Avance - Nacidos de la Bruma - El Metal Perdido, capítulos 16 a 18, y cómo conseguir la guía de bolsillo de Nacidos de la Bruma

AVANCE – El metal perdido: Caps. 16 a 18, y Guía de bolsillo de Nacidos de la Bruma

Pues ya estamos a una semana de que se publique El metal perdido. ¡Cómo vuela el tiempo! Así que hoy traemos los que posiblemente sean los penúltimos capítulos antes de la salida del libro.

Aprovechamos a dejaros también la grabación de la charla «Brandon Sanderson y su Cosmere: El gran renovador de la fantasía», que hicimos en Gigamesh donde Ángel y yo estuvimos junto a Josep Famadas (de El club de las tormentas) y Marina Vidal (artista que ha ilustrado las portadas de la saga de Alcatraz en español).

Además, nos hace mucha ilusión poder compartir al fin que hemos colaborado con Nova en un proyecto que nos hace tremenda ilusión: La guía de bolsillo para Nacidos de la Bruma, una guía escrita íntegramente por mí y por Ángel en la que recogemos en 112 páginas, todo lo que necesitamos saber antes de la salida de El metal perdido, que contiene más de 15 ilustraciones exclusivas realizadas por Ben McSweeney de Dragonsteel para la publicación de esta guía y que no se han visto nunca antes, como por ejemplo las primeras imágenes canónicas de Ati y Leras, ¡y más!

En esta guía repasamos todos los aspectos importantes desde la cosmogonía, el sistema de magia en profundidad, el alfabeto de acero, la historia tanto de Era 1 y lo que sabemos hasta Era 2, razas y personajes principales.

Se podrá conseguir como regalo en las librerías FNAC al adquirir El metal perdido o cualquier libro de Nacidos de la Bruma, a partir del 17 de noviembre. Eso sí, recordad que es un companion para El metal perdido, así que mejor esperar para leer según qué cosas.

Disfrutad del avance, y como siempre, ¡podéis visitar el canal #the-lost-metal-canal-temporal de nuestro Discord para comentar y compartir vuestras teorías!

avance del metal perdido: capítulos 16 y 17. traducción de manu viciano.

publicado originalmente en la web de Tor, el 7 de noviembre de 2022

capítulo 16

La Gestoría Contable e Inmobiliaria Call e Hijo e Hijas quizá no pareciera un mortuorio, pero Wayne estaba seguro de que lo era. Porque había que estar muerto para que te gustara trabajar en un sitio como ese.

Espigado Aburrido y Bajito Aburrido hicieron que se sentara y empezaron a embalsamarlo de inmediato. Y para colmo, ni siquiera con buen material. Wayne habría aceptado casi cualquier clase de bebida, pero no, claro, esa gente tenía que usar tinta.

Antes le resecaron el cuerpo a conciencia, eso sí.

—Sus inversiones —dijo Espigado Aburrido— entrañan demasiado riesgo, maese Wayne. Le recomendamos una cartera más equilibrada.

—¿Cuánto dinero tengo? —preguntó él, taciturno.

—Mas de veinte millones en estos momentos.

Caray.

—¡Os dije que se lo dierais a la gente que no tiene techo!

—Sí, y su proyecto urbanístico asequible fue todo un éxito —dijo Bajito Aburrido, espabilando y estirando el brazo hacia un libro de cuentas—. Que anticipara usted las inminentes subvenciones fue todo un golpe de…

—¿Y esa chica? —preguntó Wayne—. La de los enchufes en las paredes.

Espigado Aburrido sonrió.

—¡Los revolucionarios dispositivos eléctricos que desarrolló la señorita Tarcsel constituyen la vanguardia de su imperio financiero, maese Wayne! Los beneficios son astronómicos.

—Sus inversiones inmobiliarias han sido juiciosas —añadió Bajito Aburrido—, pero deberíamos liquidar parte de sus activos en Electricidad Tarcsel e invertir en otras empresas de creación más reciente, para protegernos de la competencia que empieza a emerger ahora que las primeras patentes están caducando.

—De verdad —dijo Wayne—, tenéis que buscaros novia o algo.

—Ah, ambos tenemos pareja, maese Wayne —respondió Bajito Aburrido—. Garisel es un hombre muy popular, debo decir. ¡Y no sabe usted lo fogosas que pueden ser las contables! Sin ir más lejos, la otra noche…

—Cierra el pico —gruñó Wayne—. No me lo restriegues.

Bueno, para qué resistirse. Nadie podía huir de su propio funeral. Sobre todo porque las piernas de los muertos no funcionan.

—Muy bien, dadme un condenado sombrero de esos.

Los dos hombres se miraron entre ellos, pero Wayne señaló con impaciencia y Espigado Aburrido por fin descolgó su bombín de la pared junto a la puerta y se lo entregó. Wayne se lo puso y su muerte terminó de consumarse del todo. A la herrumbre con él hasta los huesos. Echó una mirada a los libros de cuentas, frotándose bajo la barbilla con el pulgar. Pero con eso no bastaba, de modo que sacó las gafas de Bajito Aburrido del bolsillo del chaleco del hombre y se las guardó con gesto distraído en su propio bolsillo.

