Avance: El Ritmo de la Guerra – Capítulo 8

Bienvenidos una vez más a esta lectura conjunta de los capítulos de avance del Ritmo de la Guerra, gracias a Nova, con la traducción de Manu Viciano.

Después de todo lo que pasó la semana pasada, que no fue poco entre la misteriosa muerte de Ialai (de la cual Shallan no recuerda nada) y del emocionante descubrimiento de cómo afectan los diferentes metales a los spren, así como el nuevo fabrial que utilizan los Fusionados contra Kaladin y los demás Radiantes, privándoles del acceso a sus poderes, esta semana veremos qué nos depara el capítulo 8: Rendición.

Como en anteriores ocasiones, os dejamos el link al CosmereCast de esta semana donde debatimos los capítulos 6 y 7.

También podéis disfrutar de CosmereCast en su versión de audio en: iVoox, Spotify o PocketCasts, ¡y no olvidéis que podéis comentar el capítulo en el hilo que hemos habilitado en el foro!

Fallen From Grace, by Soph Peralta

avance: el ritmo de la guerra – capítulo 8

avance de la traducción del ritmo de la guerra, traducida por manu viciano y cedida por nova

Capítulo 8. Rendición

Con una jaula de bronce se puede crear un fabrial admonitorio, que alerte de cosas o entidades cercanas. En la actualidad se utilizan los heliodoros para esto, y existen buenos motivos para hacerlo, pero otras gemas también deberían resultar viables.

Lección sobre mecánica de fabriales impartida por Navani Kholin a la coalición de monarcas, Urithiru, jesevan de 1175.

Kaladin cruzó el ardiente comedor, asediado por ese momento en el que de repente había perdido sus poderes. La experiencia lo había inquietado mucho. Lo cierto era que había pasado a depender mucho de sus capacidades. Igual que podía depender de una buena lanza, probada en batalla y bien afilada. Y había pocas cosas peores que ver cómo tu arma te fallaba en combate.

—Tendremos que estar atentos a esos fabriales —dijo Kaladin—. No me gusta nada que los poderes estén sujetos a anulación por parte del enemigo. —Miró a Syl, que estaba sentada en su hombro—. ¿Tú habías experimentado antes algo como eso?

La spren negó con la cabeza.

—No que yo recuerde. A mí me ha hecho sentir… desdibujada. Como si no estuviera aquí del todo.

Kaladin evitó las habitaciones consumidas por el fuego, llenas de primitivas sombras y luces, de vivos naranjas y rojos intensos y furiosos. Si los consistores se hubieran conformado con una casa normal, aquello no habría podido llegar a ocurrir. Pero no: tenían que distinguirse de los demás y vivir en un hogar lleno de delicada madera, en vez de recia piedra. Las hambrientas llamas parecían emocionadas jugando con la mansión moribunda. Había un regocijo en los sonidos del fuego, en sus rugidos y siseos. Los llamaspren correteaban por la pared junto a Kaladin, dejando rastros negros en la madera.

Por delante, la cocina estaba envuelta en llamas. A Kaladin de momento no le importaba el calor, porque su luz tormentosa le sanaba las quemaduras antes de que llegaran a algo más que picar. Mientras se mantuviera apartado del corazón del fuego, no debería pasarle nada.

Por desgracia, aquello podía demostrarse imposible.

—¿Dónde está el sótano? —preguntó Syl desde su hombro.

Kaladin señaló a través de la gigantesca hoguera que era la cocina hacia una puerta que apenas se entreveía como una sombra.

—Estupendo —dijo Syl—. ¿Vas a llegar corriendo?

Kaladin asintió, sin atreverse perder su luz tormentosa hablando. Hizo acopio de valor y entró a toda velocidad en la cocina, rodeado de llamas y humo que se arremolinaron en torno a él. Llegó desde arriba un desolado gemido, que le indicó que el techo estaba a punto de ceder.

Un enlace rápido hacia arriba permitió a Kaladin saltar la encimera ardiente. Llegó al otro lado, embistió con el hombro contra la calcinada puerta que bajaba al sótano y la atravesó con gran estrépito, proyectando fuego y hollín por delante.

