AVANCE – El metal perdido: Caps. 5 al 8

Aquí estamos, una semana más, con la traducción de los avances. Tal y como Brandon fue comentando mientras escribía, seguimos con dos arcos separados. Por un lado están Wax y Steris, criando a sus pequeños mientras además Wax intenta sin éxito logar una estabilidad política con los territorios del sur. Por otro, Wayne y Marasi se han adentrado en territorio del Grupo, inmersos en unas cuevas legendarias en busca de respuestas.

¿Qué sucederá esta semana?

avance del metal perdido: capítulos 5 al 8. traducción de manu viciano.

publicado originalmente en la web de tor , el 3 de octubre de 2022

capítulo 5

Wax recorrió con paso fatigoso el suelo del senado, reparando en que los demás le dejaban espacio. No parecían querer mirarlo a la cara, ni siquiera quienes habían votado junto a él. Se volvían al ver que se acercaba, mientras se estiraban y charlaban entre ellos.

Salió al pasillo y fue hacia su despacho, recorriendo suelos con incrustaciones bajo una hilera de lámparas de araña. Cristal y mármol. Así era su vida ahora. Todo aquello de lo que había huido siendo joven adornaba cada uno de sus pasos, y las sombras le resultaban más oscuras, a pesar de la centelleante luz que llegaba desde arriba.

Wax creía que sus actos como senador podían superar con mucho a sus logros como vigilante de la ley, en términos de bien en bruto hecho para ayudar a la mayor cantidad de gente posible. Pero eso significaba también que sus fracasos suponían un peligro mucho mayor. En los Áridos uno dependía de su arma, de sus instintos y de su capacidad de hacer las preguntas adecuadas. Allí, en Elendel, Wax estaba obligado a depender de que otras personas hicieran lo correcto. Y hasta el momento nada había puesto tanto a prueba su fe en la humanidad, ni siquiera los asesinos en serie, como trabajar con políticos.

Se metió en su despacho y encontró allí a su familia y a Kath, la niñera. Trató de que no se le notara el disgusto, pero aun así Max percibió su estado de ánimo y se quedó con Kath, jugando con su cachorrito Soonie de peluche.

—En fin —dijo Wax con brusquedad, dejándose caer en su butaca—, un año de trabajo para nada.

—Hemos hecho lo que hemos podido —dijo Steris, sentándose a su lado.

—¿De verdad? —preguntó Wax, lanzando una mirada a la pila de cuadernos de su esposa—. Sé que seis de esos están llenos de ideas nuevas para convencer a distintos senadores. Si hubiéramos tenido más tiempo…

—Hemos hecho todo lo que era razonable que hiciéramos —dijo ella—, teniendo en cuenta nuestras otras obligaciones. —Entonces titubeó—. ¿No crees, Wax?

La miró a los ojos y vio que Steris se estremecía. Maldición. Aquello tenía que ser igual de duro para ella, ¿verdad? «Presta atención, herrumbroso idiota». Le cogió las manos y se las apretó.

—Es verdad —dijo—. Hemos intentado todo lo que estaba en nuestra mano, Steris. Pero al final, no era decisión nuestra.

Le apretó fuerte las manos. Steris era una persona increíblemente estable: había apoyado a Wax desde su regreso a Elendel, aunque él nunca habría imaginado lo importante que llegaría a ser en su vida. Pero en ese momento, notó que Steris temblaba. Y… herrumbres, él también. Se habían dedicado en cuerpo y alma a detener aquel proyecto de ley. Y hasta el último herrumbroso senador con el que Wax había hablado le había dicho que necesitaba más tiempo. ¿Y al final, votaban a favor? ¿Al final, optaban por…?

«No. Lo hecho, hecho está».

—Tenemos que seguir adelante —dijo.

—Sí. Adelante. —Steris asintió y miró alrededor—. Y también podríamos salir de este edificio. Ahora mismo solo se me pasan por la cabeza las distintas formas en que un oportuno desastre natural podría derrumbarlo.

Wax gruñó y se levantó para ayudar a recoger. Entonces vio un sobre en el borde de su escritorio. Antes no estaba, ¿verdad? Al levantarlo, notó que algo pesado se deslizaba hasta la esquina. ¿Una bala?

No, descubrió al abrirlo. Era un pendiente. Acompañado por una breve nota: «Tendrás que hacerte otro como este, cuando llegue el metal adecuado».

No tenía ni idea de lo que significaba. Y le daba igual. «Hoy no, Armonía —pensó—. Déjame tranquilo».

—¿Qué es eso? —preguntó Steris.

—Una cosa que me ha enviado Armonía —dijo Wax.

Steris lo miró.

—Así que —añadió él— es muy probable que no sirva para nada.

Steris apretó los labios. Era supervivencialista, por lo que en términos estrictos no adoraba a Armonía, que en su credo se consideraba el dios del Camino, una religión distinta pero complementaria. Sin embargo, después de todo lo que habían hecho y todo lo que habían visto, Steris había adoptado una visión un tanto… ecuménica de Dios. En todo caso, sabía que en otro tiempo Wax había venerado a Armonía.

Desde entonces… bueno, Dios y él tenían su pasado. Wax tenía la sensación de haber superado sus peores problemas con Armonía, desde la conversación que habían mantenido justo antes de que Wax empuñara los Brazales de Duelo. Pero es no impedía que Wax soltara alguna pulla de vez en cuando. Se guardó el sobre en el bolsillo de atrás y se olvidó de él.