Seguía sin ser suficiente.

—Si no es mucha molestia —dijo—, ¿podrían traerme un té con miel? El limón aparte y una ramita pequeña de menta. No demasiada, ojo, la justa para darle un poco de sabor. Usted ya me entiende, ¿verdad, Garisel? Muy amable, muy amable.

Al poco tiempo lo tenía delante mientras estudiaba los libros de cuentas. Su apellido figuraba como «Terrisano» porque no tenía uno de verdad. Siguió leyendo.

Sí, sí, números. Había muchísimos números, desde luego. Y de los altos, los que a los contables les gustaba que él viera. Apenas había nada en rojo en aquel libro. Sí, hum. Al té le faltaba un poco de miel.

Lo que decían aquellos libros era innegable. Wayne estaba muerto de verdad. Y en su lugar vivía un tipo ricachón. No, un tipo al que había que calificar de opulento.

—Por lo menos —dijo—, ¿tienen mi bendaleo?

Una ayudante le trajo un enorme saco lleno. Había el suficiente para comprar dos o tres coches, si quisiera.

—De acuerdo, pues —dijo Wayne—. Haremos lo siguiente. ¿Ven esto que tengo aquí? —Desdobló un papel que llevaba en el bolsillo interior, un folleto de una liguilla local de balonmorro para reclutar a jugadores jóvenes—. Vamos a proporcionar fondos a estos pilluelos para que se equipen, y les construiremos un lugar donde llevarán a cabo sus enfrentamientos.

—¿Señor? —preguntó Bajito Aburrido—. ¿Por qué?

—Le añadiremos gradas —explicó Wayne—, para que la gente pueda ir a verlo. Verán, ahora mismo todo el mundo anda buscando alguien a quien gritar. Y nosotros, amigos míos, vamos a proporcionárselo. Crearemos una gran liga de balonmorro, con un equipo de cada octante. Llevo un tiempo dando vueltas, caballeros, a que a esta ciudad le hace falta un modo de embriagarse con orden y mesura.

—No comprendo, señor —dijo Espigado Aburrido.

—Los bares existen por un motivo —respondió Wayne—. Son un entorno controlado en el que beber. La ciudadanía querrá ingerir alcohol, créanme, y es mejor para la sociedad que lo tengamos previsto. Ahora mismo los octantes están tensos. La gente está furiosa. Las ciudades exteriores… ¡caramba, están alborotadas! Debemos encargarnos de que la ira se experimente de un modo similar a la embriaguez: con una válvula de escape mesurada, con alguien que caiga mal a todos.

Lo miraron perplejos.

—Pondremos a un puñado de gente a atizarse leches entre ellos —explicó Wayne, cambiando a un acento de clase más baja—. Jugarán en equipos que representen a los octantes, para que todo el mundo tenga un favorito y odie a los demás. Pero odiando como debe ser.

—¡Ah! —exclamó Bajito Aburrido.

Cómo era la gente de hoy en día, con su jerga de baja cuna. Caramba, Wayne hasta sospechaba que aquellos dos ni siquiera serían capaces de bruñir un retrete dorado como era debido. ¡Por el amor de Dios!

—Sí… —dijo Espigado Aburrido—. Entiendo. Sería como las competiciones de barrio, pero para toda la ciudad.

—La gente adora a sus equipos de barrio —asintió Wayne—. Podemos hacer algo bueno a partir de eso.

—Construir estadios de buen tamaño saldrá caro —objetó Bajito Espigado—. Incluso para usted.

—Entonces cobraremos algo por entrar —dijo Wayne—. Las cosas se disfrutan más cuando hay un interés monetario.

—Sí —dijo Espigado Aburrido—. Sí, es muy interesante. Monetizar las rivalidades y la codificación personal de intereses será una parte seminal de esta actividad.

—Es mi parte favorita de casi todas las actividades —comentó Wayne.

Espigado Aburrido asintió.

—Excelente idea. Pondremos a nuestros mejores empleados a trabajar en ello.

—Qué va, qué va —dijo Wayne—. Pongan a los peores. Los muy bribones sabrán más de holgazanear, lo cual me resultará más beneficioso en este caso concreto. Y ahora, hablemos de los azotes al servicio y de por qué en realidad no es tan pernicioso para ellos.

Herrumbres, menudo sombrero se había puesto. Se lo quitó y se secó la frente. Dichoso dinero y dichosos sombreros de ricachón. Aquel tenía hasta una fina capa de aluminio por dentro para proteger de la alomancia emocional.

Bueno, seguro que aquella idea del balonmorro por fin lo arruinaría. Al fin y al cabo, era la peor idea que había tenido jamás, y Wayne era tonto de remate. Hizo dar vueltas al sombrero sobre su índice extendido y se puso a pensar. ¿Y si Wax descubría que era rico? O peor, ¿y si se enteraba Marasi? Estarían recordándoselo hasta el herrumbroso final de sus días.

Espigado Aburrido se ahuecó el cuello de la camisa.