Entró en un oscuro pasadizo descendente, tallado directamente en la roca de la ladera de la colina. Mientras dejaba atrás el incendio, Syl soltó una risita.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Tienes el trasero en llamas —dijo ella.

Condenación. Kaladin se dio palmadas en la parte de atrás de la casaca. En fin, después de que Leshwi lo apuñalara, aquel uniforme ya estaba echado a perder de todos modos. Iba a tener que escuchar a Leyten quejarse por la frecuencia con que Kaladin los destrozaba. El intendente de los Corredores del Viento parecía convencido de que Kaladin se dejaba herir solo para complicarle la tarea de mantener las existencias de uniformes.

Empezó a recorrer el oscuro túnel de piedra, contando con su luz tormentosa para ver dónde pisaba. Al poco de haber entrado, pasó por una rejilla en el suelo que cubría un profundo agujero: el atrapaaguas, que desviaría toda lluvia que inundara el túnel. Un sótano para tormentas como aquel era el lugar donde se refugiaban las familias de ojos claros durante las altas tormentas.

Kaladin se sintió tentado de considerar el riesgo de inundación como otro problema de vivir en una casa de madera, pero incluso las edificaciones de piedra podían sufrir daños ocasionales durante las tormentas. No podía reprochar a la gente que quisiera poner varios palmos de roca entre ellos y las ráfagas de viento. De niño había jugado allí abajo con Laral, y en esos momentos el pasadizo le pareció más angosto. Recordaba un túnel profundo e interminable. Pero poco después de pasar el atrapaaguas, vio por delante el techo iluminado del sótano.

Kaladin entró en la estancia subterránea y encontró a dos prisioneros encadenados con grilletes a la pared del fondo, desplomados en el suelo, con las cabezas gachas. A uno de ellos no lo reconoció —quizá fuese un refugiado—, pero el otro era Jeber, padre de un par de chicos a los que Kaladin había conocido en su juventud.

—Jeber —llamó Kaladin, corriendo hacia él—. ¿Has visto a Roshone? Ha dicho…

Kaladin interrumpió la frase al darse cuenta de que ninguno de los dos se movía. Se arrodilló y sintió crecer el miedo al fijarse mejor en la cara delgada de Jeber. Estaba normal, salvo por la palidez… y por los dos huecos calcinados, como carbón, que tenía en vez de ojos. Lo habían matado con una hoja esquirlada.

—¡Kaladin! —gritó Syl—. ¡Detrás de ti!

Kaladin se volvió, sacando la mano de golpe e invocando su lanza esquirlada. La estancia, tallada toscamente, se abría hacia atrás a la izquierda de la entrada, dejando una pequeña cavidad en la pared que Kaladin no había alcanzado a ver al entrar. Allí, de pie en silencio, había un hombre alto con rostro de halcón y el pelo castaño veteado de negro. Moash llevaba un elegante uniforme negro de corte alezi y retenía al brillante señor Roshone delante de él, con una daga al cuello. El exconsistor lloraba sin hacer ruido, con la otra mano de Moash tapándole la boca, y había miedospren ondulándose en el suelo.

Moash movió la daga en un corte rápido y efectivo que abrió la garganta de Roshone y derramó su sangre por el pecho de su raída ropa.

Roshone cayó a la piedra. Kaladin gritó e hizo ademán de correr a ayudarlo, pero el cirujano que llevaba en su interior meneó la cabeza. ¿Cuello rajado? No era la clase de herida que un cirujano podía sanar.

«Atiende a alguien a quien puedas ayudar —pareció decirle su padre—. Este está muerto.»

¡Tormentas! ¿Era demasiado tarde para ir a buscar a Lift o a Godeke? Ellos podrían… podrían…

Roshone se revolvió con debilidad en el suelo ante un impotente Kaladin. Y entonces, el hombre que había aterrorizado a la familia de Kaladin, el hombre que había enviado a Tien a su muerte… se perdió en un charco de su propia sangre.

Kaladin alzó la mirada furibunda hacia Moash, que en silencio devolvió la daga a la vaina que llevaba al cinto.

—Venías a salvarlo, ¿verdad, Kal? —preguntó Moash—. ¿A uno de tus peores enemigos? En lugar de buscar la venganza y la paz, corrías a rescatarlo.