Terminaron de recoger sus cosas. ¡Herrumbres, con los niños siempre había muchísimo que llevar de un lado a otro! Steris quería que tuvieran otro hijo, pero Wax no acababa de verlo claro. No le hacía gracia que se vieran superados en número.

Aunque por otra parte… no pudo contener la sonrisa cuando Max salió corriendo pasillo abajo, haciendo saltar su cachorrito Soonie de una baldosa de mármol negro a otra, evitando las blancas. Wax no solía ver por allí a las familias de otros senadores. Decían que traer niños al edificio era una falta de respeto. Pero si tanto respetaban ese edificio, ¿por qué lo habían mancillado votando de aquella manera?

«Muchos de ellos han votado como tú querías —tuvo que recordarse a sí mismo—. Y hay otros que tienen miedo. De que se los considere débiles. De intereses externos. No son todos escoria por votar en tu contra. Eso tienes que recordarlo. Algunos son buena gente, igual que en todos los oficios». Era solo que… bueno, que no le apetecía pensar en ello ahora mismo.

Al salir del edificio vieron toda una flota de carruajes que habían llegado para recoger a los senadores y llevarlos a fiestas, o a apariciones públicas, o a reuniones informales. Incluso quienes colaboraban más con Wax apenas lo invitaban casi nunca a menos que quisieran planificar algo concreto. Era como si… como si creyeran que él no se rebajaría a socializar sin más. O quizá era que Wax los incomodaba.

Mientras su familia se congregaba para esperar a su chófer, Max le tiró de la cola de la levita.

—¿Tas tristón, papá? —preguntó en voz muy alta—. No me van pa na los tristones. Son de lo peor.

Su forma de hablar hizo que varios senadores que esperaban cerca los miraran por encima del hombro y dieran bufidos. Wax enarcó una ceja.

—¿El tío Wayne ha estado enseñándote acentos otra vez?

—Sí —respondió Max en voz más baja—. Pero dice que no te lo cuente, y así creerás que soy un genio por hacerlos yo solito. —Sonrió—. Me dijo que hablara así cerca de los senadores para fastidiarlos. Y hoy es bueno fastidiarlos, ¿verdad?, porque os han puesto tristes a mamá y a ti.

Wax asintió mientras se arrodillaba.

—Pero tú no tienes que preocuparte de eso.

—¿Sabes lo que me alegra a mí cuando estoy triste? —preguntó Max.

—¿Abrazar a Tenny? —aventuró Wax, acariciando al kandra de peluche en la cabeza.

—Bueno, sí —dijo Max—. Eso y… ¿volar?

Miró a Wax con unos ojos grandes y esperanzados. En ese momento su coche a motor se detuvo junto a la acera y Hoid, el chófer, bajó de él.

—Su carruaje, señor —dijo, abriéndoles la puerta de pasajeros.

Pero herrumbres, ¿cómo decir que no a un niño cuando te miraba así?

—Gracias, Hoid —respondió Wax—. Por favor, lleva a mi esposa donde quiera. Kath, ¿tienes el arnés?

—Sí, milord —dijo ella.

La niñera pasó el bebé a Steris y se puso a hurgar en su enorme bolsa de ropa de repuesto y toallitas. Lanzó el arnés hacia Wax, que le entregó a cambio su levita y su chaleco.

Fue todo un travieso placer ponerse el arnés de cuero y ceñirse a Max a la espalda delante de todo el mundo. Luego, tras un cariñoso beso a Steris y la promesa de verla en casa, dejó caer un casquillo de bala y se volvió hacia la multitud.

—¡No sus pongáis envidiosos! —gritó Max—. ¡Os llevará a dar una vuelta también por cuatro recortes de na! ¡Pero tenéis que pedírselo de buenas y no ser una pandilla de mas-mones!

Eh… Quizá Wax debería tener una pequeña charla con Wayne. Pero de momento saludó al gentío y se lanzó por los aires, mientras Max soltaba un aullido de alborotado deleite

capítulo 6

El túnel al que entró Marasi mostraba signos antiguos de civilización en los restos de paredes de ladrillo que cubrían la áspera piedra natural. En un suelo liso, allanado a cincel. En los candeleros de las paredes, picados de óxido como si padecieran alguna enfermedad terrible.

Sacó su última granada, la que le había cargado Wax. Las del modelo nuevo podían mantener la carga durante horas, aunque, con el tiempo que había transcurrido, su efecto no duraría mucho después de activarse. Tres o cuatro minutos como máximo. Aun así, Marasi estaba más tranquila con la granada en la mano, así que, a regañadientes, dejó el rifle en el suelo y desenfundó su pistola. Además de manejarse con una mano, tenía menos metal que el rifle, por lo que quizá fuese una herramienta un poco mejor para combatir a un posible alomante. Por el mismo motivo, abandonó allí su estuche con metales de reserva, aunque se dejó puesto el cinturón con algunos instrumentos no metálicos adecuados para luchar contra alomantes.

Con la granada en una mano y el revólver en la otra, avanzó despacio por el tenebroso túnel. Los miembros de la banda habían enganchado unas pocas luces eléctricas en la pared de la derecha, con cables sujetos a los antiguos candeleros, pero titilaban perezosas, como si estuvieran a punto de quedarse dormidas. Al poco tiempo llegó a otra enorme caverna abierta, pero se quedó en la boca del túnel, inspeccionando agachada lo que tenía delante. El ciclo había ido por allí, y una parte de ella quería correr tras él a toda velocidad. Su parte más cauta mantuvo la calma y observó atenta en busca de una posible emboscada.