—¿De verdad quiere que… estudiemos la aplicación de castigos más físicos en, hum, parte de su personal?

—Qué va —dijo Wayne—. Tanto estudiar por qué se mueven las cosas tiene que ser un asco.

—Señor —dijo Bajito Aburrido—, ¿qué hay de las provisiones de su fideicomiso? Querríamos hablar de las más inusuales que introdujo.

—No. Siguiente.

—Su vivienda actual…

—No. Siguiente.

—¿Waxillium le ha confirmado ya que comprende haberle transferido a usted todos sus derechos de imagen cuando firmó aquel…?

—No. Siguiente.

—¿Su flota automovilística?

Eso sí que le gustaba.

—¿Qué pasa con ella?

—Ha salido un nuevo modelo de Victori —dijo Bajito Aburrido.

Le enseñó una lámina. El vehículo no tenía techo. Se podría conducirlo y escupir al viento, si uno quería.

—Caray, sí que me gusta —dijo Wayne—. Compradme uno.

—Por supuesto, señor —respondió Bajito Aburrido—. ¿Cuántas participaciones de la empresa debemos adquirir?

Wayne lo miró con los ojos entornados.

—Os veo las intenciones.

Los dos le pusieron cara de inocente.

—No más de un cinco por ciento —dijo Wayne—. Y cuando la gente que juega a balonmorro se haga famosa, que conduzcan los coches de un lado a otro para que se hagan más populares y tal. Ah, y tendríamos que llamar al deporte otra cosa que no sea balonmorro. Y a lo mejor dejar que haya nacidos del metal en los puestos de corredor. Y en el de portero. Así será más interesante.

—Como desee, maese Wayne.

Siguió dando vueltas al bombín sobre el dedo. «Nunca he conocido a nadie capaz de meterse tan bien en la cabeza de los demás como Wayne». Hasta se metía en la cabeza de unos contables.

¿Podría meterse en la de una chica que lo odiaba?

Para empezar, Wayne tenía que recordar lo que había hecho. Merecía ese dolor.

Pero ¿lo merecía ella? Cerró los ojos, pensando en lo que debía de ser verlo llegar con la cabeza gacha cada mes. Ya estaba ahí otra vez ese hombre tan horrible. ¿Por qué no me deja seguir con mi vida?

«Acabará entendiéndolo».

¿Y si no quería?

Maldición. Demasiado tarde.

—Oye, Call —dijo, abriendo los ojos y mirando a Bajito Aburrido—. Necesito que os ocupéis de una entrega. Hay que pagar una cantidad de dinero a una joven y su familia. Eh… cada mes. Ahora tiene una hija y necesita que le llegue el dinero en su momento. Se supone que debo entregárselo en persona, pero… cada vez estoy más ocupado. Sí, demasiadas cosas que hacer, ya sabéis.

—Tenemos a muchos clientes con necesidades similares, maese Wayne —respondió Bajito Aburrido—. Apúntenos las señas y nos encargaremos de que se haga con discreción.

¿Por qué había tenido que decirlo así? Bueno, en todo caso, Jaxy tenía razón. Si Wayne iba a estar muerto, al menos sería de los que tenían la decencia de no salir arrastrándose del bosque y comerse a la gente durante las tormentas.

Hasta los cadáveres necesitaban unos valores morales.

capítulo 17

Steris creía que se le iba dando mejor comprender a los demás. Al principio había supuesto que todo el mundo tenía las mismas preocupaciones que ella, pero ocultaban su ansiedad de maravilla. Con el paso de los años, había comprendido algo aún más increíble: que la gente no sentía esa ansiedad, sin más.

No tenían una preocupación continua e insistente al fondo del cerebro que les susurraba que habían olvidado algo importante. No pasaban horas pensando en los errores cometidos y en cómo podrían haberse preparado mejor. Vivían en un estado perpetuo a medio camino entre una feliz satisfacción y una temible ignorancia.

Luego Steris se había hecho más mayor. Se había casado con Waxillium. Había entablado amistades, de las verdaderas, y había ido ganando comprensión. Cada cual veía el mundo a su manera, y el Superviviente había creado a las personas para que se complementaran entre ellas. Metal y aleación. Un empujón para cada tirón.

Los demás reaccionaron a la explosión del sótano con una extraña actitud de emoción y ansia, casi compitiendo unos con otros por llegar a la puerta. Pero ¿y si la escalera se había desestabilizado? Steris tenía toda una lista de protocolos a seguir si se producía una detonación en el laboratorio, a la que había dedicado tres noches enteras.

Les tenía mucho aprecio. Por eso quiso gritarles una advertencia, retenerlos a salvo, prohibirles que se arriesgaran. Pero también sabía lo radical que se ponía a veces. Esa había sido su mayor revelación de los últimos años, en la que habían colaborado las conversaciones con las mujeres de su grupo de lectura. Algunos preparativos que hacía sobrepasaban lo útil. Comprender donde estaba esa línea era crucial para comprenderse a sí misma.

