Avance – El Archivo de las Tormentas 4 – Ryhthm of War: Prólogo

Como sabréis si nos habéis ido leyendo en Twitter, esta semana tiene lugar la DragonCon, evento al que Brandon asiste y en el que presentará la edición X aniversario de Warbreaker junto al ilustrador Dan Dos Santos.

Además, en este tipo de eventos a veces hace lecturas o avances de sus nuevos libros, y como no podía ser de otra manera, ha deleitado a los asistentes con una lectura del prólogo de The Rhythm of War, la cuarta y esperadísima entrega de la saga El Archivo de las Tormentas, cuya escritura avanza poco a poco pero sin pausa, y que ha pasado ya las 200.000 palabras de las 400.000 que Brandon espera ocupe.

En el vídeo, Brandon explicaba que ha elegido leer el prólogo porque es el capítulo que menos spoilers contiene, en el sentido de que todo el mundo conoce los acontecimientos que se narran en esas páginas, y que hemos ido conociendo según diferentes puntos de vista. En esta ocasión, el punto de vista es el de Navani, que hemos traducido a partir de la transcripción hecha por Coppermind, por lo que puede que haya algún fallo, ya que algunas partes del vídeo no se escuchaban del todo bien.

Aparecen algunos personajes nuevos nombrados, que no hemos visto todavía, y por favor tened en cuenta que esto es el prólogo tal y como lo ha escrito Brandon en la actualidad, por lo que es posible que sea diferente del prólogo que veamos en la versión definitiva del libro.

¡Disfrutad de la lectura!

 

Por supuesto, los parshendi querían tocar sus tambores. Por supuesto, Gavilar les había dado permiso. Y por supuesto, no había pensado en avisar a Navani.

—¿Has visto el tamaño de esos instrumentos? —dijo Hratham, pasándose las manos por el negro cabello —. ¿Dónde vamos a ponerlos? No podemos…

—Los llevaremos al salón superior —dijo Navani, intentando hacer proyectar una apariencia calmada.
En la cocina, todo el mundo parecía a punto de entrar en pánico, los cocineros corriendo de un lado a otro, con las cacerolas entrechocando. Gavilar no había invitado únicamente a los altos príncipes, sino también a sus familiares, y a todos los altos señores en la ciudad, y quería un Banquete de los Mendigos, y ahora, ¿tambores?

—Ya hemos preparado el salón inferior —dijo Hratham—. No tengo el personal para…

—Esta noche tenemos dos veces más soldados de lo habitual holgazaneando por el palacio —dijo Navani—, haremos que muevan las mesas.

Gavilar nunca se olvidaba de cosas como apostar guardias adicionales. Proyecta fuerza, hacer una demostración de poder. Era algo que sabía hacer muy bien. Para todo lo demás, tenía a Navani.

—Sí, podría funcionar —dijo Hratham—. Buena idea poner a esos patanes a trabajar en vez de tenerlos ahí parados. Muy bien, respiremos hondo.

Un organizador del palacio bajito se apresuró a salir, esquivando a duras penas a una aprendiza de cocina que cargaba con un enorme bol de marisco humeante. Navani se hizo a un lado para abrirles paso. El hombre la saludó con la cabeza en señal de agradecimiento. Hacía ya tiempo que el personal dejó de mostrarse nervioso cuando ella entraba en su cocina. Navani les hizo saber que realizar su trabajo de forma diligente era un halago mucho mejor que inclinarse ante ella. Afortunadamente, este equipo lo conformaban ojos claros de rango medio que comprendían la necesidad de ser un tanto prácticos.

Ahora parecían tener las cosas bajo control, aunque hacía un rato hubo un pequeño susto cuando se descubrió que tres barriles de grano contenían gusanos. Un poco de pensamiento creativo les había recordado que el brillante señor Amaram tenía almacenes para sus hombres, y Navani había conseguido hacerse con algunos barriles. De momento parecía que con los cocineros que habían tomado prestados del monasterio serían capaces de alimentar a toda la gente adicional que Gavilar había invitado.

«Debería dejar algunas mesas preparadas en la sala de arriba.» Pensó Navani saliendo de las cocinas en dirección a los jardines del palacio. «Quién sabe quién podría presentarse con una invitación.» Como mínimo, tendría que dar de comer a algunos oficiales que no podrían sentarse en el salón principal.