Aquella caverna tenía una grieta larga y no muy ancha que la recorría de izquierda a derecha. Antaño la había salvado un antiguo puente de piedra, pero se había derrumbado mucho tiempo antes y lo reemplazaba una construcción más reciente de tablones y cuerda, que cruzaba los cinco metros más o menos que tenía el hueco. El suelo de piedra se extendía unos diez metros entre Marasi y la grieta con su puente, y en la pared del otro lado se abría un túnel por el que seguir camino.

Pero Marasi no cruzó el puente. Vaciló, todavía en la entrada de la caverna. Aquellas paredes de ladrillo eran antiquísimas. ¿Quién debió de construirlas, tantos siglos antes? ¿Sería aquella cámara como la Tumba de los Originadores, en el centro de Elendel? ¿La gente se habría acurrucado en la caverna, mientras caían las paredes y el puente cuando Armonía rehízo el mundo?

En todo caso, Marasi estaba preocupada. El ciclo la había visto, y sus instintos le decían que no se limitaría a correr con la espalda expuesta. Le tendería una trampa. Marasi escudriñó la caverna y distinguió una forma oscura detrás de unas rocas que había entre ella y la grieta. Seguramente el ciclo esperaba que cruzara el puente a toda prisa para dispararle por la espalda.

Por desgracia, en el momento en que vio al hombre, este se levantó y alzó una pistola. Marasi activó por acto reflejo la granada, que llevaba agarrada contra al pecho. El dispositivo liberó un poderoso empujón de acero que le arrancó la pistola de la otra mano y la envió disparada hacia delante. Cayó directa al abismo.

Pero había reaccionado en el momento justo, porque el ciclo estaba disparándole y todas las balas fallaron, desviadas a ambos lados de ella hasta estamparse en la piedra. Marasi echó a correr en línea recta hacia él y distinguió su elegante traje a la tenue luz. El ciclo tenía los rasgos más duros de lo que había esperado. Cuello grueso, barba de unos días.

Había confiado en que el hombre llevara metal y en que su avance con la granada lo desequilibrase. Pero solo consiguió que se le escapara la pistola de las manos, enviada por el empujón alomántico al otro lado de la grieta, donde dio contra la pared del fondo y cayó cerca de la boca del túnel.

Aparte de eso, parecía que el hombre, igual que Marasi, era lo bastante precavido como para no llevar demasiado metal encima.

—Por la autoridad de la comisaría del Cuarto Octante —dijo, deteniéndose a unos tres metros de él—, quedas detenido por evasión de aranceles, asociación delictiva y transporte ilegal de armas. Estás desarmado y atrapado. Sé listo y ríndete.

En vez de eso, el ciclo sonrió. Entonces empezó a crecer.

Su traje tenía botones a lo largo de los brazos, que se soltaron de golpe para dejar más espacio mientras los músculos del hombre se expandían a unas proporciones absurdas. La levita también aguantó, ampliándose mediante unas ingeniosas abrochaduras de madera que se liberaron a ambos lados.

Demonios. Era feruquimista. No parecía terrisano, pero en realidad Wayne tampoco. No siempre se notaba a simple vista.

Marasi retrocedió. Liarte a puñetazos contra alguien que estaba decantando fuerza era pedir a gritos que te partieran la cara. En vez de eso, desactivó la granada para conservar lo que le quedaba de carga y corrió hacia el puente y la pistola que había al otro lado. El ciclo se apresuró a cortarle el paso situándose justo delante del puente. Desde allí, con una carcajada, arrancó las cuerdas que lo sostenían.

Muy bien. Los feruquimistas no eran como los alomantes. No podían echarse una nueva carga de metal a la boca y seguir funcionando. A lo mejor podía hacer que se le terminara la fuerza almacenada.

El ciclo soltó las cuerdas, dejando que la construcción de madera se derrumbara.

—Trell te buscaba a ti en concreto, alguacil —comentó en una voz que parecía demasiado aguda para un cuerpo tan enorme—. Es muy amable por tu parte entregarte a mí.

Marasi dio media vuelta y corrió hacia su rifle. Oyó que la perseguían unas pisadas atronadoras, que le iban ganando terreno y la obligaron a arrojarse al suelo justo antes de llegar al arma. La maniobra impidió por los pelos que el hombre la agarrara.

Rodó mientras el ciclo descargaba un puñetazo que impactó contra el suelo, y el hombre gruñó y levantó los nudillos ensangrentados. La fuerza feruquímica podía ser peligrosa. De hecho, muchas de las artes metálicas podían dañar a quien las utilizaba, la de Marasi incluida. Logró esquivar también los siguientes puñetazos. Por suerte para ella, el ciclo no parecía tener mucha práctica con su poder. Aunque su ropa estaba pensada para sobrevivir a él, era evidente que no estaba cómodo moviéndose y luchando en aquella forma más voluminosa.

¿Qué clase de feruquimista no practicaba con su capacidad? Marasi intentó llegar al rifle, arrodillándose y medio abalanzándose, medio cayendo hacia él. El ciclo fue más rápido: saltó por encima de Marasi con un poderoso impulso y agarró el arma. Entonces la partió por la mitad y arrojó el cañón hacia ella.

Marasi activó la granada justo a tiempo y el cañón rebotó de vuelta hacia él. Pero tenía la cajita agarrada en mala postura y casi le resbaló de entre los dedos por la sacudida que dio al repeler un objeto en movimiento.

Empujones de acero. Transferencia de fuerza. El ciclo no era el único que estaba utilizando un poder con el que no tenía mucha práctica.