Kaladin rugió y se levantó de un salto. La muerte de Roshone devolvió a Kaladin a aquel momento en el palacio de Kholinar. A una lanza atravesando el pecho de Elhokar. Y a Moash… haciendo el saludo del Puente Cuatro como si de algún modo inconcebible mereciera ese privilegio.

Kaladin alzó la lanza-Syl hacia Moash, pero el hombre solo se lo quedó mirando, con unos ojos que habían pasado a ser de un verde oscuro pero carecían de toda emoción, de toda vida. Moash no invocó su hoja esquirlada.

—¡Lucha contra mí! —le gritó Kaladin—. ¡Hagámoslo!

—No —dijo Moash, separando las manos a los lados—. Me rindo.

Shallan se obligó a mirar más allá del umbral hacia el cuerpo de Ialai, que Ishnah estaba inspeccionando.

Los ojos de Shallan querían deslizarse lejos del cadáver, mirar a cualquier otro sitio, pensar en cualquier otra cosa. Afrontar las cosas difíciles era un problema para ella, pero en parte había empezado a encontrar el equilibrio —con tres personalidades, cada cual útil para según qué cosas— cuando había aceptado su dolor. Incluso aunque no lo mereciera.

El equilibrio cumplía su cometido. Shallan podía funcionar.

Pero ¿estamos mejorando?, preguntó Velo. ¿O solo seguimos flotando en el mismo sitio?

Me conformo con no empeorar, pensó Shallan.

¿Durante cuánto tiempo?, insistió Velo. Llevamos un año ya aguantando el viento, sin resbalar hacia atrás pero sin progresar tampoco. En algún momento tendrás que empezar a recordar. Las cosas difíciles.

Eso no. Aún no. Tenía trabajo que hacer. Dio la espalda al cadáver y se concentró en los problemas que tenía delante. ¿Los Sangre Espectral tenían espías en el círculo interno de Shallan? Encontró la idea no solo plausible, sino probable.

Quizá Adolin estuviera dispuesto a considerar cumplida aquella misión, y Shallan podía aceptar que infiltrarse con éxito en los Hijos de Honor había demostrado al menos que era capaz de planear y ejecutar una estratagema. Pero no podía evitar la sensación de que había sido una marioneta de Mraize, a pesar de todos los esfuerzos de Velo.

—Aquí no hay nada aparte de unas botellas de vino vacías —dijo Rojo, que estaba abriendo cajones y exhibidores del aparador—. ¡Espera! Creo que he encontrado el sentido del humor de Gaz. —Levantó algo pequeño con dos dedos—. Ah, pues no. Era solo una fruta vieja y seca.

Gaz había encontrado una pequeña alcoba al fondo de la sala, al otro lado de la puerta que había visto Velo.

—Si de verdad encuentras mi sentido del humor, mátalo —respondió desde dentro—. Será más piadoso que obligarlo a aguantar tus bromas, Rojo.

—La brillante Shallan las encuentra graciosas, ¿a que sí?

—Cualquier cosa que moleste a Gaz es graciosa, Rojo —dijo ella.

—¡Pues yo me molesto a mí mismo! —exclamó Gaz. Asomó la cabeza, con su barba completa y dos ojos sanos ya, después de que el que había perdido volviera a crecerle cuando por fin aprendió a absorber luz tormentosa unos meses antes—. Así que debo de ser el tormentoso hombre más desternillante de todo el planeta. ¿Qué estamos buscando, Shallan?

—Papeles, documentos, cuadernos —respondió ella—. Cartas. Cualquier cosa escrita.

Los dos retomaron su inspección. Encontrarían cualquier cosa que fuese evidente, pero Ialai había dejado claro que había algo inusual que hallar, algo oculto. Algo que Mraize no querría que Shallan tuviera. Cruzó la sala, rodó un poco sobre sí misma apoyada en un talón y miró hacia arriba. ¿Cómo había pasado por alto Velo la preciosa decoración pintada en voluta cerca del techo, que rodeaba toda la estancia? Y la alfombra del centro quizá fuese monocroma, pero era gruesa y estaba bien cuidada. Shallan se quitó los zapatos y las calzas para caminar sobre ella, sintiendo las suntuosas hebras bajo los dedos de los pies. Aquella sala era un poco austera, sí, pero no lúgubre.

