Avance - Nacidos de la Bruma, El metal perdido cap 9

AVANCE – El metal perdido: Cap. 9

Parece mentira, pero esta es ya la cuarta tanda de adelantos de El metal perdido que compartimos. Si antes nos parecía que la publicación estaba muy lejos, ahora la vemos cada día un poco más cerca. Disfrutad del avance, y como siempre, ¡podéis visitar el canal #the-lost-metal-canal-temporal de nuestro Discord para comentar y compartir vuestras teorías!

avance del metal perdido: capítulo. traducción de manu viciano.

publicado originalmente en la web de tor , el 10 de octubre de 2022

capítulo 9

La llegada de una nave de guerra era un acontecimiento, por supuesto, pero no algo inaudito. Visitaban la ciudad de vez en cuando, con permiso.

Por desgracia, incluso la baja altitud a la que volaba aquella aeronave era demasiada para que Wax llegara a ella mediante la alomancia. Necesitaría un anclaje metálico de un tamaño increíble para empujarse tan alto, o eso o… bueno, o metales a los que ya no tenía acceso.

Hubo un tiempo en que los había dominado todos. Un fogonazo trascendental de increíble fuerza, como si hubiera tocado el mismísimo Pozo de la Ascensión. Pero era mejor no pensar demasiado en su experiencia con los Brazales de Duelo, o cualquier otro momento terminaría pareciéndole soso en comparación.

Anunció su presencia dando unos cuantos brincos altos cerca de la aeronave, que envió un pequeño esquife para recogerlos a Max y a él. Les entregaron unos medallones para que redujeran su peso, aunque a Wax no le hacía falta. Los aviadores malwish enmascarados parecieron intimidarse cuando rechazó el suyo, en un recordatorio de que era nacidoble.

De entre las cinco naciones que componían el continente sureño, aquella gente, los malwish, eran con quienes más había tratado Wax. Eran el único país que había enviado embajadores a Elendel, y cada vez era más frecuente que mediaran en todas las relaciones oficiales con el sur. Por lo que Wax había podido averiguar, en los últimos seis años la política del continente sureño se había sacudido incluso más que la de la Cuenca. Unas rivalidades antaño tempestuosas habían amainado en favor de la unidad. ¿Para qué reñir entre ellos si en el norte había unos verdaderos demonios que podían tratar de invadirlos en cualquier momento? Y eso, incluso teniendo en cuenta que la gente de Wax no podía ni fabricar aeronaves todavía.

A los pocos minutos, el esquife, cuya forma se parecía un poco a una barca de pesca voladora sin techo, atracó en la nave más grande. Para entonces Max ya estaba fuera del arnés y esperaba con paciencia, agarrado a la mano de Wax. Subir a bordo de una verdadera aeronave era tan emocionante que Wax lo notaba temblar. Cuando entraron en la nave principal, por un pasillo de madera oscura cuyas paredes se abombaban hacia fuera por el centro y le daban cierta forma de tubo, Max hizo el saludo marcial a la persona que esperaba para recibirlos.

Aquel hombre debía de ser el capitán, por la compleja máscara que llevaba. Era de madera, pero tenía tallas e incrustaciones de seis metales distintos adornándola en torno a los ojos. El hombre miró al niño pero no le devolvió el saludo, como sí hacían entre risas los alguaciles cuando Max se llevaba la mano a la frente. Tampoco se levantó la máscara.

—Honorable nacido del metal —dijo el capitán, haciendo una leve inclinación de cabeza a Wax—. Y también, si no me equivoco, ¿honorable antiguo portador de los Brazales?

—Ese soy yo —respondió Wax.

—Y también tomador de los Brazales, que deberían haberse devuelto a sus legítimos propietarios.

—También yo. Los entregué a los kandra, como se acordó, para que ningún país ostentara el control sobre ellos ni sobre su poder. Por si hacía falta recordarlo.

Se quedaron callados un tiempo, mirándose entre ellos.