Desactivó la granada mientras el ciclo esquivaba. El cañón del rifle rebotó contra la pared de atrás y rodó hacia ella. Marasi intentó recogerlo para usarlo a modo de porra.

Por desgracia, el hombre se lanzó hacia ella y le aferró el brazo izquierdo, el que sostenía la caja. Sus fuertes dedos le estrujaron la carne, y herrumbres, daba la sensación de que podrían aplastarle los mismos huesos. Maldiciendo dolorida, Marasi llevó la otra mano a la vaina de su cinturón. Mientras le empezaban a llorar los ojos, alzó una pequeña y reluciente arma y descargó una puñalada que atravesó el brazo del ciclo.

Su enemigo aulló y la soltó antes de arrancarse el arma sanguinolenta de la carne.

—Daga de cristal —dijo ella—. Un clásico.

El hombre la miró furibundo y levantó el brazo. La herida sangrante empezó a sanar.

Diablos. ¿Sanación feruquímica? Aquello lo demostraba. Marasi nunca había conocido a nadie que tuviera por naturaleza dos poderes feruquímicos. Ese hombre estaba usando el arte prohibido. La hemalurgia.

Marasi recogió el cañón del rifle y retrocedió, pero los movimientos del combate la habían situado de forma que solo podía alejarse hacia el abismo. Cada pisada la alejaba más del túnel por el que había llegado, su única posible ruta de escape. Herrumbres.

Cedió terreno, paso a paso, mientras devolvía la daga a su vaina. Entonces vio horrorizada que los ojos del ciclo empezaban a emitir un tenue resplandor rojo.

—Trell está escogiendo anfitriones —dijo—. Avatares a los que otorga su poder. ¿Qué te parecería ser el logro que me demuestre digno de la inmortalidad, vigilante de la ley? Lo único que tienes que hacer es morir.

Marasi siguió hacia atrás, devanándose los sesos. El ciclo no parecía preocupado por ir a quedarse sin fuerza a corto plazo. Al cabo de unos momentos la había llevado hasta la grieta, cerca de la acumulación de rocas tras la que había estado escondido. Marasi pasó detrás de ellas, pero no eran muy altas.

Una mirada rápida la informó de que el precipicio, del que ya solo la separaban escasos centímetros por detrás, tenía al menos dieciséis metros de profundidad. No podría escapar por él.

—Te has dejado acorralar contra una sima —dijo él avanzando—. Y ahora, ¿qué? Quizá haya llegado el momento de… ¿Cómo era? ¿Ser lista y rendirte?

Marasi preparó la granada para que se activara con unos segundos de retraso y la encajó en un agujero entre las rocas. Entonces agarró el cañón del rifle, que llevaba bajo el brazo, y se lo apretó con fuerza contra el pecho.

El hombre frunció el ceño. La granada se activó.

Transferencia de fuerza. Cada empujón de acero creaba un empujón equivalente en dirección opuesta. La granada repelió el cañón del rifle, que hizo volar a Marasi hacia atrás con un enorme impulso, tanto que salvó el abismo.

Se estampó de espaldas contra la pared. El impacto la dejó aturdida, y en ese momento la carga de la granada se agotó. Marasi cayó al suelo. Había cruzado al otro lado de la grieta, como tenía previsto, pero estaba sin aliento y mareada.

Entre lágrimas, vio que el ciclo tomaba carrerilla y cruzaba el abismo de un salto. Así que Marasi gateó por el suelo, medio cegada por el dolor, buscando sobre la piedra polvorienta, desesperada por encontrar la pistola…

¡Ahí estaba!

El ciclo se cernía sobre ella como una espantosa sombra, con el brazo alzado para aplastarle el cráneo. Marasi reaccionó con tres disparos directos a la cara. El hombre cayó.

«Madre mía», pensó Marasi, incorporándose a pesar del dolor. Wax hacía cosas como aquella a todas horas. Saltar por acantilados, volar de un lado a otro y estrellarse contra cosas. ¿Cómo narices no tenía el cuerpo hecho un guiñapo?

Se palpó las costillas, esperando no tener nada roto. Lo que más le dolía era el hombro izquierdo, y Marasi hizo una mueca. El dolor la distraía tanto que tuvo que obligarse a concentrarse. Un disparo en la cabeza debería impedir que un hacedor de sangre sanara, pero una parte de ella no dejaba de insistir en que lo comprobara de todos modos.

Se acercó resollando para inspeccionar el cadáver. Y vio que las heridas de bala estaban curándose en la cabeza del hombre, los agujeros del cráneo cerrándose.

Herrumbrosos demonios.

Giró el cuerpo desplomado bocarriba y se apresuró a sacar la daga de la vaina. ¿Aquel tipo estaba sanando de balazos en la cabeza? Allí pasaba algo muy raro. Le disparó de nuevo, pero sería solo un remedio temporal.

Así que le rasgó la camisa y descubrió cuatro clavos bien hundidos entre las costillas. Como había sospechado. Cuchillo en mano, emprendió la repugnante tarea de sacárselos. Aceleró el ritmo al darse cuenta de que al menos uno de ellos estaba hecho de un extraño metal con manchas de color rojo oscuro, parecidas al óxido. Un metal que llevaban una eternidad buscando.

Los ojos del ciclo se abrieron de sopetón, aunque tenía la mandíbula partida y agujeros en el cráneo. Marasi maldijo y se apresuró aún más, urgiendo a sus dedos ensangrentados a esforzarse por soltar el primero de los cuatro clavos, tan incrustado entre las costillas que costaba de liberar.

¡Los ojos! Brillaban con un intenso fulgor rojo.