Giró para dar un rodeo por los jardines y entró en el palacio a través de una de las puertas laterales. Estaría menos… fuera del camino, y yendo por aquí no tendría que esquivar sirvientes. Tal vez pudiera…

Navani caminó más despacio. Esa noche, el palacio de Kholinar estaba alumbrado de forma resplandeciente, con esferas adornando cada pasillo y todos los pasajes del jardín. Bajo esa luz, Navani pudo divisar fácilmente a Aesudan, su nuera, la mujer de Elhokar, que se encontraba de pie junto a las fuentes. La delgada mujer lucía su largo cabello recogido en un moño, iluminado con gemas de todos los colores. La combinación de todos esos colores mezclados resultaba ordinaria. Navani prefería unas pocas gemas de un único color, pero ciertamente eso hacía que Aesudan resaltara mientras conversaba con dos fervorosos ancianos.

Tormentas, brillantes y audaces. ¿Acaso aquellos eran [Rushar Kris] el artista y maestro artifabriano? ¿Cuándo había llegado a la ciudad? ¿Quién lo había invitado? Sostenía una pequeña caja con una flor pintada en ella. ¿Podía tratarse de uno de sus nuevos fabriales? Navani se sintió atraída hacia el grupo, con sus pensamientos agolpándose en su mente. ¿Cómo había conseguido que funcionara el fabrial calentador? ¿Cómo había capturado el llamaspren? ¿Cómo hacía que la temperatura fluctuara? Ella había visto esquemas, pero ¿hablar con el mismísimo maestro artista?

Aesudan divisó a Navani, y sonrió ampliamente. La alegría parecía auténtica, algo inusual, por lo menos en lo que a Navani respectaba. Navani intentaba no tomarse la amargura general de Aesudan como algo personal. Sentirse amenazada por su suegra era el derecho de toda mujer, en especial cuando quedaba patente la obvia carencia de talentos de la muchacha. Afortunadamente, a Elhokar le gustaba, y provenía de una buena familia. Navani le devolvió la sonrisa y se acercó, intentando participar en la conversación y ver más de cerca aquella caja, pero Aesudan la cogió del brazo.

—¡Madre! He olvidado por completo nuestra cita. A veces soy un despiste. Lo siento muchísimo fervoroso [Kris], pero debo ausentarme sin demora —dijo Aesudan mientras arrastraba a Navani contra su voluntad de vuelta a través de los jardines en dirección a las cocinas.

—Loado sea Kalak por tu aparición, madre. Ese hombre es de lo más aburrido.

—¿Aburrido? —preguntó Navani, mirando hacia atrás por encima del hombro.

—Estaba hablando sobre una gema, y otra gema, y un spren, y cajas de sprens, y… tormentas, ¡vaya noche! Cualquiera pensaría que debería entender que tenemos personas importantes con las que reunirnos. Las esposas de los altos príncipes, los mejores generales de nuestras tierras vendrán a echar un ojo a los parshmenios salvajes. ¡Y entonces me veo atrapada en el jardín hablando a fervorosos! Tu hijo me abandonó allí, debo decirte. Cuando encuentre a ese muchacho…

Navani se deshizo de la presa de Aesudan.

—Alguien debería ir a entretener a esos fervorosos. ¿Por qué están aquí?

—No sabría decirte —dijo Aesudan—. Gavilar les quería para algo, pero hizo que Elhokar les entretuviera. Mala educación, es es lo que es.

Gavilar había invitado a uno de los artifabrianos más prominentes del mundo a visitar el palacio, ¿y ni siquiera se había molestado en decírselo a ella? Sintió nacer un arrebato de rabia en su interior, una furia que mantenía cuidadosamente encerrada bajo candado.

—Ese hombre. Ese hombre de las tormentas. Cómo se…

«Calma, Navani» dijo su voz racional interior. «Tal vez piense en presentarte al fervoroso como un regalo. Sabe lo mucho que te interesan los fabriales.»

Tal vez eso era todo.

—¡Brillante! —una voz la llamaba desde las cocinas—. Oh, brillante Navani, por favor, ¡tenemos un problema!

—Aesudan —dijo Navani con los ojos puestos en el fervoroso que se alejaba caminando lentamente por el camino en dirección al monasterio. Podía alcanzarlo. Podía perder unos minutos—. Podrías ayudar en las cocinas con lo que necesiten. Me gustaría…

Pero Aesudan ya se había marchado presurosamente hacia otro grupo en los jardines, uno que contaba con varios altos generales poderosos. Navani inspiró profundamente, aplacando otro brote de malestar. Aesudan decía preocuparse por la corrección y los buenos modales, pero se inmiscuía en una conversación entre hombres sin tener siquiera a su marido como excusa.

—¡Brillante! —llamó el cocinero, gesticulando con la mano en su dirección.

Navani echó un último vistazo a los fervorosos, adoptó una expresión resuelta y se apresuró de vuelta hacia las cocinas, con cuidado de no engancha su falda en la cortezapizarra ornamental.

—¿Qué sucede ahora?