Y tuvo que reconocer que ese día los demás mostraron algo de sentido común. A instancia suya, dejaron que VenDell entrara en primer lugar, ya que una caída no le haría daño. Wax fue el siguiente, ya que más o menos podía volar si los peldaños se derrumbaban. Esperaron un momento al pie de la escalera antes de abrir la puerta reforzada, por si explotaba algo más.

—¡Esperad! —dijo Steris, y metió la mano en el bolso—. Mascarillas.

Distribuyó las protecciones de tela a los demás, incluso a Allik, ya que su máscara de madera no filtraba el aire. Todos las aceptaron distraídos, o incluso poniendo un poco los ojos en blanco. Todos excepto Wax, que le sonrió mientras se la ponía.

A él le gustaban los preparativos de Steris. Los encontraba encantadores. Pero además de eso, los agradecía. La veía como una persona útil, no quisquillosa.

—¿Qué hay en tu lista de precauciones para una explosión? —le preguntó.

Steris sintió la calidez de su afecto mientras sacaba su cuadernillo de emergencias domésticas. Sí, sabía que a veces se ponía radical. Pero al mismo tiempo, crear aquellas listas le resultaba terapéutico. Sus miedos remitían después de apuntarlos. Si se le ocurría algo, lo catalogaba y pensaba en ello, ese algo dejaba de tener poder sobre ella y pasaba a estar bajo su control.

—Ácidos en el suelo —leyó—. Si se mezclan, podrían producir gases venenosos. Esquirlas de cristal. Explosiones secundarias, en particular de armonium desprotegido. Son las tres cosas que más temo.

Wax pensó un momento.

—Marasi —dijo mientras abría la puerta hacia dentro—, he hecho pruebas con dos ácidos, clorhídrico e hipocloroso.

—¿Y eso significa…?

—Gas cloro —respondió Wax.

VenDell agarró el brazo de Marasi. Los kandra tenían mucha manía a los ácidos.

Para sorpresa de Steris, hicieron caso a lo que propuso. Como los potentes ventiladores que habían instalado en el sótano no funcionaban, dejaron que trajera otro de una habitación y lo pusiera en marcha. Regresaron todos escalera arriba y salieron de la mansión mientras el aire del sótano se renovaba. Cuando volvieron a bajar, todos se pusieron la mascarilla sin protestar y dejaron que Steris comprobara la pureza del aire con un reactivo. Luego pisaron con cuidado mientras inspeccionaban el sótano.

La puerta de la caja segura se había ido de excursión por el laboratorio y estaba incrustada en el grueso hormigón de la pared opuesta. El acero de la caja estaba destrozado y era irrecuperable. Y en cuanto al resto del laboratorio…

Bueno, al parecer Steris tendría que encargar un espectroscopio nuevo. Y un centrifugador. Y unos cuantos matraces. Y… eh… y paredes nuevas.

Resistió el impulso de ponerse a barrer el cristal del suelo para que no lo pisara nadie. En vez de eso, se pegó a Waxillium. Quizá su marido descubriera algo interesante.

—Herrumbres —dijo él al llegar a los restos de la caja segura—. Esto había resistido detonaciones de hasta ochenta y cinco gramos de armonium. Para este experimento he usado menos de la décima parte de eso.

Extendió el brazo hacia la parte superior de lo que quedaba de la caja.

Steris le puso un guante delante de la cara.

—Es verdad —dijo él.

Se lo puso para palpar por encima de la caja de acero rota. Al sacar la mano, en el guante había unas virutas negras, un fino polvo metálico. VenDell llegó junto a ellos. Marasi estaba examinando la puerta de la caja segura y Allik había subido a por una escoba y estaba barriendo los cristales.

A Steris ya le caía bien Allik de antes, claro, sobre todo por cómo trataba a su hermana. Pero en ese momento, su apreciación por él se incrementó un punto más.

—Tenemos que hacer pruebas a estas raspaduras —dijo Wayne—. Pero no creo que sean de atium ni de lerasium. Parecen restos de hierro del material de laboratorio.

Steris las guardó en bolsitas para muestras de todos modos. Waxillium se agachó, metió la cabeza en la caja rota de la pared y usó una pequeña lima que llevaba en el bolsillo para recoger algo que todavía humeaba dentro.

—Es armonium —informó, y Steris le acercó un vial con aceite para que lo metiera—. Está pegado por toda la pared de atrás. Creo que… el experimento ha fallado. El armonium no se ha dividido.

—En realidad —dijo VenDell—, creo que habéis logrado algo muchísimo más peligroso. —Sacó una pequeña libreta—. ¿Cuánto armonium habíais metido ahí? ¿Unos gramos?

—Como medio gramo.

—Y esta fuerza explosiva —dijo VenDell—, esta capacidad de destrucción… ¿proviene de una muestra así de pequeña? Sería posible, pero solo si…

—¿Solo si qué? —preguntó Wax.

—La explosión no la ha provocado la división del metal —dijo VenDell—. Si se ha liberado tanta energía, solo puede ser porque parte de la Investidura o de la propia materia se ha transformado en energía.

Pareció reparar en lo perplejos que estaban todos y siguió hablando.

