo de niña y me lo colocaste en su sitio?

            —Me acuerdo.

            —Qué recuerdo más curioso —dijo ella—. Ahora esa vida me parece un sueño. Recuerdo el dolor. La confusión. Una figura severa que me provocó más dolor… aunque ahora sé que solo pretendías curarme. Fueron muchas molestias las que te tomaste por una niña esclava.

            —Nunca me ha preocupado a quién sano, brillante, ya sea un esclavo o un rey.

            —Ya, y seguro que el hecho de que Wistiow te pagara una buena suma por mí no tuvo nada que ver con ello. —Miró a Lirin entornando los ojos y, cuando siguió hablando, sus palabras adoptaron una cierta cadencia, como si estuviera recitando la letra de una canción—. ¿Lo sentiste por mí, por la pobre y confundida niña esclava cuya mente le habían robado? ¿Sollozabas por nosotros, cirujano, y por la vida que llevábamos?

            —Un cirujano no debe sollozar —respondió Lirin en voz baja—. Un cirujano no puede permitirse el llanto.

            —Como una piedra —repitió ella, y negó con la cabeza—. ¿Has visto plagaspren en alguno de estos refugiados? Si esos spren llegan al pueblo, podrían matar a todo el mundo.

            —Las enfermedades no las provocan los spren —dijo Lirin—. Se extienden por culpa del agua contaminada, la ausencia de higiene o, a veces, por el aliento de quienes ya la sufren.

            —Supersticiones —objetó ella.

            —Sabiduría de los Heraldos —replicó Lirin—. Deberíamos ir con cuidado.

            Existían fragmentos de antiguos manuscritos, traducciones de traducciones de traducciones, que hablaban de antiguas enfermedades que habían matado a miles de personas y se extendían raudas y sin tregua. No había registros de nada parecido en ningún texto moderno que hubiera leído Lirin, pero sí le habían llegado rumores de algo extraño que sucedía en el oeste: lo llamaban una nueva plaga. Había muy pocos detalles.

            Abijan siguió su camino sin protestarle más. Sus asistentes, un grupo de parshmenios y parshmenias de alta posición, la siguieron. Aunque el corte de sus ropajes seguía la moda alezi, los colores eran más claros, más apagados que los que llevarían las mujeres humanas. Los Fusionados les habían explicado que los cantores de antaño evitaban los colores vivos para no desviar la atención de las pautas de su piel.

            Lirin percibía una búsqueda de identidad en la manera de actuar de Abijan y los demás parshmenios. Su acento, su ropa, sus ademanes… todo eso era inequívocamente alezi. Pero se quedaban absortos cada vez que los Fusionados les hablaban de las vidas de sus antepasados y, siempre que podían, trataban de emular a aquellos parshmenios muertos mucho tiempo atrás. O mejor dicho, a aquellos eln-cantores, que era como los llamaban. «Antiguos cantores» en su idioma, para distinguirlos de los niv-cantores, los parshmenios modernos que habían despertado.

            Lirin se volvió hacia el siguiente grupo de refugiados, una familia al completo, para variar. Debería alegrarse de verlo, pero no pudo evitar preguntarse lo costoso que iba a ser alimentar a cinco niños  y sus padres que llegaban desfallecidos por la malnutrición.

            Mientras los enviaba hacia el pueblo, vio que una silueta conocida avanzaba junto a la fila de gente hacia él. Laral, como de costumbre en los últimos tiempos, llevaba un sencillo vestido de sirvienta y un guante en la mano en vez de manga, y cargaba con un cubo de agua. En apariencia, estaba dando de beber a los refugiados que esperaban. Sin embargo, Laral no caminaba como lo haría un sirviente. En la mujer había… una cierta determinación que ninguna obediencia impuesta podía extinguir. El mismísimo fin del mundo parecía resultarle más o menos igual de molesto que una mala cosecha en otros tiempos.

            La joven se detuvo junto a Lirin y le ofreció agua. Servida con cucharón en un vaso limpio, en vez de tomada directamente del cubo, tal y como él insistía en beberla.

            —Está el tercero de la cola —susurró Laral mientras Lirin daba un sorbo.

            Lirin gruñó.

            —Es más bajito de lo que esperaba —comentó Lirin—. Se supone que es un gran general, el líder de la resistencia herdaziana, pero se parece más a un mercader ambulante.

            —La genialidad no sabe de tallas, Laral —repuso Lirin, y le pidió más agua con un gesto como excusa para poder seguir hablando.