—La ceniza viene de nuevo —dijo el hombre entre labios sanguinolentos, con un extraño chirrido en la voz—. El mundo caerá ante ella. Tendréis lo que os merecéis, y todo se marchitará bajo una nube de negrura y una mortaja de cuerpos abrasados y hechos ceniza.

Marasi apretó los dientes, afanándose con el punzón de metal que parecía oxidado, resbaladizo por la sangre.

—Vuestro fin… —susurró la voz—. Vuestro fin se avecina. Ya sea por la ceniza o a manos de los hombres de dorado y rojo. Dorado y…

Marasi arrancó el clavo. El brillo rojo se desvaneció, el cuerpo se derrumbó, la curación cesó. Marasi le buscó el pulso en el cuello de todos modos, e incluso después de no encontrarlo, sacó los otros tres clavos del cuerpo.

Luego por fin se apoyó en la pared, gimiendo un poco. Más valía que Wayne hubiera encontrado la forma de lidiar con los demás ladrones… porque Marasi dudaba mucho que tuviera la fuerza suficiente para levantar una pistola en esos momentos. Cerró los ojos y trató de no pensar en aquella terrible voz.

capítulo 7

Max pidió a Wax que hiciera cada brinco más alto, más rápido. Los gritos de gozo del niño se imponían al fragor del viento y al aleteo de la ropa. Y herrumbres, qué contagioso era. Wax había sido un niño muy serio, rasgo que se había extendido a su edad adulta. Pero hasta él apreciaba la impresión que daba un empujón de acero bien ejecutado.

La súbita explosión de velocidad, el momento de quietud en el cénit. El vuelco del estómago cuando empezaba el descenso. Era muy distinto a cualquier otra experiencia que pudiera tener el ser humano, o por lo menos a las que pudiera tener y sobrevivir.

En la lejanía se divisaba una aeronave comercial malwish que llegaba a Elendel volando gracias a sus extraños dispositivos de ettmetal, mientras Wax y su hijo cruzaban juntos la ciudad a saltos, disfrutando de un panorama que de algún modo era a la vez reduccionista y expansivo. Desde tan alto se distinguían las avenidas principales que dividían la ciudad en octantes. Se alcanzaba a entender y a sentir los distintos vecindarios, el familiar y forzado abarrotamiento de los barrios bajos, los extensos pero aislados terrenos de las mansiones.

En otro tiempo Wax había dado por hecho que una experiencia como aquella —no solo la altura, sino también el movimiento al cruzar la ciudad por arriba— estaría restringida siempre a los lanzamonedas. Pero entonces las aeronaves malwish habían arrojado esa suposición por la ventana desde mil metros de altura.

De todos modos, había algo en aquella perspectiva que le daba la sensación de que le pertenecía a él. Aquella era su ciudad. Había regresado a ella y, con los años, había llegado a amarla. Representaba lo mejor que podía lograr la gente: era un monumento al ingenio, el hogar de miles de ideas, de tipos de persona, de vivencias diferentes.

A instancias de Max, los llevó más alto, utilizando los rascacielos como anclajes para empujarse hacia arriba, de un lado a otro hasta que se posaron casi en la cima de un edificio concreto. La Torre Ahlstrom. Su ático era el hogar de la familia, y Wax lo había elegido por unos motivos muy concretos. Llegar quemando acero a la cumbre de un edificio demasiado alto era difícil, ya que los anclajes cercanos contra los que empujar se terminaban. Por suerte, aquel edificio tenía varios otros rascacielos a una distancia inusualmente corta, lo que le proporcionaba anclajes con los que empujarse hacia dentro.

Ese día Wax no se detuvo en el ático. Llevó a Max a la azotea, donde había una pequeña plataforma a la que un limpiacristales podía engancharse para descender con sus utensilios. Wax se sentó en ella y Max se quitó los amarres, aunque seguía unido al arnés por una cuerda fuerte. Wax no dudaba de su fiabilidad: la había diseñado Steris.

Max sacó una bolsita de sámaras y empezó a dejarlas caer por el lado del edificio y a ver cómo rodaban y rodaban hacia la ajetreada calle de abajo. Pese a la altura, Wax oía las bocinas de los coches en la calzada. Habían bastado seis años para que apenas se viera ya ningún carruaje tirado por caballos en las arterias de la ciudad. El progreso era como un equipo de demoliciones: o avanzabas con él o te convertías en escombros.

La plataforma estaba orientada hacia el norte. A la izquierda de Wax, las resplandecientes aguas de la bahía de Hammondar eran una inmensa carretera hacia… bueno, la verdad era que no sabía hacia qué. La Cuenca no era un pueblo de exploradores. Por mucho que adorasen las historias de Wax en sus tiempos mozos, o peor aún, las de ese payaso de Jak, la mayoría se contentaba con disfrutar de su ciudad. Era un problema que tenía Elendel: disponía de todo lo que uno pudiera creer que necesitaba, así que ¿para qué ir a buscar en otro sitio? Ni siquiera habían reparado en que allá fuera había todo un continente más al sur hasta que había llegado una aeronave para investigar la Cuenca.

Y sí, desde ese momento se habían enviado expediciones. Pero de todos modos casi todo el mundo estaba satisfecho quedándose allí, y Wax no se lo reprochaba. Sus mayores esfuerzos para mejorar las condiciones de vida se habían concentrado en la Cuenca. No sabía cómo reaccionar los malwish. Después de seis años, todavía encontraba intimidatoria la repentina enormidad del mundo.