—Creo que ya les he dado las suficientes explicaciones sobre la naturaleza de la Investidura. Es una materia de estudio por la que tengo un interés particular, junto con mi conocimiento avanzado sobre los cráneos, que…

—No está en venta —le recordó Wax.

—El mío sí —dijo Steris.

Los dos la miraron.

—¿Para qué lo quiero después de muerta? —preguntó ella—. Parece mejor tener ya el dinero.

—Como siempre digo —respondió VenDell—, a lo efímero de su especie le sobreviven los hermosos cascarones internos que crean. Como los medallones de arena del océano, así son los huesos del ser humano: un testimonio duradero de su presencia en Scadrial. Concretaremos las condiciones de la venta más adelante, lady Ladrian.

»Por el momento, les haré un breve resumen. En el Cosmere todo está compuesto por una de tres esencias. La primera es la materia, las sustancias físicas que nos rodean. Está formada por ejes, que son las porciones más pequeñas posibles que conocemos.

—¿Y hay cosas que… no son materia? —preguntó Steris.

—Por supuesto —dijo el kandra—. Está la energía. —Señaló hacia el techo, donde aún funcionaban dos plafones de luz incrustados y reforzados—. Electricidad, calor, luz… Su especie está empezando a dominar la energía bastante bien en los últimos tiempos. Me alegro por ustedes. Es muy moderno.

—¿Y la tercera esencia? —preguntó Wax.

—La Investidura. La esencia de los dioses. Todo tiene un componente Investido, por lo general inaccesible a menos que se posean ciertas capacidades. Cuando usted quema metales, lord Ladrian, extrae Investidura directamente del Reino Espiritual y la emplea para hacer un trabajo. Del mismo modo aproximado que la energía hace un trabajo en esas lámparas. Pero la idea clave es la siguiente: la Investidura, la materia y la energía son fundamentalmente lo mismo.

—Me dio… esa impresión, una vez —dijo Waxillium con expresión distante—. Cuando usé los Brazales. Sentí que todo era una misma sustancia.

—¡En efecto! —respondió VenDell—. Y su estado puede cambiar de una a otra. La energía puede transformarse en Investidura. Es en lo que se basa la feruquimia. La Investidura puede transformarse en materia. De ahí viene el armonium. Y la materia también puede convertirse en energía.

—¿Y un ejemplo de eso sería…? —preguntó Steris.

VenDell señaló con el mentón el laboratorio destruido.

—Acabamos de presenciarlo, en mi opinión. Hay una cantidad increíble de energía atrapada dentro de la materia. Aquí han conseguido liberar parte de ella. Solo una pequeña cantidad de lo que habían introducido en esa caja, pero eso es lo que han hecho. Si encontraran la forma de liberar todo su potencial… Bueno, Armonía dice que ese poder destructivo le da miedo. Mucho miedo.

—Y con razón —dijo Waxillium—. Porque esto ha sido fácil de conseguir. Demasiado fácil.

—Bueno —respondió VenDell—, han hecho falta dos sustancias muy difíciles de conseguir. Y una gran cantidad de energía, ¿me equivoco?

—Una cantidad enorme —reconoció Wax—, para una muestra tan pequeña. Haría falta una exageración de electricidad para hacerlo a mayor escala. Pero el potencial destructivo…

—Exacto. —La piel de VenDell… no solo había palidecido, sino que hasta se había vuelto traslúcida—. Debería informar de esto. Si no les importa, estaré arriba comulgando con Armonía. Disculpen.

Waxillium lanzó una mirada a Steris.

—¿El peor de los casos? —le preguntó.

Steris se lo planteó. ¿Qué era lo peor que podía ocurrir? Le resultaba bastante evidente.

—¿Y si el Grupo ya está al tanto de esto? —sugirió—. Dice Marasi que ese hombre, antes de morir, ha mencionado devolver la ceniza a la Cuenca. ¿Es posible que planeen hacer estallar bombas?

Wax asintió, adusto. Era lo mismo que había pensado él.

—Si el Grupo ya ha descubierto esta reacción —dijo Steris—, tuvo que ser por casualidad, o mediante un experimento como el nuestro. Quizá haya registros al respecto.

—Podríamos investigar si se han producido detonaciones sin explicación en las ciudades exteriores —propuso Wax—. Es buena idea. Devolver la ceniza… ¿Y si pusieran un explosivo como este en algún viejo monte de ceniza? ¿Sería posible volver a activarlos?

—Suena aterrador —dijo Steris, con una profunda sensación de náusea. ¿Cómo era que nunca se había planteado esa posibilidad? Tendría que preocuparse de hacer planes. Pero lo primero era lo primero—. Pediré a la biblioteca que nos envíe pasquines de las ciudades exteriores al ático. Empecemos por ahí.

Wax asintió.

—Marasi podría darte acceso también a los registros de comisaría.

Era una sugerencia excelente. Steris echó a andar hacia el fondo de la estancia, pasó al lado de Allik, que había encontrado restos de sus galletas pringados en la pared, y llegó junto a Marasi. Había sido… agradable pasar más tiempo con ella en los últimos años. La infancia de ambas no siempre había sido favorable al afecto entre hermanas. El padre de las dos, que se había retirado a una finca en el campo, siempre se había avergonzado de que Marasi fuera ilegítima. Y Steris siempre había temido que Marasi lo viera como un defecto propio y no como uno de su padre.