            —Aun así… —dijo ella, pero dejó la frase a medias al ver que pasaba cerca Durnash, un parshmenio alto con la piel veteada en negro y rojo que llevaba una espada a la espalda. Cuando se hubo alejado lo suficiente, Laral siguió hablando en voz baja—. De verdad que me sorprendes, Lirin. No has propuesto ni una sola vez que entreguemos a este general clandestino.

            —Lo ejecutarían —dijo Lirin.

            —Pero aun así, lo consideras un criminal, ¿verdad?

            —¿Un criminal? No estoy seguro. Carga con una responsabilidad terrible, eso sin duda: ha perpetuado una guerra contra una fuerza enemiga avasalladora. Ha dilapidado las vidas de sus tropas en una batalla imposible.

            —Hay quienes lo llamarían heroísmo.

            —El heroísmo es un mito que se cuenta a los jóvenes idealistas, en concreto cuando uno quiere que vayan a sangrar por él. Fue lo que hizo que mataran a un hijo mío y que me arrebataran a otro. Puedes quedarte con tu heroísmo y devolverme a cambio las vidas que se desperdiciaron en conflictos absurdos.

            Por lo menos, parecía que aquel ya estaba a punto de terminar. Con la resistencia de Herdaz derrotada por fin, los Fusionados habían consolidado su dominio del país, igual que habían hecho con Alezkar. Con un poco de suerte, el flujo de refugiados menguaría y las cosas podrían estabilizarse un poco.

            Laral lo miró con aquellos ojos azules que tenía. Era una mujer entusiasta. Cómo desearía Lirin que la vida hubiera tomado un derrotero distinto, que el viejo Wistiow hubiera aguantado con vida unos pocos años más. De ser así, quizá Lirin podría llamar hija a aquella mujer y tener a sus dos hijos junto a él… con Kaladin entrenado para sanar, no para matar.

            —No lo entregaré —aseguró Lirin, apartando los ojos de la mirada interrogativa de Laral—. Deja de mirarme así. Odio la guerra, pero no voy a condenar a tu héroe.

            —¿Y tu hijo vendrá a recogerlo pronto?

            —Le hemos enviado un aviso. Debería ser suficiente. Tú asegúrate de que tu marido tenga preparada su maniobra de distracción.

            Laral asintió y se marchó a ofrecer agua a los guardias parshmenios apostados a la entrada del pueblo. Lirin atendió a los siguientes refugiados con presteza y luego dedicó su atención a un grupo de figuras envueltas en capas.

            Se tranquilizó haciendo el ejercicio de respiración rápida que había aprendido de su maestro hacía muchos años, en el quirófano. Gracias a él, aunque su interior era una tempestad, no le temblaron las manos cuando indicó al primer hombre que se acercara.

            —Tendré que examinaros —dijo Lirin en voz baja—, para que no llame tanto la atención que luego os saque de la cola.

            —Empieza por mí —dijo el hombre más bajito del grupo, dando un paso adelante. Los otros cuatro cambiaron de posición para situarse a su alrededor.

            —Que no se note tanto que estáis protegiéndolo, necios —siseó Lirin—. Venga, sentaos en el suelo. A lo mejor así tendréis menos pinta de ser una panda de matones.

            Los hombres obedecieron y Lirin acercó su taburete para sentarse al lado del hombre bajito. Llevaba un fino bigote entrecano y tendría cincuenta y tantos años. Su piel, curtida por el sol, era más oscura que la de la mayoría de los herdazianos; casi podría haber pasado por azishiano. Tenía los ojos de un tono verde claro y frío.

            —¿Eres él? —susurró Lirin mientras acercaba la oreja al pecho del hombre para comprobarle el pulso.

            —Lo soy —respondió el hombre.

            Dienno enne Calah. Dienno «el Visón», en herdaziano antiguo. Hesina había explicado a Lirin que «enne» era un título honorífico muy concreto, que implicaba grandeza.

            Habría cabido esperar, como por lo visto era el caso de Laral, que el Visón fuese un guerrero brutal, forjado en la misma fragua que hombres como Dalinar Kholin o Meridas Amaram. Sin embargo, Lirin sabía que los asesinos podían adoptar todo tipo de formas. Al Visón tal vez le faltase estatura, y tal vez le faltase un diente, pero había potencia en su complexión esbelta y Lirin descubrió un buen número de cicatrices durante su examen. Las que tenía en las muñecas, de hecho… eran las cicatrices que dejaban los grilletes en la piel de los esclavos, si los llevaban demasiado tiempo.