—Soy el almirante Daal —se presentó el hombre, aunque con tono reacio—. Bienvenido a mi antigua nave, bendito ladrón.

—¿Antigua? —preguntó Wax.

—He sido nombrado el nuevo embajador del Consorcio Malwish en vuestra nación.

¿El… Consorcio Malwish? Por lo visto, la unificación del sur se había completado.

—¿Y qué pasará con Jonnes? —preguntó Wax.

—Regresará a casa —dijo Daal—. Se considera que se ha vuelto demasiado… amistosa.

Maravilloso. Era todo un cambio de dirección política. Wax supuso que lo mejor sería no decir demasiado más allá de los cumplidos de rigor, para evitar enardecer las tiranteces sin querer.

—En ese caso, permítame ser el primer senador en darle la bienvenida a la Cuenca —dijo Wax—. Confío en que continúe la paz y el comercio favorable entre nuestras naciones.

—¿Favorable? —replicó Daal—. Para ustedes, tal vez.

—Ambos países se han beneficiado. Les hemos concedido acceso a nuestros alomantes.

—Acceso limitado —matizó él—. En exceso, si se compara con los grandes dones que han recibido ustedes.

—¿Tres esquifes? —preguntó Wax—. ¿Y un puñado de medallones? ¿Todo ello más o menos inútil, sin la capacidad de mantenerlos por nuestra cuenta o crear más?

—Sin duda, no esperarán que les entreguemos nuestros medios de producción, ¿verdad? Uno vende la mercancía, no la fábrica.

Cada vez que intentaban sonsacar información sobre los medallones a gente que sabía de ellos, topaban contra un muro. Por supuesto, esa información era un secreto comercial de los malwish, lo que explicaba en parte el oscurantismo, pero hablando con Allik no dejaban de hallar inconsistencias entre lo que decía y lo que estaba a la vista. ¿Por qué el ejército malwish no tenía soldados con la fuerza o la velocidad mental muy mejoradas, ni otros talentos feruquímicos peligrosos? ¿Por qué no había medallones de alomancia? Cuanto más descubrían, más seguro estaba Wax de que allí había un secreto, de que tal vez los medallones no fuesen tan efectivos ni versátiles como los malwish pretendían hacer creer a la gente.

«Estupendo —pensó Wax—. ¿Cómo era aquello de no enardecer las tiranteces sin querer?». Se quedó callado, con la mirada fija en el almirante. El aire estaba tan tenso como en un duelo a mediodía.

Entonces Max le tiró de la manga.

—Eh… ¿papá?

—¿Sí? —dijo Wax sin bajar la mirada.

—Tengo que ir al baño.

Wax suspiró. La presencia de un niño de cinco años no mejoraba en nada las crispaciones diplomáticas. Pero podría haber sido peor. Podría haber llevado a Wayne en vez de a Max.

—¿Hay alguno disponible? —preguntó Wax a Daal.

—Puede esperar.

—¿Usted tiene hijos, embajador?

—No.

—Los niños de cinco años no esperan.

Tras otro momento tenso, el almirante suspiró y dio media vuelta para abrir el paso entre tripulantes con máscara. Wax lo siguió con su hijo. Los años transcurridos desde que conocía a Allik y a otros sureños habían enseñado a Wax a estar cómodo en presencia de tanto rostro enmascarado. Aun así, costaba no intimidarse por aquella hilera de ojos sombríos. Ninguno de ellos habló, ninguno de ellos se levantó la máscara. Wax había reído y bebido con otros malwish en el pasado, pero aquella tripulación parecía compuesta por personas de un tipo muy diferente.

Daal le indicó la puerta con un gesto.

—¡Hala! —exclamó Max al mirar dentro mientras se encendía la luz eléctrica—. ¡Qué pequeño es! ¡Parece hecho para mí!

—Date prisa, hijo —dijo Wax.