Marasi parecía ensimismada, aunque Steris no comprendía por qué la fascinaba tanto la puerta rota de la caja segura. De todos modos, se quedó callada para no interrumpirla. El silencio nunca había molestado a Steris. Era una experiencia puramente neutral.

—Qué rápido está cambiando el mundo —susurró Marasi por fin—. Casi no me he acostumbrado aún a la luz eléctrica, no digamos ya a las aeronaves. Luego está ese dios… que viene de otro mundo. Y ahora, este explosivo, del que basta una pizca para destruir un sótano entero.

—A mí también me preocupa —dijo Steris—. Ojalá hubiera sido posible anticipar los acontecimientos recientes.

—Hace que me pregunte —prosiguió Marasi— por qué estoy dedicándome a los casos de asesinato y los delitos básicos. Comprendo que son importantes… pero ahí fuera hay gente, Steris, que es consciente de todas estas cosas. Que está maniobrando para cambiar el destino de planetas enteros. Y que yo sepa, no hay nadie que los vigile. Seguro que están encantados de que nos dediquemos a perseguir a delincuentes comunes y los dejemos en paz.

—Por eso estás persiguiendo tú al Grupo —dijo Steris, asintiendo—. Por eso te entregas tanto a ello, cuando en comisaría casi todo el mundo cree que exageras un poco.

Marasi soltó una risita.

—Es cosa de familia, supongo.

Steris sonrió y entonces se sintió ridícula, porque Marasi no lo vería tras la mascarilla. Pero antes de que pudiera decir nada, Waxillium se hizo estallar a sí mismo.

Fue una detonación mucho más pequeña, por suerte, pero sí que tuvo la potencia suficiente para echarlo hacia atrás y derribarlo. Steris corrió hacia él, preocupada, y lo encontró aturdido pero más o menos ileso. Cogió el brazo de Steris mientras se incorporaba, sacudiendo la cabeza, con su bonito chaleco, nada menos que un Versuli, desgarrado y chamuscado. El mandil que le había dado Steris lo había protegido un poco.

Wax se quitó el hollín de la ropa. Aunque no le gustaba nada reconocerlo, se estaba haciendo mayor. Una explosión a los veinte años era algo muy distinto de una explosión a los cincuenta.

—¿No habías mencionado algo sobre explosiones secundarias? —le preguntó.

—Estaba en mi lista —susurró ella.

—No pasa nada —dijo él, dándole unas palmaditas en la mano—. Estoy bien. Es que he hecho una tontería. Estaba recogiendo el armonium que se había pegado al fondo de la caja segura. Es demasiado valioso para dejarlo ahí, pero debe de haber reaccionado con el aire o con algún líquido de un experimento anterior.

Estornudó y luego dedicó a Steris una sonrisa tranquilizadora. No había ni rastro de su mascarilla. La explosión se la debía de haber arrancado.

Steris ocultó su inquietud. Al casarse con Waxillium Ladrian, se había jurado una cosa a sí misma: jamás dejaría de preocuparse por él, pero lo que no haría era impedirle ser la persona que quería ser.

Cada vez que Wax se decidía a investigar algo, aterrorizaba a Steris. Pero ella no permitía que eso controlara su forma de tratarlo. Steris no iba a ser un obstáculo. Lo amaba demasiado. En vez de eso, hacía lo posible para integrarse en su mundo. Daba mucho menos miedo que le dispararan que quedarse en casa preguntándose si estarían disparándole a él.

Y jamás podría agradecer lo suficiente que Wax, a cambio, intentara integrarse también en el mundo de ella. Se había interesado más por la política. Pasaba tiempo con ella repasando las finanzas. Encajaban bien juntos, más de lo que Steris habría soñado jamás. Y aún notaba un cosquilleo cada vez que se tocaban.

—Preparemos un poco de té —dijo Wax, poniéndose de pie con su ayuda— y démosle un par de vueltas a todo esto.

capítulo 18

Marasi se acomodó en el sofá, con los oídos todavía pitándole por la segunda explosión. Allik se sentó a su lado, enmascarado. Tendía a bajarse la máscara cuando mascaba chicle, como estaba haciendo en ese momento. Masticar a la vista de otros era un tabú cultural para él, lo cual no dejaba de sorprender a Marasi. Si había una actividad para la que debería ser normal levantarse la máscara, era comer.

Aun así, entrelazó el brazo con el de él y Allik le apoyó la cabeza en el hombro. Herrumbres, qué agradable era tenerlo siempre cerca últimamente. Los primeros años de su relación habían sido frustrantes de dieciséis maneras distintas.

Mientras esperaban a que VenDell terminara de informar a Armonía, Wax les contó que había subido a la aeronave y conocido al nuevo embajador. Marasi notó que Allik se tensaba al oír la descripción del hombre.

—Es Daal el Primario —explicó Allik a los demás—. Es muy… respetado por las Huestes.