            —Gracias —dijo Dienno mientras Lirin proseguía con su inspección— por ofrecernos refugio.

            —No fue decisión mía —repuso Lirin.

            —Aun así, ayudas a que la resistencia escape para seguir con vida. Que los Heraldos te bendigan, cirujano.

            Lirin sacó una venda y empezó a envolver una herida del brazo del hombre que no estaba bien tratada.

            —Que los Heraldos nos bendigan a todos con un final rápido para este conflicto.

            —Sí, uno que envíe a los invasores corriendo de vuelta a la Condenación, donde se engendraron.

            Lirin siguió trabajando.

            —¿No estás de acuerdo, cirujano?

            —Tu resistencia ha fracasado, general —dijo Lirin mientras apretaba el vendaje—. Tu reino ha caído, igual que el mío. Seguir combatiendo solo servirá para que haya más muertos.

            —No pretenderás limitarte a obedecer a estos monstruos, ¿verdad?

            —Obedezco a quien tiene la espada contra mi cuello, general —respondió Lirin—. Igual que he hecho siempre.

            Concluyó su examen y luego echó un somero vistazo a los cuatro acompañantes del general. No había mujeres. ¿Cómo iba a leer el Visón los mensajes que le enviaran?

            Lirin fingió encontrar una lesión en la pierna de un hombre y, después de darle unas instrucciones, el hombre empezó a cojear como correspondía y soltó un aullido de dolor.

            —Esto requiere cirugía —dijo Lirin en voz alta—, o es posible que pierdas la pierna. No, no quiero oír quejas. Vamos a ocuparnos de ello ahora mismo.

            Envió a Aric, uno de los antiguos guardias del pueblo, a traer una camilla. Situar a los otros cuatro soldados, general incluido, como portadores de la camilla proporcionó a Lirin la excusa perfecta para sacarlos a todos de la cola.

            Lo único que faltaba era la distracción, que llegó en forma de Toralin Roshone. El exconsistor salió trastabillando del pueblo, aunque la niebla y la distancia lo reducían a una silueta oscura que se tambaleaba inestable.

            Lirin hizo una seña al Visón y sus soldados y empezó a guiarlos con paso lento hacia la garita de inspección.

            —No vais armados, ¿verdad? —siseó entre dientes.

            —Hemos dejado atrás las armas más evidentes —respondió el Visón—, pero será mi cara y no nuestras armas lo que nos delate.

            —Ya lo hemos tenido en cuenta.

            «Recemos al Todopoderoso para que funcione.»

            Al ir acercándose, Lirin empezó a distinguir mejor a Roshone entre la niebla. La piel del antiguo consistor colgaba en carrillos desinflados desde hacía un tiempo, acusando todavía el peso que había perdido tras la muerte de su hijo, unos seis años antes. Le habían ordenado afeitarse la barba, quizá por lo mucho que le gustaba llevarla, y ya no vestía con su takama de orgulloso guerrero. En lugar de ella, llevaba las rodilleras y la ropa de trabajo de un raspador de crem.

            Cargaba con un taburete bajo un brazo y murmuraba farfullando para sí mismo. A pesar de que Lirin llevaba toda la vida tratando a borrachos que habían sufrido una caída o una pelea, no habría podido asegurar si Roshone se había puesto como una cuba para el espectáculo o si estaba fingiendo. En cualquier caso, llamaba la atención. Los parshmenios de la garita de guardia se dieron codazos entre ellos y uno tarareó a un ritmo animado, como solían hacer cuando algo los divertía.

            Roshone escogió un edificio cercano y dejó su taburete en el suelo. Luego, para gran deleite de sus espectadores parshmenios, intentó subirse a él, pero erró, tropezó y estuvo a punto de caer.

            Les encantaba observarlo. La mayoría de los parshmenios que poblaban Piedralar no habían sido propiedad de Roshone, exceptuando a Abijan y otros tres. Pero hasta el último de aquellos niv-cantores había tenido algún dueño ojos claros. Ver al antiguo consistor reducido a un borrachuzo torpón que se pasaba el día haciendo el trabajo más miserable de todo el pueblo era, para ellos, más cautivador que la actuación de cualquier juglar.

            Lirin se aproximó con sus acompañantes.

            —Este de aquí necesita cirugía inmediata —dijo, señalando al hombre de la camilla—. Si no actúo ya, podría perder el pie.

            De los tres parshmenios asignados como inspectores, solo Dor se molestó en comprobar la cara del herido contra los retratos.