¿Dónde estaban los secretos? Patrón zumbó en su falda mientras Shallan se dirigía al aparador e inspeccionaba los vinos. Ialai había mencionado una variedad extraña. Aquellos vinos eran la pista.

No había más remedio que probarlos. Shallan había superado pruebas mucho más desagradables en cumplimiento del deber. Rojo enarcó una ceja al ver que Shallan empezaba a servirse y probar un poquito de cada botella.

A pesar de la extensa diatriba de Ialai sobre los vinos, a Shallan la mayoría le parecieron de lo más mediocres. Pero tampoco era ninguna experta; le gustaban las cosas que sabían bien y la emborrachaban.

Al pensar en eso, absorbió un poco de luz tormentosa y anuló los efectos del alcohol. No era el momento de tener la cabeza turbia. Aunque la mayoría de vinos eran del montón, acabó llegando a uno que no logró situar. Era un vino dulce, de un rojo intenso, el color de la sangre. Su sabor no se parecía a nada que hubiera probado antes. Afrutado pero robusto, y quizá un poco… pesado. ¿Era la forma correcta de decirlo?

—Aquí tengo unas cartas —dijo Gaz desde la alcoba—. También hay unos libros que parecen escritos a mano por ella.

—Recógelo todo —ordenó Shallan—. Luego lo clasificaremos. Tengo que ir a preguntar una cosa a Adolin.

Sacó la botella para enseñársela a Adolin. Había varios guardias vigilando la puerta y no parecía que nadie del campamento de guerra hubiera reparado en el ataque. O por lo menos, nadie había acudido allí.

Shallan hizo caso omiso del cadáver y luego se obligó a mirarlo de nuevo. Adolin se acercó para hablar con ella en voz baja.

—Deberíamos ir marchándonos. Han escapado unos pocos guardias. Quizá nos interese escribir pidiendo que unos cuantos Corredores del Viento nos faciliten la extracción. Y… ¿qué ha pasado con tus zapatos?

Shallan miró sus pies descalzos, que asomaban por delante del vestido.

—Me coartaban la capacidad de pensar.

—Te coartaban… —Adolin se pasó una mano por su precioso pelo revuelto, rubio salpicado de negro—. Amor mío, a veces eres deliciosamente rara.

—Y el resto del tiempo, soy solo groseramente rara. —Shallan levantó la botella—. Bebe. Es por la ciencia.

Adolin frunció el ceño pero probó un sorbito, y entonces torció el gesto.

—¿Qué es? —preguntó ella.

—Es «vino» shin. No tienen ni idea de cómo fermentar bien el alcohol. Lo hacen todo a partir de una sola y extraña baya pequeña.

—Exótico, desde luego —dijo Shallan—. No podemos irnos todavía. Patrón y yo tenemos un secreto que desentrañar.

—Mmm… —dijo Patrón desde su falda—. Ojalá tuviera zapatos que quitarme para que mi cerebro funcione bien. —Calló un momento—. En realidad, me parece que no tengo cerebro.

—Volveremos enseguida —prometió ella, y regresó a la sala del aparador.

Rojo había ido con Gaz a la diminuta alcoba. No tenía ventanas y apenas había sitio para estar allí de pie. Contenía un colchón sin armazón y un cofre en el que al parecer estaban las notas y las cartas que había encontrado Gaz.

Ialai esperaría que toparan con aquellas cosas. Quizá escondieran secretos, pero no eran los que buscaba Shallan. «Ialai se mudó aquí después de que ardiera su palacio. Dormía en un cuchitril y se negaba a salir de esta fortaleza. Y aun así, Mraize logró introducir en ella no a una, sino a dos personas para matarla.»

Vino shin. ¿Sería esa la pista? ¿O algo en el aparador? Lo miró de arriba abajo y luego sacó su cuaderno de bocetos.

—Patrón —dijo—, busca patrones en la sala.

Patrón zumbó, se separó de su falda e hizo titilar el suelo al recorrerlo, como si de algún modo estuviera dentro de la piedra, abombando su superficie. Mientras el spren empezaba a buscar, Shallan bosquejó el aparador.