—Se le notaba que tenía peso político —dijo Wax.

—No, Wax —repuso Marasi—. Respetado por las Huestes significa que ha ganado batallas.

—Entonces, su llegada sí que es una amenaza —dijo Steris, acurrucada contra Wax con su cuaderno en la mano, sin zapatos, sus pies cubiertos por medias a un lado sobre el sofá en una postura que hasta parecía relajada.

«Cuánto ha cambiado», pensó Marasi. Aún recordaba un tiempo en el que Steris jamás se habría atrevido a descalzarse estando acompañada. Se habría sentado en una postura intachable, esforzándose por mantener el platito y la taza de té perfectamente horizontales.

Marasi siempre había querido a su hermana, incluso cuando se habían interpuesto entre ellas el resentimiento o la distancia forzada, pero nunca había considerado a Steris una persona agradable. Por lo menos, no hasta los últimos años. En parte se debía a que Steris había cambiado, pero también a que Marasi había comprendido que las dos habían soportado siempre las mismas cargas, la misma sensación de estar atrapadas.

—Yo no diría que es una amenaza, Steris —respondió Allik—. O si lo es, no es explícita. Pero si de verdad es él, si por fin han fundado el Consorcio y los cinco países han acordado mirar al norte con una sola cara, entonces el nombramiento es… un símbolo, tal vez. Os envían al mejor de todos. Y quieren que lo sepáis.

—Al mejor —dijo Wax— y al más severo, supongo. Desde luego es más inflexible que su predecesora.

—Sí, oh, Adjetivador —asintió Allik—. Quieren que sepáis que no se dejarán atemorizar.

—Me ha dicho —les contó Wax— que entre sus objetivos está devolver los Brazales de Duelo a su pueblo. ¿Sigue siendo un asunto candente?

—No te haces una idea —dijo Allik—. Que aceptáramos dejar aquí los Brazales es como… como si os hubiéramos confiado el cuerpo de nuestro difunto padre, ¿sí? Un cuerpo que también es un arma poderosa. Esa decisión no gustó nada. Enviar aquí a Daal para que exija recuperar los Brazales… es un símbolo, ¿sí? Es como una declaración. Piensan que han sido demasiado permisivos con vosotros y están indicándoos que esa permisividad se acabó. —Se removió inquieto y se levantó la máscara—. Lo siento.

—Esto no lo has elegido tú, Allik.

—No —respondió él—, pero tampoco he elegido que no se haga.

—Claro que sí, cielo. —Marasi le apretó el brazo—. No tienes que responsabilizarte tú de todo.

Allik le sonrió y se bajó la máscara. El sonido de pisadas anunció lo que Marasi creyó que sería VenDell regresando, pero entonces fue Wayne quien irrumpió en la sala de estar.

—¡Eh! —exclamó—. ¿Habéis saltado todos por los aires sin esperarme?

—Ha saltado Waxillium —concretó Steris—. Los demás solo hemos sido testigos. Yo creo que lo ha hecho aposta para chincharte.

—Herrumbres, seguro que sí —dijo Wayne mirando a Wax con los ojos entrecerrados—. ¿Estás bien, socio?

—Me pitan los oídos —respondió Wax—, y esto me ha recordado muy a las claras que ya hace como mínimo dos décadas de mis mejores años para meterme en explosiones. Pero creo que estoy bien.

—Me alegro de que hayas vuelto, Wayne —dijo Marasi, inclinándose hacia delante—. Porque tenemos que hacer planes.

—Sí, me alegro de volver —murmuró él—. Ser el quinto en discordia es el sueño de cualquiera ya lo creo.

Fue a la mesita auxiliar, sirvió una taza de té, dejó allí la taza y se acomodó en un sillón con la tetera en la mano.

—¿Qué pasa? —dijo al ver que todos lo miraban—. Ya casi no quedaba, y me gusta el pitorro este. Es divertido beber de ahí.

Hizo una demostración y Steris se llevó la mano a la cara. Marasi suspiró, pero no dijo nada. Si Wayne estaba sentado, era menos probable que robase nada. Comprobó que aún tenía la cartera de todos modos.

—Muy bien —dijo a los demás—, tengo el esqueleto de un plan. Nos haremos pasar por el ciclo y llevaremos a una banda de aquí con una entrega para Bilming.

Wax echó la espalda hacia delante.

—¿Seguro que no basta con interrogar a los presos que ya tenemos?

—Parecían secuaces de la zona —dijo Marasi.

—Que apenas sabrán nada —convino Wax—. Te interesa llevar a alguaciles a la redada, por si hay que capturar a algún nacido del metal.

—No paro de insistirle a Reddi en que necesitamos un equipo especializado —dijo Marasi—. Una brigada que solo se ocupe de los nacidos del metal. Pero se resiste. Creo que… para él esa brigada somos nosotros.

 Con esas palabras en el aire, por fin llegó VenDell, negando con la cabeza.

—Tengo orden —dijo— de ponerme a vuestro servicio para vuestros planes actuales, con la máxima urgencia.