            El Visón estaba en los primeros puestos de la lista de refugiados peligrosos, pero Dor ni siquiera se molestó en mirar a los portadores de la camilla. Se limitó a sostener en alto las ilustraciones y pasar unas cuantas, comparándolas con el rostro del hombre tumbado. Lirin había reparado unos días antes en aquella peculiaridad: cuando ponía a trabajar a los refugiados de la cola, los inspectores tendían a fijarse solo en la persona que iba en la camilla.

            Confiaba en que, con Roshone dando espectáculo, los parshmenios se relajarían incluso más. Pero aun así, Lirin se descubrió sudando cuando Dor vaciló al mirar un retrato. Lirin había aconsejado al Visón que trajera consigo solo a guardias de bajo nivel, que no figurarían en las listas. ¿Podría ser que, de todos modos…?

            Los otros dos parshmenios se echaron a reír mirando a Roshone, que, a pesar de la embriaguez, intentaba llegar al techo del edificio para raspar el crem acumulado allí arriba. Dor se volvió para imitarlos e hizo un gesto distraído para que la camilla siguiera adelante.

            Lirin cruzó una mirada fugaz con su esposa, que esperaba cerca. Menos mal que no había ningún parshmenio mirándola, porque estaba pálida como un shin. Lo más probable era que Lirin no tuviera mucho mejor aspecto, pero contuvo un suspiro de alivio mientras hacía avanzar al Visón y sus soldados. El plan era recluirlos en el quirófano y mantenerlos fuera de vista hasta…

            —¡Que todo el mundo deje lo que está haciendo! —gritó una voz femenina desde atrás—. ¡Preparaos para mostrar respeto!

            Lirin sintió una acuciante necesidad de correr. Estuvo a punto de hacerlo, pero los soldados siguieron caminando al mismo ritmo. Sí, era mucho mejor fingir que no lo habían oído o que la orden no iba dirigida a ellos.

            —¡Eh, cirujano! —le gritó la voz. Era la de Abijan.

            A regañadientes, Lirin se detuvo y empezó a practicar excusas en su mente. ¿Abijan se creería que Lirin no había identificado al hombre? La consistora ya le tenía bastante ojeriza desde que Lirin había insistido en tratar las heridas de Jeber, después de que el muy idiota se hubiera ganado que lo ataran y lo azotaran.

            Dio media vuelta, poniendo todo su empeño en calmar los nervios. Abijan se acercó a toda prisa y, aunque los cantores no se sonrojaban, saltaba a la vista que estaba aturullada. Cuando habló, sus sílabas salieron rítmicas y marcadas.

            —Acompáñame —dijo—. Tenemos visita.

            A Lirin le costó un momento comprenderlo. Abijan no estaba exigiéndole explicaciones ni ordenando que lo detuvieran. Aquello era… ¿otra cosa?

            —¿Hay algún problema, brillante? —le preguntó.

            El Visón y sus soldados se detuvieron también, pero Lirin vio por el rabillo del ojo que metían los brazos bajo sus capas. El Visón le había dicho que no llevaban sus armas «más evidentes». Que el Todopoderoso lo asistiera, porque si aquello terminaba en sangre…

            —Ningún problema —respondió Abijan, hablando con rapidez—. Hemos sido bendecidos. Acompáñame. —Miró a Dor y los otros inspectores—. Haced correr la voz. Que nadie entre ni salga del pueblo hasta nueva orden mía.

            —Brillante —dijo Lirin, señalando al hombre de la camilla—. Quizá la herida no parezca grave, pero estoy seguro de que si no lo llevo al quirófano ahora mismo…

            —Tendrá que esperar. —Hizo un gesto al Visón y sus hombres—. Vosotros cinco, esperad. Que todo el mundo espere y punto. Muy bien. Esperad y… tú, cirujano, ven conmigo.

            Abijan se volvió y echó a andar a zancadas, esperando que Lirin la siguiera. Él cruzó la mirada con el Visón, le indicó con un movimiento de cabeza que esperara y se apresuró tras la consistora. ¿Qué sería lo que la hacía perder así la compostura? Era evidente que la parshmenia había estado practicando un aire regio, pero en esos momentos lo había abandonado por completo.

            Lirin cruzó el campo que había fuera del pueblo, en paralelo a la cola de refugiados, y no tardó en hallar su respuesta. Una figura imponente, de bastante más de dos metros de altura, salió de entre la niebla acompañada de un pequeño pelotón de niv-cantores armados. La espantosa criatura tenía el pelo largo y rojo, del color de la sangre seca, más grueso que el cabello humano, y un caparazón dentado a juego. Su rostro era de un negro casi puro, con líneas de veta roja bajo los ojos.