—Vino — dijo el cocinero —. Nos hemos quedado sin el claro y sin el rubií.

¿Cómo? —dijo Navani—. Pedimos…

Navani compartió una mirada con el cocinero, y la respuesta se hizo evidente. Parecía que Dalinar había vuelto a caer en el vino.

—Tengo una reserva privada —dijo Navani, sacando una libreta de su bolsillo. La sostuvo en su mano segura a través de la tela, escribiendo una nota—. La guardo en el monasterio con la hermana Nama (N.T.: el nombre no queda claro en la transcripción). Enséñale esto, y te permitirá acceder.

—Gracias, brillante —dijo el cocinero, tomando la nota.

Antes de que el hombre hubiera atravesado siquiera la puerta, Navani vislumbró al mayordomo del palacio, un hombre de blanca barba que portaba demasiados anillos en su mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella, acercándose.

—Los invitados han empezado a llegar, brillante, incluido el alto señor Vamah, a quien se le había prometido una audiencia con el rey en relación a las disputas fronterizas. Ya sabe, la que…

—Los mapas mal dibujados, sí —respondió Navani suspirando—. ¿Y mi marido?

—Desaparecido, brillante —respondió el mayordomo—. Fue visto con el brillante señor Amaram y algunas de esas… personalidades atípicas.

Ese era el término empleado por el personal de palacio para referirse a los nuevos amigos de Gavilar, aquellos que parecían llegar sin aviso o anuncio previo, y que rara vez ofrecían sus nombres.

Navani rechinó sus dientes, pensando en los lugares donde podría hallarse Gavailar. Había algunas salas que empleaba con frecuencia. Probablemente se enfadaría de interrumpirle. Bien, estupendo. Debería estar haciéndose cargo de sus deberes en vez de simplemente presumir que ella se haría cargo de todo. Desgraciadamente, en ese momento ella… bueno, ella tendría que hacerse cargo. No se podía dejar al brillante señor Vamah esperando.

Permitió que el ansioso mayordomo la condujera hacia la gran entrada superior, donde los guardias se entretenían con música, bebidas y poesía mientras se reparaba el festín. Otros se acercaban junto a los maestros de sirvientes a ver a los parshendi, la auténtica novedad de la velada. No pasaba cada día que el rey de los alezi firmara un tratado con un grupo de parshmenios misteriosos, capaces de hablar.

Navani trató con Vamah, ofreciendo sus disculpas, preocupándose incluso de revisar los mapas en persona y de escribirles un veredicto. Después su búsqueda de Gavilar se vio interrumpida por una hilera de hombres y mujeres necesitados que habían venido venido específicamente para conseguir que el rey les atendiera, un privilegio que se iba convirtiendo en algo cada más más difícil en estos días, salvo que fueras una de esas personalidades atípicas.Navani aseguró a los brillantes señores que sus peticiones serían escuchadas. Prometió revisar las injusticias. Calmó los crispados nervios de quienes pensaban que una invitación personal del rey implicaba que efectivamente conseguirían verle. Implicaba un desgaste emocional, pero no resultaba una novedad para ella, y se enmarcaba dentro de los deberes que cabía esperar de la reina.

A Navani no le molestaba su posición. Tal vez algún día podría dedicarse a pasar su tiempo trasteando con fabriales y fingiendo ser una erudita. Pero por ahora, tenía obligaciones. La única cosa que la preocupaba en realidad, era que no debería estar lidiando a solas con ellas. No se sorprendió al preguntar sobre los inesperados visitantes que seguían apareciendo, unos que ni siquiera figuraban en la lista que un molesto Gavilar había proporcionado con anterioridad ese mismo día. ¡Por las doradas llaves de Vedeledev!

Navani mantuvo su creciente furia bajo control, dibujando una amable cara para los invitados que llegaban. Sonrió, rio, realizó reverencias. Utilizando la hoja con anotaciones que guardaba en su libreta, se interesó por familias, nuevos nacimientos y sabuesos-hacha. Preguntó por situaciones comerciales, tomó notas sobre qué ojos claros parecían estar evitando a otros. En resumidas cuentas, se comportó como una reina.

Siempre se sintió como una impostora, y con buena razón. No había nacido para esa posición. Gavilar, Navani, Sadeas, Ialai, ellos mismos se habían alzado con los mantos. Y por prestigioso que fuera su linaje, Navani tenía que trabajar duro para suprimir la ansiedad que le susurraba que ella no era más que una simple niña llevando las ropas de otra persona. Últimamente, esas inseguridades se habían fortalecido.

«Calma, calma. Ahora no hay tiempo para este tipo de pensamientos.»