Max cerró la puerta y tarareó en voz baja mientras hacía sus cosas. Wax se quedó con el almirante, sin saber muy bien qué decir. Hasta se descubrió deseando que estuviera allí Wayne, quien tenía un don para romper tensiones como aquella creando una variedad totalmente distinta de tensión. Una que permitía que Wax y su supuesto antagonista compartieran un momento de vergüenza común, quizá incluso de comprensión.

«¿Lo hará a propósito?», pensó Wax. Con Wayne era difícil saberlo. A veces parecía una persona muy perspicaz. Destrozaba esa expectativa todas y cada una de las veces, pero era imposible no preguntarse si…

—Los Brazales de Duelo —dijo Daal— están a salvo, ¿sí?

—Eso supongo —respondió Wayne—. No los he vuelto a ver desde que los entregamos.

—Hemos sobrevolado las baterías de armamento que hay en el perímetro de la ciudad —comentó Daal—. Ya me habían hablado de ellas. Su alcance máximo en vertical es… ¿cuánto, trescientos metros? ¿El doble, tal vez?

Wax no respondió. Era un poco más de eso, pero… siendo sinceros, tampoco mucho, por lo menos disparando hacia arriba, a pesar de lo que afirmara la propaganda. Y aunque los esquifes que había recibido la Cuenca tenían una altitud máxima de unos quinientos metros, sabía que algunas naves malwish podían navegar tan altas que el aire empezaba a escasear y la gente moría si se quedaba allí demasiado tiempo.

—A veces pienso —dijo Daal— en lo que habría pasado si nuestros pueblos se hubieran conocido en una época más… belicosa. Vaya, bastaría con una campaña rápida de bombardeo para que su ciudad se arrugara como una bandera vieja.

—Menos mal —repuso Wax— que nos hemos conocido en esta época.

El almirante se volvió hacia él, mirándolo desde unos agujeros incrustados en metal.

—¿Qué habrían hecho si nos hubiéramos limitado a atacar? —preguntó.

—No lo sé —dijo Wax—. Pero creo que les habría costado más de lo que creen.

—Es curioso lo mucho que sus periódicos repiten los mismos argumentos —respondió Daal—. Alardean de sus asesinos kandra y sus soldados alomantes. Pero yo sé que sus demonios inmortales no pueden matar. ¿Y sus alomantes? Dígame, ¿cómo ha llegado usted a esta nave? ¿Por sus propios medios o…?

Qué individuo más encantador.

—Por supuesto —prosiguió Daal—, no vivimos en unos tiempos tan… brutales. No he venido a desatar una guerra, honorable nacidoble. No pongáis esa cara de ofendido. Pero sí represento a muchos de entre nosotros que consideran que su pueblo se ha aprovechado de nuestra naturaleza… indulgente. En particular, con los Brazales de Duelo. Son nuestros, y con nosotros deberían estar.

Wax quiso replicar con argumentos. Explicarle que los Brazales se habían hallado en territorio de la Cuenca. Que los había creado alguien del norte, no del sur. Que se había acordado un trato justo. Pero aquel hombre estaba provocándolo y, por mucho que lo hubiera hecho en el pasado, Wax no hablaba en nombre de Elendel. Era solo un representante entre muchos.

Se negó a morder el anzuelo.

—Eso —dijo— debería tratarlo con el gobernador y con nuestra asamblea legislativa. Y tal vez con Dios.

El enmascarado almirante lo observó sin decir nada más. Pero herrumbres, si las tensiones estaban empeorando…

«Y en el peor momento posible», pensó Wax, frustrado. Con la Ley de la Supremacía aprobada, no podía descartarse en absoluto que la Cuenca se derrumbara como entidad política. ¿Cómo reaccionaría el sur a eso? Daal decía que no querían la guerra, pero ¿y si el sur consideraba que la Cuenca era un objetivo fácil?

Sus primeros encuentros habían dejado impresionados a los sureños. ¿Una tierra al norte llena de nacidos del metal y mitos andantes? Pero cuanto más se habían relacionado, más identificaba cada bando la naturaleza ordinaria del otro. Los mitos pasaban a ser personas. Y toda sociedad sabía cómo matar a otras personas.