Memorizar un objeto y luego congelarlo en una ilustración tenía algo que le permitía verlo mejor. Podía estimar los espacios que quedaban entre los cajones, el grosor de la madera. Y al poco tiempo supo que en el aparador no podía caber ningún compartimento secreto.

Ahuyentó a unos pocos creacionspren antes de levantarse. Patrones, patrones, patrones. Observó la alfombra y luego miró los diseños artísticos pintados en las molduras de la sala. Shinovar. ¿El vino shin era importante de verdad o se había equivocado de pista?

—Shallan —dijo Patrón desde el otro extremo de la estancia—. Un patrón.

Shallan llegó deprisa hasta donde Patrón abombaba la piedra de la pared, cerca de la esquina noroeste. Se arrodilló y constató que las piedras sí que presentaban una tenue pauta, unas tallas desgastadas por el tiempo, que apenas logró palpar con las yemas de los dedos.

—Este edificio no es nuevo —dijo—. Por lo menos una parte de él ya se alzaba cuando los alezi llegaron a los campamentos de guerra. Construyeron la estructura sobre una base que ya existía. ¿Qué son esas marcas? Casi no llego ni a distinguirlas.

—Mmm. Son diez objetos en patrón, que se repiten —respondió él.

«Este de aquí se parece un poco a un glifo», pensó Shallan. Aquellos campamentos de guerra se remontaban a los días de las sombras, la era en que se habían alzado los Reinos de Época. Diez reinos humanos. ¿Diez glifos? Shallan no estaba segura de saber interpretar los glifos antiguos, que podrían haber dado problemas incluso a Jasnah, pero quizá no le hiciera falta.

—Estas piedras están por toda la base de la pared —dijo Shallan—. Miremos a ver si hay tallas más fáciles de distinguir.

En efecto, encontró algunas piedras mejor conservadas. Cada una de ellas presentaba un glifo y lo que parecía ser un pequeño mapa con la forma de uno de los antiguos reinos. Muchos parecían meros pegotes, pero la forma de medialuna que tenía la cordillera de Shinovar destacaba entre los demás.

«Vino shin. Un mapa con las montañas de Shinovar.»

—Busca todos los bloques que tengan esta misma talla —pidió a Patrón.

El spren lo hizo y resultó que la forma aparecía en un bloque de cada diez. Shallan los recorrió todos hasta que, al tercer intento, pudo mover un poco la piedra.

—Aquí —dijo—, en la esquina. Creo que este es el correcto.

—Mmm… —respondió Patrón—. Se desvía unos pocos grados, así que por definición sería coagudo.

Shallan sacó la piedra con cuidado. Dentro, como el mítico tesoro en gemas de los cuentos infantiles, encontró una pequeña libreta. Alzó la mirada para comprobar si Gaz y Rojo seguían en la alcoba contigua. Así era.

«Condenación, es mujer me tiene desconfiando de mis propios agentes», pensó Shallan mientras se guardaba la libreta en la bolsa segura y volvía a colocar la piedra en su sitio. Tal vez Ialai solo pretendiera sembrar el caos y la discordia. Pero… Shallan no podía aceptar por completo esa hipótesis, no con lo afligida que había parecido Ialai. No costaba mucho creer que los Sangre Espectral hubieran estado dándole caza: Mraize se había infiltrado en el círculo íntimo de Amaram y Ialai un año antes, aunque no los había acompañado en su huida de Urithiru.

Shallan ardía en deseos de hojear la libreta, pero Gaz y Rojo salieron con una funda de almohada llena de notas y cartas.

—Si ahí dentro hay algo más —dijo Gaz, señalando con el pulgar por encima del hombro—, no lo encontramos.

—Tendrá que bastarnos —dijo Shallan mientras Adolin le indicaba con un gesto que salieran—. Vámonos de aquí.

Kaladin titubeó, con la lanza apuntando al cuello de Moash. Podía acabar con él. Debía acabar con él. ¿Por qué no se decidía?

Moash… había sido amigo suyo. Los dos habían pasado horas junto al fuego, contándose sus vidas. Kaladin había abierto su corazón a ese hombre, de formas en las que no lo había hecho con casi ninguno de los demás. Había hablado a Moash, como a Teft y a Roca, de Tien. De Roshone. De sus temores.