—¿Qué te ha dicho? —preguntó Marasi—. ¿Sabe algo sobre la explosión?

—Está… preocupado. —El kandra calló un momento—. El trellium tiene un efecto de repulsión sobre otras formas de Investidura. Solo ponerlo en contacto con el armonium ya es peligroso, pero lo que han hecho ustedes, calentar y estirar antes el armonium, ha provocado lo que él llama «una trasferencia materia-energía Investida». Es algo… muy peligroso.

—¿Se ha sorprendido al enterarse? —preguntó Wax—. ¿Armonía parecía impresionado de que hayamos podido hacerlo, o ya se lo esperaba?

—No sé —respondió VenDell—. Solo ha dicho lo que acabo de transmitirles. Aventurar más allá de eso… Bueno, Armonía es alguien difícil de interpretar, no creo que haga falta que lo señale. ¿Le ha enviado una nota, lord Waxillium?

—Sí —dijo Wax—. Creo que insinúa que debería hacerme un pendiente de trellium.

—¿Para qué? —preguntó Marasi, frunciendo el ceño.

—Ni idea —dijo Wax—. Parece que quiere llamar mi atención, supongo que porque he rechazado el último par de invitaciones a comulgar con él.

—Esta vez es diferente, Waxillium —afirmó VenDell en voz baja—. Esta vez… Armonía está asustado.

La sala quedó en silencio, aparte de Wayne sorbiendo té por la boquilla de la tetera. Marasi creyó ver que le añadía algo salido de su petaca y procuró no asquearse mucho. ¿Quién le echaba alcohol al té?

«Está sufriendo —pensó—. La ruptura es definitiva». Herrumbres, a pesar de todo lo demás que estaba ocurriendo, decidió buscar tiempo para llevarlo a aquel restaurante de fideos que tanto le gustaba. Invitar a unos cuantos agentes de los que le caían bien, recordarle que tenía amigos.

—La redada tiene que ser pronto —dijo en voz alta—. Según el cuaderno, el próximo envío a Bilming sale dentro de tres días, y quiero estar preparada.

—Es buen plan, Marasi —la felicitó Wax—. Steris y yo tenemos algo en lo que trabajar mientras lo preparas.

—¿Hablar con Armonía? —preguntó ella.

—Puede —dijo él, aunque con tono distante—. Aún no he decidido si voy a responderle.

A Marasi le llamó la atención que Wax no hubiera sugerido incorporarse a la misión. Le habría dejado apuntarse, pero últimamente no terminaba de entender bien cómo pensaba. Que hubiera colgado aquellos gabanes de los Áridos en la entrada daba cierta sensación conclusiva, como de santuario a su antigua vida. Sin embargo, cuando había llegado el momento de renovar o no su condición de alguacil en funciones, había pedido a Reddi que la mantuviera.

Wax miró a Steris, que estaba apoyada en él mientras tomaba notas.

—Hace un rato se nos ha ocurrido una cosa —dijo Wax a Marasi—. Es crucial que sepamos si el Grupo ha descubierto el potencial explosivo de mezclar armonium con trellium. Investigaremos un poco, a ver qué encontramos.

—Me parece bien —respondió Marasi, asintiendo.

Bueno, eso lo confirmaba. Unos años antes, Marasi tal vez se hubiera alegrado de saber que Wax se apartaría de su investigación, pero desde entonces había aplastado ese sentimiento. Estaba orgullosa de no permitir que la sombra de Wax, por muy alargada que fuese, empañara sus propios logros. Además, ya había tenido ocasión de ocupar el papel de heroína en lugar de Wax, cuando había usado los Brazales de Duelo antes de entregárselos. Pero Marasi no era así, y punto.

Por eso se entristeció al saber que Wax no iba a acompañarla. Hasta se preocupó un poco, al darse cuenta de que había asumido que estaría con ella. Si de verdad era posible que detuvieran a miembros de alto nivel del Grupo… bueno, aquello podría hacer avanzar mucho la investigación. Y llevarla a las respuestas.

Pero… Marasi no podía obligarlo. No debería. Si Wax no se notaba tan vigoroso como antes, ¿quién era ella para ponerle pegas?

—Yo iré a escuchar un poco más a esa gente de la cárcel —dijo Wayne—. VenDell, ¿te vienes conmigo? Podría darte unos consejillos sobre tu acento.

—Maese Wayne, soy un kandra inmortal con siglos de experiencia en suplantación de identidades.

—Y siempre suenas socarrón y de clase alta —dijo Wayne—, en todos los cuerpos que te he visto usar. Así que ¿quieres unos consejos o no, compadre?

—Eh… —VenDell suspiró—. Lo cierto es que Armonía me ha dado la orden directa de dedicarme a esto. Puaj. Trabajar sobre el terreno es de un mal gusto inenarrable. Pero parece que no puedo negarme.

Marasi miró a Wax, que se había reclinado en el sofá, pensativo. Tenía en la mano el sobre que le había enviado Armonía.

—Pues nada —dijo Marasi—, a trabajar.

Apasionada de los comics, amante de los libros de fantasía y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, al LoL o algún que otro MMO. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora.

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