Max dio unos saltitos de puro deleite y lanzó un puñado entero de sámaras al aire. Lo fascinado que estaba el chico con las alturas incomodaba a Kath, pero ¿qué se podía esperar de un niño que llevaba desde la más tierna infancia amarrado cada dos por tres a un padre que encontraba demasiado lentos los medios de transporte convencionales?

Wax miró al norte, hacia los Áridos. Hacia la maravilla, el misterio y una vida que le había encantado. Se notaba…

Herrumbres. No se notaba triste.

Parpadeó y ladeó la cabeza. Desde su regreso, Elendel nunca había dejado de parecerle una obligación. Tanto la aventura como el bienestar se hallaban fuera de la ciudad, llamándolo. Y aunque las cosas habían ido mejorando con los años, nunca había dejado de sentir esa llamada. Hasta…

Hasta ese día. Ese día recordó las partes de su vida que le habían encantado en el norte… pero no quiso recuperarlas. En Elendel tenía una vida que adoraba tanto como aquella. Quizá más, a juzgar por la calidez que lo embargó con la risa de Max. Aquel… aquel era su lugar. No solo eso: aquel era el que quería que fuese su lugar.

Fue tranquilizador darse cuenta de ello. Había… dejado atrás el duelo por fin, ¿verdad?

Con una sonrisa propia, levantó a Max de la plataforma y le dio un fuerte abrazo, aunque el chico era demasiado escurridizo, incluso de bebé, para soportar aquellas cosas mucho rato. Al poco tiempo ya estaba insistiendo en que jugaran a «ir a por la pelota», un juego que el propio Max se había inventado unos meses antes. Consistía en que Max tiraba al aire una bola de mimbre con un minúsculo peso de metal en el centro y entonces Wax intentaba lanzarla para que cayera en el tejado de algún edificio cercano. El mimbre impedía que provocara daños si caía a la calle, pero el metal permitía que Wax apuntara. Cuando la bola estaba en un tejado, saltaban a él para recogerla.

Max hizo el primer lanzamiento, pero Wax no consiguió que la pelota llegara lo bastante lejos.

—Tírala más alta —sugirió a Max después de ir a recogerla.

—Si la tiro alta —protestó Max—, nos caerá otra vez en la cabeza. Quiero que vaya a ese edificio de ahí.

—Lo primero es la altura —dijo Wax—. Créeme. Cuanto más alta la tires, más lejos puedo enviarla.

Max probó otra vez y, con su lanzamiento más alto, Wax logró que la pelota terminara en el tejado que quería su hijo. Luego saltaron tras ella. Wax se preguntó que pensaría la gente de los rascacielos vecinos al ver tan a menudo a un senador volando fuera de sus ventanas con un niño sujeto a la espalda.

Por desgracia, había un límite al tiempo que podía entretenerlo la diversión del juego. Llevaban media hora yendo a por la pelota cuando Wax aterrizó en un edificio y se encontró cara a cara con una visión impresionante. La nave malwish de antes estaba ya mucho más cerca.

La construcción de madera, impulsada por ventiladores gigantes, se alzaba en el aire sobre Elendel. Wax había visto los intentos que había hecho la Cuenca de diseñar sus propias aeronaves utilizando helio o aire caliente. Pero el tamaño de la cabina que podían levantar esas naves, incluso en las previsiones más optimistas, no era nada en comparación con lo que podían mover los malwish. Su nave era una fortaleza en el cielo.

Y no era un mercante, como había creído. Era una nave de guerra. Una demostración de fuerza, aunque no manifestara una hostilidad inmediata en su acercamiento lento y bajo. Pretendía transmitir una declaración, no una amenaza.

Así que, después de poner las correas de nuevo a Max y comprobar que estaba bien sujeto en su sitio, Wax se empujó por los aires en dirección a la aeronave, decidido a averiguar qué estaba pasando.

capítulo 8

Marasi terminó encontrando sendas escalerillas de mantenimiento que le permitieron descender al fondo de la grieta y subir por el otro lado. Se dirigió a la cámara principal, agotada y perturbada por lo que había oído y lo que había tenido que hacer. Pero tenía un cuadernillo lleno de cifras y fechas de envíos que había encontrado en el cadáver, y parecía bastante prometedor.

También tenía algo más peligroso. Cuatro clavos. Era curioso que al de manchas rojizas no le gustara entrar en contacto con los otros, porque ofrecía resistencia cuando Marasi intentaba acercarlos. Así que lo había envuelto en tela y lo llevaba en otro bolsillo.

Cruzó con paso vacilante la puerta de metal reforzada y encontró una escena de absoluto caos. Una enorme detonación había provocado otras explosiones en cadena, a juzgar por las marcas del suelo. La caverna entera estaba sembrada de metralla, partes de maquinaria y una alarmante cantidad de cuerpos.

Wayne estaba acuclillado en el centro de todo, con la ropa hecha trizas, jugando a las cartas con todo un grupo de matones atados. Había dispuesto sus naipes en el suelo ante ellos, aunque tuvieran las manos atadas a la espalda.

—¿Seguro que quieres abrir con esa, socio? —preguntó Wayne, moviendo la barbilla hacia la carta que un hombre había elegido con un dedo del pie.

—Es la carta más alta —dijo el prisionero.

—Ya, pero ¿estás seguro? —insistió Wayne, mirando su propia mano.

—Eh… creo que sí.

—¡Maldición! —exclamó Wayne, soltando su mano en el suelo—. Juego tres ochos detrás de los nueves. Tú ganas.