Pero Moash no solo había sido un amigo. Más que eso, había sido miembro del Puente Cuatro. Kaladin había jurado a las tormentas y a los cielos en lo alto, si es que había alguien allí mirando, que protegería a aquellos hombres.

Kaladin había fallado a Moash. Con la misma rotundidad con que había fallado a Dunny, Mart y Jaks. Y de todos ellos, perder a Moash había sido lo más doloroso. Porque en aquellos ojos endurecidos, Kaladin se veía a sí mismo.

—Eres un hijo de puta —siseó Kaladin.

—¿Niegas que esto estaba justificado? —Moash dio una patada al cuerpo de Roshone—. Sabes lo que hizo. Sabes lo que me costó.

—¡Ya mataste a Elhokar por ese crimen!

—Porque se lo tenía bien merecido, igual que este de aquí. —Moash negó con la cabeza—. Esto también lo he hecho por ti, Kal. ¿Querrías dejar que el alma de tu hermano grite a las tormentas, sin venganza?

—¡No te atrevas a hablar de Tien! —gritó Kaladin.

Se sentía desequilibrado, perdiendo el control. Le ocurría siempre que pensaba en Moash, en la muerte del rey Elhokar, en cómo había fallado a la gente de Kholinar y a las tropas de la Guardia de la Muralla.

—¿Reclamas justicia? —preguntó vociferante Kaladin, señalando los cadáveres encadenados al muro—. ¿Y qué pasa con Jeber y ese otro hombre? ¿A ellos también los has matado por justicia?

—Por piedad —dijo Moash—. Era mejor una muerte rápida que dejarlos morir olvidados.

—¡Podrías haberlos soltado!

Las manos de Kaladin sudaban contra el arma, y su mente… su mente no pensaba bien. Se le estaba agotando la luz tormentosa, apenas le quedaba nada.

Kaladin, dijo Syl, vámonos.

—Tenemos que ocuparnos de él —susurró Kaladin—. Tengo que… que…

¿Que qué? ¿Matar a Moash mientras estaba indefenso? Aquel era un hombre al que en teoría Kaladin debía proteger. Salvar.

—Van a morir, ¿sabes? —dijo Moash en voz baja.

—Cállate.

—Todos a quienes amas, todos a los que crees que puedes proteger. Morirán de todas formas. No puedes hacer nada para evitarlo.

—¡He dicho que te calles! —gritó Kaladin.

Moash dio un paso hacia la lanza y dejó caer las manos a ambos lados mientras daba un segundo paso.

Lo más extraño fue que Kaladin se descubrió retrocediendo. Llevaba un tiempo muy cansado y, aunque intentaba no hacerle caso, aunque intentaba seguir adelante, el agotamiento cayó sobre él como un peso repentino. Kaladin había utilizado mucha luz tormentosa combatiendo y luego atravesando el fuego.

Se le acabó justo en ese momento y Kaladin se deshinchó. Las cosas que llevaba conteniendo toda la batalla lo inundaron. El entumecimiento, la fatiga.

Por detrás de Moash, el fuego lejano crepitaba y chisporroteaba. Desde más lejos llegó un fuerte estruendo que resonó en el túnel, el techo de la cocina derrumbándose por fin. Por el pasadizo rebotaron pedazos de madera ardiendo, ascuas que se disiparon en la tiniebla.

—¿Recuerdas el abismo, Kal? —susurró Moash—. ¿Aquella noche, bajo la lluvia? ¿Allí de pie, mirando la oscuridad de abajo y sabiendo que sería tu única liberación? Entonces lo sabías. Intentas fingir que lo has olvidado. Pero lo sabes. Igual que sabes que las tormentas vendrán. Igual que sabes que todo ojos claros mentirá. Solo hay una respuesta. Un camino. Un resultado.

—No… —susurró Kaladin.

—Yo he encontrado la mejor manera —dijo Moash—. No siento ningún remordimiento. Renuncié a él y, al hacerlo, me convertí en la persona que podría haber sido desde siempre… si no me hubieran retenido.

—Te has convertido en un monstruo.

—Puedo quitarte tu dolor, Kal. ¿Acaso no es eso lo que quieres? ¿Que termine el sufrimiento?