Rodeó la habitación y se alegró al saber que Aesudan había encontrado a Elhokar y, que por una vez, estaba hablando con él y no con otros hombres. Elhokar se veía contento presidiendo la reunión previa al festín en ausencia de su padre. Adolin y Renarin estaban allí vistiendo sus rígidos uniformes, el primero haciendo las delicias de un pequeño grupo de jóvenes mujeres, y el último pareciendo desganado y fuera de lugar mientras permanecía junto a su hermano.

Y allí, de pie, estaba Dalinar. De algún modo, mucho más alto que cualquier hombre de la habitación, pero con esos ojos atormentados, que ardían apasionadamente. Todavía no estaba borracho, pero la gente se movía a su alrededor, como lo harían entorno a un fuego en una noche helada, acercándose, pero sin atreverse a dar un paso adelante para afrontar el verdadero calor de su presencia. Ella expresó a las personas con quienes charlaba en ese momento que se sentía un poco mareada, y tras asegurarles que estaría bien, se marchó para subir unos escalones hacia donde no haría tanto calor.

Probablemente marcharse era una mala idea, el rey estaba ausente, y ahora la reina desaparecía también, lo cual fomentaría preguntas. Pero a buen seguro todos podrían sobrevivir un rato sin su presencia. Además, allí arriba podría revisar uno de los escondites de Gavilar. Probablemente se habría ido en esas dirección, alejándose tanto de los invitados como de la ubicación en el nuevo salón.

Los parshendi pasaron junto a ella con sus tambores, hablando en un idioma que no entendía, aunque una de las jóvenes intérpretes estaba con ellos, por lo que Navani podría haber preguntado de haberlo deseado. En cambio, se perdió por los pasillos que parecían una mazmorra. ¿Por qué no había más luz en ese sitio, algunas ventanas más? Comentó el tema con Gavilar, pero a él le gustaba así, le ofrecía más lugares donde esconderse.
«Allí» pensó Navani, deteniéndose en una intersección. «Voces.»

—Ser capaces de traerles y llevarles desde Braize no quiere decir nada, Gavilar —dijo una de ellas—. Está demasiado cerca como para considerarse una distancia relevante.

—Hace tan solo unos pocos años era imposible —dijo una voz más profunda y poderosa, la de él—. Esto lo prueba. La conexión no está rota, pero puede deformarse para permitir los viajes. Por el momento no tan lejos como te gustaría, pero debemos empezar el viaje por algún sitio.

Navani se acercó un poco más, mirando por la esquina. Sí, ahí estaba Gavilar, justo donde esperaba que estuviera, en el estudio de Navani, un lugar que ella rara vez tenía ocasión de visitar, pero también un lugar donde era poco probable que la gente acudiera en busca del rey. Era una habitación pequeña y acogedora, con una bonita ventana, ubicada en un lejano rincón de la segunda planta. Gavilar había dejado la puerta un poco entreabierta, y ella se acercó a fisgar.

Gavilar Kholin tenía una presenci lo suficientemente grande como para llenar la sala por sí mismo. Llevaba barba, pero en vez de parecer fuera de moda, a él le confería un toque clásico, como si fuera una pintura que hubiera cobrado vida, una representación de la antigua Alezkar. Al llevar barba, puede que alguien pensara que establecería una nueva moda, pero nadie más consiguió ese aspecto. Los demás no poseían los marcados rasgos de Gavilar. Y más allá de todo eso, un aura de distorsión rodeaba a Gavilar. No era nada sobrenatural ni absurdo. Era que, bueno, uno aceptaba que Gavilar podía hacer todo lo que quisiera, desafiando toda lógica o tradición. Funcionaría con él. Así era como funcionaban las cosas.

El rey estaba hablando con dos hombres que reconocía vagamente, se les llamaba “embajadores del oeste” pero no se había mencionado ningún reino como su hogar. Simplemente se encontraban entre los visitantes atípicos de Gavilar.

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Apasionada de los comics sea cual sea su procedencia. Amante de los libros de fantasia y ciencia ficción. En sus ratos libres ve series, juega a juegos de mesa, a LoL, y algún que otro MMO. Súper fan de las obras faraónicas, del “nada es imposible”, y del “esto se puede mejorar”, es un pelín obesesiva con el orden y la organización. A la que te descuidas, está haciendo listas de nuevas tareas y calendarios. Suele intentar salir a comprar ropa, pero por algún motivo extraño acaba siendo abducida siempre por una librería antes de llegar, y rara vez lo consigue. Colecciona libros como souvenir de sus viajes, y cuando está en Barcelona, le encanta salir de caza por el Mercado San Antonio, y visitar Gigamesh. Incansable planificadora, editora, traductora, y redactora. - I will unite instead of divide. I will bring men together. I will take responsibility for what I have done. If I must fall, I will rise each time a better man.

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