            Un Fusionado. En Piedralar. Lirin llevaba meses sin ver a ninguno, y había sido solo de pasada, cuando un grupo reducido había hecho un alto de camino hacia el frente de Herdaz. Ese grupo había volado por los aires en sus túnicas vaporosas, empuñando unas lanzas más largas que las picas de infantería.

            Aquellos Fusionados habían evocado una belleza etérea, pero la criatura que Lirin tenía delante parecía mucho más peligrosa, como algo que en efecto podría haber emergido de la Condenación. El ser iba vestido con ropa negra ajustada, al parecer una franja larga de tela ceñida en torno a sus abultamientos blindados. Tenía un extraño par de aletas de caparazón, como alas levantadas, asomando del largo pelo a ambos lados de la cabeza, sobre las orejas. Lirin no recordaba haber visto a ningún parshmenio, ni a ningún Fusionado, con aquellas protuberancias parecidas a cuernos.

            Sus ojos brillaban en un tono rojo intenso y peligroso. El Fusionado habló en un idioma rítmico, y una parshmenia más menuda y prosaica se adelantó para traducir. Por lo que había oído Lirin, muchos Fusionados no hablaban los idiomas modernos.

            —¿Eres el cirujano que nos han mencionado? —preguntó la intérprete—. ¿Hoy has estado examinando a la gente?

            —Sí —dijo Lirin.

            El Fusionado habló y, de nuevo, la intérprete tradujo.

            —Estamos buscando a un espía. Podría estar oculto entre las personas a las que has visto hoy.

            Lirin notó que se le secaba la boca. Aquel ser que se alzaba sobre él parecía ultraterrenal, salido de las leyendas. Una pesadilla que debería haber permanecido como leyenda, como demonio del que susurrar en torno a una hoguera nocturna. Cuando Lirin intentó responder, no le salieron las palabras y tuvo que carraspear.

            A una orden ladrada por el Fusionado, los soldados que venían con él se desplegaron hacia la cola de refugiados. Los humanos retrocedieron y algunos intentaron huir corriendo, pero los parshmenios, aunque resultaban ordinarios en comparación con el Fusionado, llevaban cuerpos dotados de una ágil energía y una velocidad aterradora. Algunos atraparon a los que escapaban mientras otros empezaban a recorrer la cola, quitar capuchas e inspeccionar rostros.

            «No te vuelvas para mirar al Visón, Lirin. Que no se te note el nerviosismo.»

            —Bueno —dijo Lirin—, observamos a todas las personas y las comparamos con los retratos que nos entregaron. Te lo prometo. ¡Hemos sido meticulosos! No hay necesidad de aterrorizar a esos pobres refugiados.

            Curiosamente, la intérprete no tradujo las palabras de Lirin al Fusionado. La criatura parecía más que capaz de comprender su idioma. Sin embargo, cuando respondió, lo hizo en el suyo propio.

            —El que nos interesa no figura en esas listas —dijo la intérprete—. Es un espía de los más peligrosos. ¿Has visto a todas las personas que estaban hoy en la cola? Estamos buscando a un hombre joven. Estará en buena forma física y será fuerte, comparado con estos refugiados, aunque es posible que finja debilidad.

            —Eso… podría ser la descripción de casi cualquiera —repuso Lirin.

            ¿Era posible que estuviera de suerte? ¿Que todo aquello fuese solo una coincidencia? Tal vez aquel asunto no tuviera nada que ver con el Visón. Lirin sintió una esperanza momentánea, como un rayo de sol intuido entre nubes de tormenta.

            —A este hombre lo recordarías —dijo la intérprete, traduciendo a medida que el Fusionado hablaba—. Es alto para ser humano, con el pelo negro y ondulado, largo hasta los hombros. Irá bien afeitado y tiene una marca de esclavo en la cabeza que incluye el glifo shash.

            Una marca de esclavo.

            Shash. Peligroso.

            «Oh, no.»

            Cerca de allí, un soldado parshmenio de los recién llegados echó hacia atrás la capucha de la capa de un refugiado… y reveló una cara que a Lirin debería haberle resultado conocida, íntima. Sin embargo, el hombre endurecido en que se había convertido Kaladin parecía un tosco boceto del joven sensible que recordaba Lirin.

            Al instante, Kaladin se iluminó con un fogonazo de energía. A pesar de todos los esfuerzos de Lirin, ese día la muerte había llegado de visita a Piedralar.

 

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Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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