—Pero… —dijo otro hombre—. Si sabes las cartas que tenemos, ¿por qué has jugado así?

—Tengo que fingir que no veo vuestras cartas, amigo —respondió Wayne—. Si no, ¿qué gracia tiene? Hacer trampas es una cosa, pero si veo a las claras lo que vais a hacer… bueno, para eso mejor juego conmigo mismo. Y eso hay maneras mucho más divertidas de hacerlo.

Marasi llegó a trompicones. Wayne tenía a quince matones en distintos grados de cautividad. Tal y como había dicho, había podido usar su burbuja de velocidad para contrarrestar las de lentitud que había lanzado Marasi y sacarlos de uno en uno. El control que tenía sobre su poder era cada vez más impresionante.

No se extrañó de que Wayne hubiera capturado a tantos, porque prefería no matar. Era algo en lo que coincidían. Y en cuanto a la partida de cartas… bueno, a aquellas alturas sus excentricidades apenas la sorprendían ya. Se sentó en los restos de un contenedor roto.

—Wayne, me habría venido bien que me ayudaras.

—Para cuando tenía a toda esta gente amarrada —respondió él—, tú ya habías acabado con el tipo del traje. Te he visto descansando, y he pensado que mejor te dejaba un poco de tiempo.

Marasi ni se había dado cuenta. Herrumbres, aún le dolía el hombro. Hizo una mueca mientras miraba a su alrededor en la caverna.

—Estooo… —dijo Wayne—. Caray. ¿Te has pasado al canibalismo, o algo así?

Marasi bajó la mirada a su uniforme, que estaba todo ensangrentado.

—¿Canibalismo? ¿Eso es lo primero que te viene a la cabeza?

—Cuando uno ve a una mujer cubierta de sangre —dijo Wayne—, lo natural es que se pregunte si se habrá dado un festín con el hígado de sus enemigos derrotados. Tampoco es que lo critique.

—¿Que no lo criticas? —exclamó Marasi—. Wayne, eso es algo por lo que sin duda deberías criticar a alguien.

—Es verdad. Vergüenza debería darte, entonces.

Marasi suspiró.

—Y yo pensando que por fin me había acostumbrado a tu waynitud. —Le enseñó los clavos, de quince centímetros y gruesa cabeza salvo el último y más interesante de todos, que era estrecho y fino y tenía menos de diez centímetros—. Los he sacado del cuerpo del ciclo. Habría vuelto a la vida, curándose a sí mismo, si se los hubiera dejado.

—¿Cómo? —preguntó él—. No funciona así.

—Para él sí que funcionaba. El motivo podría ser este otro clavo.

—¿Eso es…?

—¿Trellium? —dijo ella—. Sí. Tiene que serlo.

Wayne silbó flojito.

—Esto hay que celebrarlo. ¿Me has guardado un poco de hígado?

Marasi le lanzó una mirada inexpresiva, a la que Wayne respondió sonriendo de oreja a oreja.

—No comemos personas —dijo ella a los prisioneros—. Mi compañero está de broma.

—Venga, Marasi —protestó Wayne—. Estaba ganándome una reputación con esta gente.

—Hemos irrumpido en su caverna —dijo Marasi—, derrotado a su líder, hecho estallar la mayoría de sus mercancías, matado a la mitad de ellos y capturado al resto. A mí me parece que no tendrás problemas de reputación. —Entornó los ojos al fijarse en que todos los presos estaban descalzos—. ¿Quiero saber por qué les has quitado los zapatos?

—Por los cordones —respondió Wayne, y Marasi les miró las manos atadas—. Un viejo truco de los Áridos cuando no tienes bastante cuerda. —Hizo una seña a un lado con la cabeza y los dos se apartaron para hablar en privado—. Son muchos detenidos, Marasi, y los cordones de zapato no van a contenerlos muy allá. En cualquier momento uno sacará un cuchillo que se me haya pasado, o peor, una pistola. Así que…

—¿Refuerzos Instantáneos? —preguntó ella.

—Herrumbres, me encanta ese nombre en código.

—Si sirve para que pueda darme un baño más pronto, me apunto. Debería haber alguna salida a la ciudad por donde he venido, y en el lado derecho de la grieta tienes una escalerilla. —Calló un momento—. ¿Compruebas el cuerpo, por favor? Tengo el horrible presentimiento de que me he dejado un clavo y ese hombre vendrá a buscarme.

—Hecho —dijo Wayne. Paseó la mirada un momento por la caverna—. Buen trabajo.

—Hemos volado el sitio y matado al hombre que más información tenía.

—Hemos sobrevivido —replicó Wayne—, detenido a una pandilla de malhechores, protegido la ciudad, negado recursos a nuestro enemigo y recuperado unos metales importantes. Tal y como yo lo veo, hemos hecho un trabajo herrumbrosamente bueno. Te exiges demasiado, Marasi.

Bueno… tal vez sí. Era una cosa que se interiorizaba, cuando una se criaba como ella. Así que Marasi asintió y, al permitirse aceptar el cumplido, sintió que se quitaba cierto peso de encima. Wayne se marchó al trote y Marasi regresó hacia la banda de matones atados, sosteniendo el revolver a propósito en una postura amenazadora.

Por cómo la miraban, tampoco hacía falta demasiado para intimidarlos.

—Vosotros sois los afortunados —dijo, sobre todo para distraerlos—. Se os tratará con justicia. Siempre que no hagáis ninguna idiotez. —Metió la mano en el bolsillo, apartó de momento el cuadernillo del ciclo y sacó una libreta que solo estaba un poco manchada de sangre—. Tengo aquí una lista de derechos que voy a leeros. Prestad atención si queréis saber las opciones y las protecciones legales que tendréis disponibles.