Max por fin salió del baño, con las manos mojadas en alto para demostrar que se las había lavado. Daal los llevó de vuelta por el pasillo y Wax fijó de nuevo a su hijo al arnés.

—Me alegro de haberlo conocido, Ladrian —dijo el embajador—. Me interesa, ¿sí? Así sé qué historias debería creer.

—¿Y cuáles son?

—Las verdaderas, por supuesto —respondió Daal, e hizo un gesto a un aviador para que abriera las compuertas, dejando a la vista la ciudad que sobrevolaban—. Confío en que mi tiempo aquí será provechoso. Buenos días, senador.

Con un suspiró, Wax se arrojó al vacío desde la aeronave, acompañado por un aullido de Max, que parecía considerar aquel encuentro como lo más memorable de un día absolutamente maravilloso.

Wax redujo la velocidad con unos cautos empujones de acero y luego emprendió una sucesión de saltos rápidos de vuelta hacia la Torre Ahlstrom. El ático tenía una plataforma de aterrizaje, y al momento los dos entraron en casa y Wax cerró la puerta a su espalda.

Steris estaba acostando a Tindwyl para la siesta, pero salió al salón un momento después y encontró a Max haciendo un rompecabezas mientras Wax se servía una copa.

—¡Madre! —exclamó Max, levantando la mirada—. ¡He hecho popó en una aeronave!

—¡Anda! —dijo ella, con un entusiasmo por el tema del que solo podía hacer gala una madre—. ¡Qué emoción!

—¡Y he traído un papel higiénico muy raro! —añadió él, levantándolo—. ¡Es blanco y no marrón! ¡Lo he intercambiado, como dice siempre el tío Wayne!

—Ah. ¿Y qué has dejado a cambio, cariño?

—Bueno —dijo él—, ya sabes…

—Ya. Claro. —Steris fue con Wax detrás de la barra y le rodeó la cintura con el brazo—. ¿Qué ha pasado?

—Embajador nuevo —respondió Wax—. No le caemos muy bien. Quiere recuperar los Brazales. He hecho unas amenazas difusas.

—Un día maravilloso para eso —comentó ella.

—Tenías razón sobre el calendario de su unificación —dijo Wax—. El embajador anunciará un nuevo consorcio de estados bajo el estandarte malwish.

—No nos conviene nada —respondió Steris—. El senado de Elendel considerará que la ley de hoy sirve para forjar una nación a partir de unas cuantas ciudades pendencieras, en contrapunto al imperialismo malwish.

—Conquista, pero con otro nombre —dijo Wax.

Dio un sorbo a la copa. En ocasiones había hablado mal del whisky de Elendel, pero lo cierto era que en la ciudad había unos caldos buenísimos. De sabor fuerte, ahumado, complejo. Con el tiempo había pasado a gustarle más que las variedades de los Áridos… y desde luego, era muchísimo mejor que cualquier cosa que hubiera destilado Jub Hending en su bañera, que te hacía perder capas de piel como castigo por beberlo. Lo que aún echaba de menos eran las buenas cervezas de los Áridos, en cambio.

—Bueno, la noticia que tengo yo podría ser buena —dijo Steris, sacando una carta del bolsillo. Se negaba a llevar faldas que no los tuvieran, por muy de moda que se hubieran puesto—. Ha llegado mientras estabas fuera.

Wax sacó el papel, que rezaba: «Nos vemos en la mansión a las tres. Noticias emocionantes. Marasi».

Se miraron.

—¿Llevamos a Max o no? —preguntó Wax en voz baja.

—¿Qué probabilidad hay de que explote algo?

—Con nosotros, es imposible saberlo.

—Que se quede aquí con Kath, entonces. De todas formas, hoy viene su tutor de historia.

Wax asintió.

—Voy a lavarme y nos marchamos.

Apasionada de los comics, amante de los libros de fantasía y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, al LoL o algún que otro MMO. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora.

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