Kaladin se sentía como en trance. Petrificado, igual que cuando había visto… morir a Elhokar. Notaba la desconexión que llevaba supurando en su interior desde entonces.

No, ya había empezado a crecer antes de eso. Una semilla que lo había vuelto incapaz de luchar, de decidir, que lo había paralizado mientras sus amigos morían.

Su lanza esquirlada le resbaló de los dedos. Syl estaba hablándole, pero… Kaladin no podía oírla. Su voz era un vientecillo lejano…

—Hay un camino muy sencillo hacia la libertad —dijo Moash, estirando el brazo y apoyando la mano en el hombro de Kaladin. Un gesto reconfortante, familiar—. Tú eres mi amigo más querido, Kal. Quiero que dejes de sufrir. Quiero que seas libre.

—No…

—La solución es dejar de existir, Kal. Lo has sabido siempre, ¿verdad que sí?

Kaladin parpadeó para quitarse las lágrimas de los ojos, y entonces la parte más profunda de su ser, el niño pequeño que odiaba la lluvia y la penumbra, se encogió en su alma y se hizo un ovillo. Porque… sí que quería dejar de sufrir.

Lo deseaba con todas sus fuerzas.

—Solo necesito una cosa de ti —dijo Moash—. Necesito que reconozcas que tengo razón. Necesito que lo veas. A medida que sigan muriendo, recuérdalo. A medida que les falles, mientras te consuma el dolor, recuerda que existe una salida. Regresa a aquel precipicio y salta a la oscuridad.

Syl estaba chillando, pero era solo viento. Un viento distante…

—Pero yo no lucharé contra ti, Kal —susurró Moash—. No hay lucha que ganar. Los dos perdimos en el momento en que nacimos para esta vida maldita de sufrimiento. La única victoria que nos queda por delante es elegir terminar con todo. Yo encontré mi camino. Hay uno abierto para ti.

«Oh, Padre Tormenta —pensó Kaladin—. Oh, Todopoderoso. Yo solo… solo quiero dejar de fallar a mis seres queridos.»

Una luz estalló en la cámara subterránea.

Limpia y blanca, como la luz que emanaría del más puro de los diamantes. La luz del sol. Una pureza brillante, concentrada.

Moash bramó y dio media vuelta, protegiéndose los ojos de la fuente de aquella luz… que procedía del umbral. La silueta que había detrás no era visible más que como una mera sombra.

Moash rehuyó la luz, pero una versión traslúcida y vaporosa de él se separó y caminó hacia ella en vez de apartarse. Era como el rescoldo en los párpados después de un brillo intenso. En ella Kaladin vio al mismo Moash, pero de algún modo más erguido, llevando un uniforme azul brillante. Ese Moash alzó una mano, confiado, y Kaladin supo que había personas congregadas detrás de él aunque no pudiera verlas. Protegidas. Seguras.

La imagen de Moash se iluminó de sopetón mientras en sus manos cobraba forma una lanza esquirlada.

¡No! —aulló el verdadero Moash—. ¡No! ¡Llévatelo! ¡Llévate mi dolor!

Retrocedió tambaleándose hasta el lado de la cámara, frenético, mientras una hoja esquirlada, la del Asesino de Blanco, cobraba forma en sus manos. Dio un tajo al aire vacío. Por fin agachó la cabeza, se tapó la cara con un codo, pareció apartar de un empujón a la figura de la luz y corrió túnel arriba.

Kaladin cayó de rodillas, bañado en aquella luz cálida. Sí, había calidez. Kaladin se notó abrigado. Sin duda… si de veras existía una deidad… estaba mirándolo desde el interior de aquella luz…

La luz se atenuó y un joven larguirucho con el pelo negro y rubio corrió a ayudar a Kaladin.

—¡Señor! —exclamó Renarin—. ¿Kaladin, señor? ¿Estás bien? ¿Te has quedado sin luz tormentosa?

—Yo… —Kaladin sacudió la cabeza—. ¿Qué…?

—Vamos —dijo Renarin, pasándole el brazo por la axila para ayudarlo a levantarse—. Los Fusionados se han retirado. ¡La nave está lista para partir!

Kaladin asintió, entumecido, y dejó que Renarin lo pusiera en pie.

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Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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