Abrió la libreta mientras quemaba cadmio para lanzar una burbuja de tiempo ralentizado que los envolvió a todos. Con un poco de suerte podría entretenerlos leyendo, porque si observaban el perímetro verían que los fuegos humeantes se extinguían demasiado rápido.

Supuso que era lo único que podía delatarla, porque en una caverna no había tantas pistas como en el exterior, donde el movimiento del sol, las hojas cayendo de los árboles o los peatones deambulando les revelarían a ciencia cierta lo que estaba pasando. Mientras los minutos transcurrían en tiempo lento para Marasi y los matones, Wayne llegaría a comisaría para traer refuerzos.

Marasi terminó de recitarles sus derechos y dio un lento paseo en torno a los cautivos, con la pistola lista y el metal ardiendo en su interior. Unos pocos se quedaron muy quietos cuando pasó: habían estado intentando desatarse. Wayne tenía razón. Tantos prisioneros suponían una situación que podía hacerse muy volátil. Con un poco de suerte, los refuerzos no tardarían.

De momento, sin embargo, Marasi se permitió pensar en el ciclo, cuyas últimas palabras le recordaban a lo que había dicho Miles Cienvidas, también antes de morir. «Un día, los hombres de dorado y rojo, portadores del último metal, vendrán a por vosotros. Y seréis gobernados por ellos».

Tocó la púa de trellium que llevaba en el bolsillo.

«La ceniza viene de nuevo», había dicho el ciclo ese mismo día.

No podía ser cierto. El Catacendro había significado la muerte y el renacimiento del mundo. Las lluvias de ceniza pertenecían a los mitos y las historias antiguas. No pertenecían a la actualidad, con sus luces eléctricas y sus automóviles impulsados por petróleo. ¿Verdad?

Se estremeció y lanzó una mirada al fondo de la caverna, ansiosa por distinguir a más agentes. Fue un alivio cuando un borrón de movimiento le indicó que llegaba alguien. Marasi estuvo a punto de deshacer la burbuja de lentitud, pero se detuvo al ver que había solo una persona. ¿Quién sería? ¿Wayne? La figura borrosa llegó como una exhalación al borde de la burbuja y se quedó allí quieta un momento.

Eso dio tiempo a Marasi el tiempo justo, un abrir y cerrar de ojos en realidad, para vislumbrar una forma femenina con ropa oscura y una máscara de tela negra cubriéndole la cara. No era una máscara malwish, sino más bien la que podría utilizar una ladrona que merodeara en la noche. La mujer era delgada, de pelo liso y negro. Pareció cruzar la mirada con Marasi y luego se emborronó de nuevo.

Quizá Marasi podría haber deshecho la burbuja, pero había sucedido todo demasiado rápido. De hecho, mientras aún intentaba comprender lo que había sucedido, una muchedumbre de manchas en movimiento de color marrón alguacil entraron en la caverna. Un segundo después, Wayne entró de un salto en la burbuja de lentitud. Activó su propio poder y los dos se cancelaron entre ellos, creando una zona de tiempo normal alrededor de ambos.

Herrumbres, ¿podía mejorar ella tanto con sus burbujas? Tenía tan poco tiempo libre que le parecía imposible experimentar, pero aun así… era extraordinario. Y también surrealista, aquello de no estar afectada por su propia burbuja de lentitud. Se volvió hacia los matones paralizados, uno de los cuales había logrado desatarse y estaba intentando escabullirse.

—Llegáis justo a tiempo —dijo Marasi, reparando en los agentes que se congregaban alrededor de la burbuja con redes y cuerdas—. Wayne, ¿os habéis cruzado con alguien al entrar?

—No —respondió él, frunciendo el ceño—. ¿Por qué? Ese cadáver tuyo sigue ahí fuera, igual de muerto que cuando lo has muerteado.

—Había alguien aquí hace un momento —explicó ella—. Hará unos quince minutos en tiempo normal. Nos ha echado un vistazo y se ha ido.

—Qué raro —dijo Wayne—. ¿Aún tienes esos clavos?

Marasi comprobó los bolsillos del uniforme. Había tres clavos en un lado y uno en el otro, y estaban igual que antes.

—Sí. ¿Preparado para que deshaga la burbuja?

Wayne asintió y ambos dejaron caer sus burbujas, permitiendo a Marasi gritar órdenes a los agentes. Avanzaron hacia el interior bien organizados, apresaron al que había estado a punto de escapar y ciñeron las ataduras de los demás. Los agentes médicos comprobaron a los muertos por si las moscas y entraron más alguaciles para recoger pruebas. Bueno, o al menos las pruebas que Wayne no hubiera hecho estallar.

—Vámonos —dijo Wayne—. Ya se encargan de esto. Tendríamos que enseñar a Wax lo que hemos encontrado.

—Bien, pero después de lavarnos un poco —repuso ella—. A juzgar por la peste que echas tú, Wayne, no quiero ni saber cómo huelo yo. Pero sí, tenemos que hablar con Waxillium.

Y no solo de los clavos. También sobre ojos rojos y muertes crípticas. «Tendréis lo que os merecéis, y todo se marchitará bajo una nube de negrura y una mortaja de cuerpos abrasados y hechos ceniza». Dejó el escenario del crimen a los demás agentes y siguió a Wayne hacia el exterior.

Apasionada de los comics, amante de los libros de fantasía y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, al LoL o algún que otro MMO. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora.

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